Mis dos amigas

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Tengo dos amigas. En realidad, son mis dos amantes. En nada se parecen, quizá por esto ambas me atraen. Se complementan bien y por eso me duele tener que escoger.

La rubia es menuda, su cuerpo es pequeño, su apariencia, frágil. Es joven, su personalidad aún no está formada y por eso muestra un carácter voluble. En sociedad siempre se muestra fría, altiva, consciente de que todos los hombres la miran y desean su compañía, pero esa es sólo su pose, su coraza.

En la intimidad, cuando nadie la observa, cuando su belleza de muñeca de porcelana no clama su vulnerabilidad, cuando por fin se siente libre, cuando deja que tus labios se acerquen a su cuerpo aniñado, virginal, húmedo... cuando permite que con el primer beso te fundas con ella, es entonces cuando todo se vuelve sencillo, cuando muestra su naturaleza fresca, juguetona e inexperta.

Con ella disfrutas, simplemente disfrutas, porque sabes que tú mandas, sabes que no la puedes decepcionar y al verla estremecerse sabes que realmente se está abandonando al placer más puro, más auténtico. Y por eso siempre está dispuesta, en cualquier sitio, en cualquier lugar, poco le importa hacerlo en sitios incómodos, ni tan siquiera parece importarle que no dure mucho, pues, en el fondo, tan sólo desea nuevas experiencias.

Mi otra amiga es negra. Ella ya no es una niña. Su cuerpo es voluptuoso. Su personalidad es fuerte, tiene carácter, pero siempre se muestra cálida, accesible. Con ella siempre te diviertes y, en el calor de la intimidad, aprendes. Se la ve experta, le gusta mandar, sabe lo que quiere y muestra su amargura cuando no la satisfaces. Con ella no hay lugar para las prisas. Debes seguir su juego.

Y es que, si cedes a sus besos, largos, pausados, dulces, profundos; besos que empiezan en los labios, acarician tu lengua y suavemente atenazan tu garganta hasta que sientes un nudo en el estómago; si te acompasas a su tempo, si consientes ser su juguete y dejas que ella procure placer por los dos, terminarás por subir al séptimo cielo.

Como veis, nada tienen que ver, son completamente distintas, pero deseo a ambas, amo a ambas, necesito a ambas. Necesito la dulzura casi virginal de la joven inexperta, con la que no existen complicaciones, y me es imposible prescindir de la madura que sabe lo que quiere.

Y esta noche, como en todas las anteriores, debo escoger, pero me es imposible. Y como cada noche, como soy incapaz de tomar una elección, me limito a sostener la jarra en alto y liberando toda mi frustración, con el único objetivo de satisfacer mi ansia, grito:

- ¡¡¡Oghtrrraaaaaa!!!

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