Entrevista a Miguel Álvarez Torinos

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Con un poco de retraso (ayer internet me hacía el tonto) llega la entrevista al segundo clasificado del XXV concurso de relatos del foro bubok: Miguel Álvarez Torinos.con su relato "El último número del juego de la oca".

Miguel también es el autor de la novela "Los años del fútbol y la vida". Trabajo que podéis descargaros gratuitamente desde bubok.


Danos tres razones para leer "Los años del fútbol y la vida".

¿Tres razones? Bueno, a bote pronto sólo se me ocurre una: si te gusta el fútbol, no lo dudes, leelo. Si no te gusta, no lo leas: es fútbol, fútbol y más fútbol. Si este deporte para ti es un ni fu ni fa, leelo, porque además de fútbol, salen otros aspectos de la vida, pero siempre relacionados, claro está, con el deporte rey. De ahí el título de la novela.

¿Cambiarías cosas o está bien como está? ¿Eres muy crítico con lo que escribes?

No cambiaría nada. Está bien como está. Sí que me gustaría una portada más profesional, para qué nos vamos a engañar.

La veo bien, ha sido bastante leída, unas 185 descargas en formato pdf. He recibido emails de mucha gente diciéndome que les ha gustado. Incluso una vez un periodista argentino, de Buenos Aires, me dijo que la había leído, y me pasó unos cuentos de fútbol en audio, que emiten en un programa radiofónico de allí. Otra vez, una chica, de Canarias, me dijo que muy bien escrita y que había disfrutado leyéndola. "Sigue así, Miguel Ángel", acababa el correo. Yo le dije que no me llamo así, que me llamo Miguel Álvarez. Es curioso, pero mucha gente se confunde con mi nombre.


¿Para cuándo tu próxima novela en Bubok? ¿Puedes decirnos de qué tratará?

Mi próxima novela ya está terminada. Ahora mismo estoy leyéndola, mirando como ha quedado, corrigiéndola a la vez. Una vez corregida, una vez quitados párrafos o frases y añadidos otras y otros, será cuando se pueda publicar. Luego vendrá la maquetación y todo eso. Como muy tarde estará lista para mayo o junio, aunque espero que salga a la luz antes.

Trata de un chico que siempre acude durante el verano al pueblo. En el libro se narran hechos que se viven en las vacaciones, desde el punto de vista de las generaciones nacidas en la ciudad, pero que sus padres y resto de familiares son de pueblo. Esa gente que ha vivido entre dos mundos: el de la realidad urbana del día a día y el de los orígenes familiares, que están en otro lugar distinto y distante. El título -lo avanzo en primicia- será El reposo montaraz, si es que no me lo plagia antes alguien, claro.

¿Piensas que un escritor tiene algún tipo de obligación ética y sus relatos deben suponer una moraleja, es tan sólo tu gusto personal, o coincides en que una historia puede ser buena, muy buena, aunque no se aprenda nada o lo que se aprenda sea una lección de desesperanza?

Hombre, todo el mundo, no sólo los escritores, tiene que tener una ética, unos modales, basados, básicamente, en el respeto a los demás. Luego, a partir de ahí, que cada uno sea libre como le plazca.

No creo, sin embargo, que lo que escriba un autor tenga que tener una moraleja. Eso es algo que decide uno mismo, o el relato o novela te incita a ello según vas escribiendo.

¿Mi gusto personal? Bien, ya lo he dicho, cada uno que escriba lo que quiera. Una historia es buena, sobre todo, si nos gusta. Y si está bien escrita, claro. Quiero decir con esto que para unos será buena y para otros será mala en función de nuestras prioridades.

Y la verdad sea dicha, con toda sinceridad, se lo pasa uno mejor leyendo historias en las que no aprendes nada, aquellas en las que te cuentan aspectos de la vida que conoces, aquellos con los que te puedes sentir identificado.

Conozco tu afición a la obra del autor Julio Llamazares ¿en que medida te dejas influenciar por él? o ¿ha influenciado de alguna manera en tu evolución como autor?

Creo que ha influenciado muy poco en mí como autor a la hora de escribir. Aunque quizá algo, no sabría decirte, la verdad.

Julio Llamazares es un gran escritor: ha sido en dos ocasiones el finalista del Premio Nacional de Literatura. Mi relación con él es más bien la de mis padres y mi familia con él que conmigo. En alguno de sus libros sale el pueblo de mi padre -La Mata de la Bérbula- y el de mi madre -Boñar- y en uno de ellos, en El río del olvido, mi abuelo aparece por una de sus páginas. Una tarde de verano, en la Mata, que está en la montaña de León, mi padre le comentó, delante mío, que ese libro me encantaba y que lo había leído muchas veces. "¡Cómo no le va a gustar, si sale su abuelo!", dijo Julio.

Los libros de Julio Llamazares son auténticos. Quiero decir, muy humanos, muestran con sencillez y buena literatura al mismo tiempo, la vida, la de las montañas y sus pueblos y aldeas generalmente.

¿Piensas que un escritor que nació con talento será siempre mejor que un escritor que nació sin talento, por mucho que este se esfuerce?

Lo del talento es algo bastante peliagudo. Seguro que alguien con talento será mejor que uno que no lo tenga. Pero si el que no lo tiene a simple vista se esfuerza, lee, se fija en esto y lo otro -aprende, en definitiva- y con todo ello progresa y logra buenos resultados, quizá nos encontremos con una persona que tenía maneras pero que no las desarrollaba, esto es, tenía talento pero no sabía ponerlo en el escenario.

Además, en literatura, lo del talento es algo que también tiene que ver bastante con el gusto. No es un hecho irrefutable que uno lo tenga y otro no. Si un escritor escribe bien, pero lo que cuenta en sus obras no nos importa un comino, no veremos con claridad su talento, si es que lo tiene. Por otro lado, si no lo tiene, pero lo que nos cuenta en sus escritos es algo que nos atrae, que casa con nuestra onda, quizá lo sobrevaloremos.

Al final, serán siempre el número de lectores y el éxito cosechado quienes digan más sobre esto.

¿Qué relación tienes con los escritores que nos preceden? ¿Eres de los que quieren romper a toda costa con lo tradición, o bien alabas a nuestros padres y abuelos literatos y te declaras discípulo de autores como Cela, Galdós o Miguel Delibes, por mencionar a unos cuantos?

Ni una cosa ni la otra. No creo que haya que romper con la tradición ni con los escritores consagrados, pero tampoco me opongo a la novedad. Que vayan surgiendo escritores nuevos es algo que siempre pasará, y eso es bueno. ¿Por qué? Porque cada generación de autores escribe desde un punto de vista, el que le viene por la época en la que vive. Es por eso que es interesantísimo leer a Larra o a Emilia Pardo Bazán, a Unamuno, a Miguel Delibes, a Vizcaíno Casas o a Saramago. Se debe leer de todo y de todos para cultivarse, para conocer a unos y a otros, para investigar o apreciar la compleja condición humana.

Y los autores que van saliendo ahora también son interesantísimos. Ya te lo he dicho, porque nos aportan aspectos de años cercanos a los que nos encontramos. Yo, por ejemplo, estoy deseando que salgan escritores de mi época de niñez y sobre todo de adolescencia, para leer sobre aquello que yo he vivido, para ver plasmado en un libro un tiempo diferente a los anteriores a mi conciencia de lo que es el mundo.

Tus textos han sufrido una clara mejora a lo largo de las últimas ediciones, culminando esta semana con un meritorio segundo puesto, ¿qué ha cambiado en tu manera de escribir? ¿Tiene el concurso algo que ver?

Bien, mi manera de escribir no ha cambiado mucho, casi nada, diría yo. Lo que ha cambiado, en el concurso, son las historias que cuento. Hace tiempo que me di cuenta de que lo que contaba en los relatos que presentaba al certamen no interesaban a casi nadie. Eran textos, sobre todo, costumbristas. Entonces decidí dar un giro, pasar a escribir algo más fantasioso. Éste género ha tenido, generalmente, más aceptación. Pensé que lo mejor era abandonar, para el concurso, el tono realista y dar rienda suelta a mi imaginación, es decir, escribir lo que se me ocurriera sin tapujos. No tenía nada que perder, y de momento parece que he acertado.

Creo que eres uno de los más veteranos y, sin embargo, hasta ahora, siempre te movías en la parte baja, ¿alguna vez has pensado en abandonar o crees que, realmente, esto es un taller y aquí se viene a aprender y no a competir?

Nunca he pensado en abandonar, pues el concurso supone ser leído y comentado, y eso es algo muy bonito. Además, aprendes mucho.

Para terminar, eres futbolero declarado y escritor, ¿cómo casan esos dos aspectos de tu vida cuando, a priori, mucha gente los considera dos cosas practicamente opuestas?

Para nada el fútbol y la literatura son opuestos. Qué se lo digan a Jorge Valdano, que ha escrito algo. O el difunto Vázquez Montalbán, que siempre que podía realizaba algunas líneas relacionadas con este deporte y con su Barça. Tengo varios libros de fútbol. Unos son novelas, otros cuentos recopilados. Realizados por escritores de reconocido prestigio.




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.Spy es una agrupación de artistas urbanos cuya obra se diferencia un poco de la tendencia habitual. En cierto modo, su manera de entender el arte urbano se acerca a algunas intervenciones de Banksy.

El grueso de su producción nace de la observación de la ciudad y de una apreciación de sus componentes no como elementos inertes sino como una paleta de materiales desbordante de posibilidades. La voluntad de juego, la cuidadosa atención al contexto de cada pieza y una actitud constructiva y no invasiva caracterizan inconfundiblemente sus actuaciones.

Las obras de SpY quieren ser un paréntesis en la inercia autómata del urbanita. Son pellizcos de intención que se esconden en una esquina para quien se quiera dejar sorprender. Cargados a partes iguales de ironía y un humor positivo, aparecen para contagiar una sonrisa, incitar una reflexión, favorecer una conciencia un poco más despierta.

Pero como una imagen vale más a continuación os dejo una muestra de su obra:







Si os apetece ver más no dudés en visitar su página.

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Los intocables de Elliott Ness

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Sólo puedo decir esto, desearía no haber vuelto a ver esta película, desearía haber conservado el buen recuerdo que tenía de ella, y es que no sé porque la recordaba con cariño, como una película entretenida e interesante. Pero nada más lejos de la realidad, no es que haya envejecido mal, es que la película es un esperpento.

La película se toma más licencias que el director de Death Race y A todo gas juntos, el guión avanza a base de golpes, los personajes no tienen ningún interés ni dibujo, planos y acortanodas, a lo máximo que llegan es a escupir frases presuntamente graciosas que por momentos rozan el ridículo, el ritmo es atropellado y la mayoría de situaciones es risible. Da casi pena ver la facilidad con que cambian de opinión los villanos una vez detenidos sobre si les conviene o no confesar y algunas escenas, como la del tiroteo en el puente sólo se podrían considerar geniales si estuviésemos hablando de una comedia.

Ni la música de Ennio Morricone resulta acertada, no porque no sea buena, sino porque es redundante, excesiva, mal aprovechada y desfasada. El desenlace es uno de los mayores esperpentos que recuerdo. La escena del carrito del bebé sólo merece la pena por dar pie a una parodia aún más exagerada de Leslie Nilsen y la persecución final por los tejados... ¿realmente era necesaria? ¿Soy el único que el juicio le parece ridículo? ¿Soy el único que cree que esta película no sólo no tiene contenido alguno sino que además está mal remachada?

La verdad, un truño, una película bochornosa que no se lleva el uno porque De Niro, pese a interpretar un buffón, lo borda y porque Sean, pese a que su parte del guión se basase en frases redundantes, gracietas estúpidas y discursos pseudotrascentales vacuos, consigue dar cierto empaque a su personaje.

Lo dicho, bochornosa, mala hasta decir basta, no soy capaz de entender como puede estar bien considerada, como puede estarlo por gente de más de doce años, se entiende.

El último número del juego de la oca

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Como ya os adelanté, esta semana iba a haber ración doble de relatos bubokeros. Y es que tras ofreceros el relato ganador, "El barbero de Mandaio", ahora toca traeros el segundo clasificado del XXV concurso de relatos del foro bubok, y es que, como os comenté, su autor, Miguel Álvarez Torinos, será nuestro siguiente entrevistado.


EL ÚLTIMO NÚMERO DEL JUEGO DE LA OCA

Pablo tenía ocho años de edad y un hermano, mayor que él, con el que jugaba mucho en el sótano de la casa. Era bajito, de pelo castaño y ojos pequeños, del color del mar. Su hermano, Javier, era como él, pero más alto.

El sótano era cuadrado. Abarcaba todo el bajo de la vivienda. Tenía cuatro ventanucos junto al techo, en un solo lateral, el que daba al jardín. Desde el sótano se veían las hierbas y flores, y los pies de la madre cuando limpiaba las repisas de las ventanas de la cocina y el salón. Desde el jardín, los cuatro ventanucos aparecían a ras de suelo, y tras ellos se adivinaban objetos almacenados en la oscuridad.

Era en las largas tardes de invierno cuando Pablo y su hermano jugaban en el sótano. Lo hacían bajo la luz de una única bombilla -tan vieja como la casa-, sentados en una alfombra, en el suelo. En aquellos bajos se entretenían, principalmente, con juegos de mesa. El Quién es Quién, el Operación y el Parchís eran algunos de ellos. Pero el que más gustaba a Pablo -y, en consecuencia, al que más tiempo dedicaban- era el que está detrás del último mencionado, esto es, el Juego de la Oca.


Se divirtieron mucho con este juego, hasta que un día Javier cambió, se hizo adulto. Comenzó a ir al parque con nuevos amigos, con los que parecía que se lo pasaba muy bien.

Pablo quedó solo. Y solo jugó a la Oca, una tarde sí y otra también, mustio por la huida de su hermano. Como ya no tenía contrincante, siempre ganaba él, ya no encontraba aliciente alguno en aquello, lo cual aumentaba la caída de su ánimo.

En una ocasión, cuando le había salido un dos en el dado y con este número había metido la última ficha en la última casilla, las ocas que en ella estaban comenzaron a hablarle. Pero no le dijeron nada bonito ni le dedicaron palabras amables. Ni siquiera le preguntaron su nombre -seguramente porque ya lo sabían-. Lo que hicieron fue burlase de él y de su soledad. De lo patético que era que tuviera que jugar solo.

De todas formas, las ocas del último número le invitaron a adentrarse en él, en su viñeta. Pablo preguntó cómo hacía eso. Las aves le dijeron que debía poner el dedo índice de su mano derecha sobre aquel número -que es el sesenta y tres- y cerrar los ojos. Eso hizo Pablo, y de esta manera se halló en el dibujo.

Cuando abrió los ojos, tenía ante sí el escenario de la viñeta, pero ampliado. Podía ver lo que no había visto nunca antes. Aparte de lo ya conocido, que eran el estanque donde las ocas nadaban y un monumento de piedra blanca pegado a una de sus orillas -parecido al del Parque del Retiro-, también podía observar lo que había a los extremos del dibujo, es decir, el resto del parque no conocido. Éste era rectangular y no muy grande, y estaba delimitado, por sus cuatro costados, por casetas como las de la Feria del Libro.

Pero allí no había feria alguna, ni escritores ni libros ni nada parecido. Todo estaba en calma, hasta que unas ondas de sonido, del color del agua, volando a metro y medio del suelo, fueron a impactar en los oídos de Pablo. Escuchó alegres voces de gentes, ruidos de pies corriendo y el de una pelota botando. Giró la cabeza hacia la derecha. Observó como allí había una serie de personas dando patadas a un balón. Una de ellas era su hermano Javier. El resto eran personajes de las casillas del juego. Allí estaban los turistas de la número siete, el hombre del esmoquin de la once, el personaje del oeste de la veinticuatro, el gaitero de la treinta y cuatro, el guitarrista de la cuarenta y ocho y hasta el hombre gordo y rico del puro de la cincuenta y cinco. También había niñas, como la bailarina del número cuatro o la de la bicicleta del dieciséis. Y algunos deportistas, como el motociclista del dos o el ciclista del cuarenta y siete. También estaba el torero del treinta y tres, con el traje de luces puesto y todo. Hasta la calavera del cincuenta y ocho intentaba llevarse el balón como podía.

Pablo fue hasta Javier y el partido se detuvo. Javier no pareció sorprenderse ni nada. Sonriendo le dijo a su hermano que todos esos eran sus amigos. Pablo no supo qué decir, desconcertado como estaba. Los personajes también sonreían. Le invitaron a jugar con ellos, pero no quiso. Se hizo a un lado y dejó que continuaran con el partido.

Se sentó en el borde del estanque, que era un muro de apenas cuarenta centímetros. Mientras miraba la contienda, todos tan felices, observó como su corazón estaba en el suelo. Pensó que seguramente se le había caído porque ya no lo necesitaba. Lo recogió y lo tiró al agua. Ésta comenzó a ponerse del color de la sangre. En cuestión de segundos, todo el estanque era de ese color.

Luego todos oyeron unas voces. Era el posadero desde una de las casetas, indicando que la merienda ya estaba lista. Abrió una trampilla del suelo y se metió por unas escaleras que bajaban. Los personajes se fueron a las casetas, cada uno a una. E hicieron lo mismo que había hecho el posadero: bajar por unas escaleras. Iban a sus hogares a ducharse antes de merendar.

Los dos hermanos entraron en la posada. Allí iban a esperar a los demás. El posadero salió de la cocina a hablar con ellos. Pablo no le prestó atención y comenzó a curiosear, hasta llegar a la cocina. En ella había una gran cacerola con chocolate, y a su lado muchas pastas. Detrás de la cocina había un almacén pequeño. De una balda cogió Pablo matarratas. El posadero lo utilizaría, seguramente, para las ratas de la prisión de la casilla cincuenta y dos.

Pablo volvió a la cocina. Como no había nadie, aprovechó y echó parte del matarratas en el chocolate. El resto se lo guardó.

El veneno hizo efecto enseguida. Nada más merendar, todos murieron, incluido Javier. Entonces Pablo fue subiendo los cadáveres al parque con una fuerza que no sabía de dónde le salía.

Lanzó al estanque rojo el fiambre del hombre del esmoquin, y su agua se tornó negra. Luego tiró el del guitarrista. El agua no cambió de color, pero al chocar las pequeñas olas contra las orillas se oían ruidos de rock. Seguidamente, tiró al estanque el cuerpo del torero, y el agua volvió a ponerse roja. Luego lanzó el del posadero, y el líquido se puso del color del chocolate. Pablo no sabía la razón por la cual le sucedía eso al agua, pero se entretenía mucho.

Hasta que las ocas, que habían asistido impasibles al espectáculo, le avisaron de que su madre le llamaba. Le indicaron que, si quería volver al sótano, debía apretar fuertemente con las dos manos la cabeza de la estatua de una oca que allí había y cerrar los ojos, todo al mismo tiempo.

De repente, se encontraba de nuevo en el sótano. Su madre, desde arriba, se asomó a la puerta. Le dijo que la cena ya estaba lista, pero que antes de sentarse a la mesa debía pasar por la bañera, que ésta ya estaba llena, y así haría tiempo mientras Javier volvía del parque, que se estaba retrasando, y eso no era normal.

Pablo ascendió las escaleras sin rechistar, callado, portando en una mano el matarratas que se había traído del último número del Juego de la Oca.

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