Sentado en su escritorio, con la pluma sujeta firmemente mientras intenta contener el incipiente temblor, Henry Walker contempla a través de la ventana del despacho un horizonte lejano, perdido en el tiempo. Haciendo acopio de todo su valor se sumerge en él, bucea en su memoria. Intenta despejar su mente, retrocede rápidamente hasta un punto concreto de su vida y regresa tomándose su tiempo hasta el sillón donde se acomoda. Más tranquilo, con el temblor controlado, empieza a escribir.
23 de abril de 1984
Lamento mucho lo ocurrido. Sé que una disculpa no es suficiente. Sé perfectamente que nada podrá remediar todo el daño que hice. Lo peor es que me avisaron, que mucha gente a mi alrededor era consciente de la locura que iba a cometer. A estas alturas no voy a negar que recibí numerosos informes que me advertían de las posibles y nefastas consecuencias de la misión.
Admitir que fui un necio no sirve de mucho, lo sé, pero necesito explicarme. Antes de morir necesito limpiar mi consciencia. Necesito hacer saber al mundo que, pese a ser en última instancia el culpable, no actué de mala fe. Necesito hacer saber a quien quiera escucharme que, para mí, mi país, mi patria, siempre fue lo primero. Si hice lo que hice fue para mayor gloria de nuestra nación, para hacerla más fuerte, más poderosa, más segura. Si hice lo que hice fue para que todo ciudadano norteamericano pudiese sentirse orgulloso y tranquilo viviendo bajo el amparo de nuestra bandera.
Quien me conoce de cerca sabe que siempre, des del primer momento, esas fueron mis metas cuando me designaron como jefe de la branca militar que colaboraría con la Nasa en nuestro objetivo de vencer a los soviéticos en la carrera espacial.
De modo que puedo decir que yo estuve allí desde sus inicios. Yo vi nacer el proyecto poco después que finalizara la segunda guerra mundial. Yo fui uno de los encargados de conseguir a Wernher Von Braun para que colaborase con nosotros, para que terminase siendo nuestro ingeniero jefe. A estas alturas, sin embargo, no voy a negar que fui uno de los que se opusieron más firmemente al empleo de tecnología nazi en nuestros cohetes, que fui uno de los más fervientes defensores del desarrollo nuestros propios cohetes, y por lo tanto uno de los principales instigadores del fracaso de los motores Vanguard. Y lo fui porque me parecía vergonzoso que parte de nuestros logros pudiesen asociarse con Hitler, su régimen y sus V2.
Admitir que fui un necio no sirve de mucho, lo sé, pero necesito explicarme. Antes de morir necesito limpiar mi consciencia. Necesito hacer saber al mundo que, pese a ser en última instancia el culpable, no actué de mala fe. Necesito hacer saber a quien quiera escucharme que, para mí, mi país, mi patria, siempre fue lo primero. Si hice lo que hice fue para mayor gloria de nuestra nación, para hacerla más fuerte, más poderosa, más segura. Si hice lo que hice fue para que todo ciudadano norteamericano pudiese sentirse orgulloso y tranquilo viviendo bajo el amparo de nuestra bandera.
Quien me conoce de cerca sabe que siempre, des del primer momento, esas fueron mis metas cuando me designaron como jefe de la branca militar que colaboraría con la Nasa en nuestro objetivo de vencer a los soviéticos en la carrera espacial.
De modo que puedo decir que yo estuve allí desde sus inicios. Yo vi nacer el proyecto poco después que finalizara la segunda guerra mundial. Yo fui uno de los encargados de conseguir a Wernher Von Braun para que colaborase con nosotros, para que terminase siendo nuestro ingeniero jefe. A estas alturas, sin embargo, no voy a negar que fui uno de los que se opusieron más firmemente al empleo de tecnología nazi en nuestros cohetes, que fui uno de los más fervientes defensores del desarrollo nuestros propios cohetes, y por lo tanto uno de los principales instigadores del fracaso de los motores Vanguard. Y lo fui porque me parecía vergonzoso que parte de nuestros logros pudiesen asociarse con Hitler, su régimen y sus V2.











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