La XXIII edición del concurso de relatos del foro bubok ya tiene vencedor o, mejor dicho, vencedora, Mónica Vázquez Boado, que firma en el foro bajo el nick de "La Teniente Tulip".
Aquí os dejo con su relato:

LA NIÑA QUE CASI CONOCIÓ A KOJI KABUTO
Estaba a punto de empezar Mazinger Z, pero aquel día le dolía tanto la cabeza que, por primera vez, iba a perderse a Koji. Tampoco quiso merendar. Su madre transigió porque sabía que, con siete años, sólo un dolor de cabeza real podía hacer que un niño se perdiese sus dibujos favoritos.
Unas horas después, no soportaba la luz; se retorcía de dolor como un gusano al que le clavas un palillo en el medio y medio, vociferando como no parecía posible en una garganta tan pequeña. De madrugada, en la habitación oscura, se golpeaba contra las paredes para soportar el dolor. Al amanecer, la fiebre le subió tanto que el calor se notaba antes de que uno se hubiese acercado al cabecero de la cama. Cuando, por segunda vez, el médico llegó a la casa, ya no era posible doblar el cuello de la niña sin partírselo. "Posición gatillo de fusil", dijo el doctor. Y se la llevaron en ambulancia.
Después de punciones lumbares, análisis y vías, en medio del delirio febril de la pequeña, le asignaron la cama de hospital en la que habría de estar inmovilizada un mes, sujeta por un gotero de aguja rígida que notaba con sólo bostezar. "Meningitis -dijeron los especialistas-. Veinticuatro horas más y la hubiésemos perdido".
Y se quedó sola. En una cama extraña, en un edificio con lamentos de verdad saliendo de bocas de juguete, en manos de personas mayores a las que no había visto jamás. Sola porque, en aquel entonces, no se permitía a los padres apostarse a los pies de sus retoños. Papá y mamá eran tangibles de cinco a siete; fuera de ahí, sólo eran un deseo tozudo de los niños.
En pocos días el dolor remitió, dejándole sitio a la pena. La pequeña mataba el tiempo coloreando dibujos de ratones que las enfermeras le traían y leyendo libros grandes que podía abrir sobre las piernas, sin necesidad de sostenerlos con una sola mano; pero no pasaba. Allí el tiempo era un ente denso, perezoso, que parecía no poder conjugarse en futuro. Así que la niña fuerte, cuando papá y mamá se despedían con besos, se desgajaba, se deshacía en llanto. Muy despacito, muy quedo, para que nadie fuera a contarles cuánto sufría y así no hacerlos sufrir a ellos.
El octavo día llegó él.
A la hora de su desayuno intravenoso, la habitación se llenó de gente. Un celador empujando la silla de ruedas que traía al pequeño, una enfermera que extrajo sangre al nuevo enfermo con una sonrisa, un médico ojeroso que charló con la niña hasta que los demás le dejaron espacio para su monólogo de doctor y una madre que, sin estarlo, parecía tranquila. Después, se quedaron solos.
Lo primero que pensó es que aquel niño era guapo, más que el más guapo de su clase, y que no parecía enfermo. Él pensó que nunca había visto una niña tan delgada y con los ojos tan grandes.
– Hola, ¿cómo te llamas?
No se volvió a mirarlo. Por el rabillo del ojo vio que se había sentado en la cama, con la espalda apoyada en el cabecero, y que la estaba mirando a ella. Notó enseguida que se había puesto roja y, como pudo, se quitó de la cabeza que aquel niño se pareciese a Koji.
– Me llamo Andrea. ¿Y tú?
– Yo me llamo Diego.
Entonces sí se volvió. Le miró, le sonrió y, otra vez, se puso roja.
– ¿Sabes una cosa? -le dijo él- Te pareces a Sayaka Yumi. ¿Sabes quién es?
– Sí. La novia de Koji Kabuto.
– ¡Hala, ¿qué dices?! No es la novia. ¿Te gusta Mazinger?
– Sí, claro.
– A mí también.
Todo cambió a partir de entonces.
Diego tenía nueve años. Acababan de ingresarle por tercera vez en los últimos siete meses. El niño sufría súbitos y vertiginosos ataques de fiebre que lo llevaban al borde del coma. Nadie sabía por qué. Esta vez había pasado dos días en la UVI infantil y, controlada la crisis, lo ingresaron en planta para estudiar la evolución durante unos días.
Ya no tenía fiebre, así que Diego se sentía bien. Estaba más que acostumbrado a los ingresos y las pruebas, y su carácter estaba hecho a prueba de ataques. No es que no prefiriese estar en otro lugar, claro, pero tampoco podía decir que allí estuviese mal del todo. Le gustaba aquel sitio raro, blanco, lleno de pasillos oscuros que recorría a escondidas de noche hasta que alguna enfermera lo descubría y lo mandaba a la cama con un responso. Le gustaba imaginar que estaba allí para que lo operasen y le pusiesen cosas de hierro, para que lo convirtiesen en un súper-humano, o en un hombre-robot, o en algo parecido. Por eso, aún prefiriendo no estar allí, no estaba mal del todo.
Aquella vez fue distinto porque estaba ella. Aquella vez fue mejor que nunca.
Después de cantar y de que una enfermera malencarada los mandase callar, Diego le propuso jugar a algo.
– No puedo moverme.
– A algo que no tengas que moverte, idiota -dijo él- Piensa...
– No sé...
Y se quedaron callados. Y entonces Andrea sintió unas ganas tan grandes de llorar, que no quiso hacerlo; porque tuvo la corazonada de que si lo hacía, de que si empezaba, ya no dejaría de hacerlo nunca. Y se murió de miedo. Y buscó a Diego.
– Cuéntame algo -le dijo.
– ¿Que te cuente?
– Sí, cuéntame algo. Cuéntame un cuento. Por favor...
Y Diego le contó el que se inventó para su hermana pequeña: el de la princesa mala que se pintaba de rosa para disimular. Y durante siete días, le contó historias de magos, de policías, de niños-robot, de colegios... Y por las noches se contaron qué querían ser de mayor, qué hacían en verano, lo mal que se llevaban con sus hermanos, que creían en los fantasmas... Y cuando ella estaba triste, él se peleaba a puñetazos con la almohada o imitaba al médico que los visitaba por la mañana; cualquier cosa para que ella se riese.
Durante siete días, Andrea soportó la medicación dolorosa, la inmovilidad, la falta de papá y mamá, apoyada en Diego. Lo buscaba con la vista si de noche se despertaba y dejaba que se le colase en los sueños cuando conseguía dormir.
Durante siete días y sin decírselo a nadie, Diego deseó profundamente sufrir otro ataque para no tener que irse.
– Me voy mañana.
Se lo dijo la víspera, por la noche. Tumbado boca arriba en la cama, tapado hasta la cintura, mirando al techo. Habían apagado las luces y ya habían venido a cambiar el gotero de Andrea que, cuando escuchó aquello, sintió cómo el estómago se le encogía de golpe con dolor, como si tuviese un erizo dentro. Le pareció que todo a su alrededor se deformaba, agrandándose delante de ella, sin esperar siquiera a que estuviese realmente sola. La cama pareció crecer, haciéndose más alta todavía. La habitación se agigantó, dejando tanto espacio entre ella y las paredes que, de pronto, tuvo frío. Sintió el edificio entero como un monstruo vivo que se la comería en cuanto él la dejase sola allí.
– ¿Y ya no vas a volver?
Diego seguía mirando al techo.
– No.
Ella quiso decirle que le gustaba, pero no supo cómo hacerlo. Él quiso leerle el poema que le había escrito esa mañana, pero le dio vergüenza. Así que se quedaron callados. Y entonces, Andrea arrastró el cuerpo por la cama y se arrimó a la orilla, hacia él. Después descolgó el brazo y se lo ofreció a Diego sin decir nada. Él hizo lo mismo. Y se cogieron de la mano.
– Buenas noches, Yuri.
– Buenas noches, Koji.
A la mañana siguiente, vinieron a buscarlo. Por primera vez, Andrea lo vio vestido de calle. Le resultó extraño al principio, como si no fuese la misma persona. Aquel pantalón de pana y aquel jersey de manga larga lo hacían parecer fuera de contexto, como si de verdad su sitio estuviese fuera y no allí, a su lado, con ella hasta el final.
No se dijeron nada. La mamá de Diego intentó hablar con la niña, pero se dio cuenta pronto de que la pequeña estaba a punto de llorar. Así que recogió las cosas rápido, las metió en una maleta pequeña y, por fin, se despidió de Andrea con un beso. A punto de salir, tuvo que llamar a su hijo. Se había quedado quieto, entre las dos camas, mirando a la niña y sin decir una palabra.
– Diego, venga. Dale un beso y despídete, que papá nos está esperando abajo. ¡Vamos!
Y sin pensarlo, como si simplemente estuviese obedeciendo una orden de su madre, Diego se agachó y le dio un beso. En la mejilla. Junto a la comisura de la boca.
Y se fue.
Aquel día, Andrea lloró tanto que no fue capaz de disimularlo delante de nadie. Tanto que, otra vez, creyó que no iba a parar jamás.
Pero lo hizo.
Y cuando un mes después volvió al colegio, le dijo a todo el mundo que había conocido a Koji Kabuto. Y no le importó que nadie le creyera.
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Aquí os dejo con su relato:

LA NIÑA QUE CASI CONOCIÓ A KOJI KABUTO
Estaba a punto de empezar Mazinger Z, pero aquel día le dolía tanto la cabeza que, por primera vez, iba a perderse a Koji. Tampoco quiso merendar. Su madre transigió porque sabía que, con siete años, sólo un dolor de cabeza real podía hacer que un niño se perdiese sus dibujos favoritos.
Unas horas después, no soportaba la luz; se retorcía de dolor como un gusano al que le clavas un palillo en el medio y medio, vociferando como no parecía posible en una garganta tan pequeña. De madrugada, en la habitación oscura, se golpeaba contra las paredes para soportar el dolor. Al amanecer, la fiebre le subió tanto que el calor se notaba antes de que uno se hubiese acercado al cabecero de la cama. Cuando, por segunda vez, el médico llegó a la casa, ya no era posible doblar el cuello de la niña sin partírselo. "Posición gatillo de fusil", dijo el doctor. Y se la llevaron en ambulancia.
Después de punciones lumbares, análisis y vías, en medio del delirio febril de la pequeña, le asignaron la cama de hospital en la que habría de estar inmovilizada un mes, sujeta por un gotero de aguja rígida que notaba con sólo bostezar. "Meningitis -dijeron los especialistas-. Veinticuatro horas más y la hubiésemos perdido".
Y se quedó sola. En una cama extraña, en un edificio con lamentos de verdad saliendo de bocas de juguete, en manos de personas mayores a las que no había visto jamás. Sola porque, en aquel entonces, no se permitía a los padres apostarse a los pies de sus retoños. Papá y mamá eran tangibles de cinco a siete; fuera de ahí, sólo eran un deseo tozudo de los niños.
En pocos días el dolor remitió, dejándole sitio a la pena. La pequeña mataba el tiempo coloreando dibujos de ratones que las enfermeras le traían y leyendo libros grandes que podía abrir sobre las piernas, sin necesidad de sostenerlos con una sola mano; pero no pasaba. Allí el tiempo era un ente denso, perezoso, que parecía no poder conjugarse en futuro. Así que la niña fuerte, cuando papá y mamá se despedían con besos, se desgajaba, se deshacía en llanto. Muy despacito, muy quedo, para que nadie fuera a contarles cuánto sufría y así no hacerlos sufrir a ellos.
El octavo día llegó él.
A la hora de su desayuno intravenoso, la habitación se llenó de gente. Un celador empujando la silla de ruedas que traía al pequeño, una enfermera que extrajo sangre al nuevo enfermo con una sonrisa, un médico ojeroso que charló con la niña hasta que los demás le dejaron espacio para su monólogo de doctor y una madre que, sin estarlo, parecía tranquila. Después, se quedaron solos.
Lo primero que pensó es que aquel niño era guapo, más que el más guapo de su clase, y que no parecía enfermo. Él pensó que nunca había visto una niña tan delgada y con los ojos tan grandes.
– Hola, ¿cómo te llamas?
No se volvió a mirarlo. Por el rabillo del ojo vio que se había sentado en la cama, con la espalda apoyada en el cabecero, y que la estaba mirando a ella. Notó enseguida que se había puesto roja y, como pudo, se quitó de la cabeza que aquel niño se pareciese a Koji.
– Me llamo Andrea. ¿Y tú?
– Yo me llamo Diego.
Entonces sí se volvió. Le miró, le sonrió y, otra vez, se puso roja.
– ¿Sabes una cosa? -le dijo él- Te pareces a Sayaka Yumi. ¿Sabes quién es?
– Sí. La novia de Koji Kabuto.
– ¡Hala, ¿qué dices?! No es la novia. ¿Te gusta Mazinger?
– Sí, claro.
– A mí también.
Todo cambió a partir de entonces.
Diego tenía nueve años. Acababan de ingresarle por tercera vez en los últimos siete meses. El niño sufría súbitos y vertiginosos ataques de fiebre que lo llevaban al borde del coma. Nadie sabía por qué. Esta vez había pasado dos días en la UVI infantil y, controlada la crisis, lo ingresaron en planta para estudiar la evolución durante unos días.
Ya no tenía fiebre, así que Diego se sentía bien. Estaba más que acostumbrado a los ingresos y las pruebas, y su carácter estaba hecho a prueba de ataques. No es que no prefiriese estar en otro lugar, claro, pero tampoco podía decir que allí estuviese mal del todo. Le gustaba aquel sitio raro, blanco, lleno de pasillos oscuros que recorría a escondidas de noche hasta que alguna enfermera lo descubría y lo mandaba a la cama con un responso. Le gustaba imaginar que estaba allí para que lo operasen y le pusiesen cosas de hierro, para que lo convirtiesen en un súper-humano, o en un hombre-robot, o en algo parecido. Por eso, aún prefiriendo no estar allí, no estaba mal del todo.
Aquella vez fue distinto porque estaba ella. Aquella vez fue mejor que nunca.
Después de cantar y de que una enfermera malencarada los mandase callar, Diego le propuso jugar a algo.
– No puedo moverme.
– A algo que no tengas que moverte, idiota -dijo él- Piensa...
– No sé...
Y se quedaron callados. Y entonces Andrea sintió unas ganas tan grandes de llorar, que no quiso hacerlo; porque tuvo la corazonada de que si lo hacía, de que si empezaba, ya no dejaría de hacerlo nunca. Y se murió de miedo. Y buscó a Diego.
– Cuéntame algo -le dijo.
– ¿Que te cuente?
– Sí, cuéntame algo. Cuéntame un cuento. Por favor...
Y Diego le contó el que se inventó para su hermana pequeña: el de la princesa mala que se pintaba de rosa para disimular. Y durante siete días, le contó historias de magos, de policías, de niños-robot, de colegios... Y por las noches se contaron qué querían ser de mayor, qué hacían en verano, lo mal que se llevaban con sus hermanos, que creían en los fantasmas... Y cuando ella estaba triste, él se peleaba a puñetazos con la almohada o imitaba al médico que los visitaba por la mañana; cualquier cosa para que ella se riese.
Durante siete días, Andrea soportó la medicación dolorosa, la inmovilidad, la falta de papá y mamá, apoyada en Diego. Lo buscaba con la vista si de noche se despertaba y dejaba que se le colase en los sueños cuando conseguía dormir.
Durante siete días y sin decírselo a nadie, Diego deseó profundamente sufrir otro ataque para no tener que irse.
– Me voy mañana.
Se lo dijo la víspera, por la noche. Tumbado boca arriba en la cama, tapado hasta la cintura, mirando al techo. Habían apagado las luces y ya habían venido a cambiar el gotero de Andrea que, cuando escuchó aquello, sintió cómo el estómago se le encogía de golpe con dolor, como si tuviese un erizo dentro. Le pareció que todo a su alrededor se deformaba, agrandándose delante de ella, sin esperar siquiera a que estuviese realmente sola. La cama pareció crecer, haciéndose más alta todavía. La habitación se agigantó, dejando tanto espacio entre ella y las paredes que, de pronto, tuvo frío. Sintió el edificio entero como un monstruo vivo que se la comería en cuanto él la dejase sola allí.
– ¿Y ya no vas a volver?
Diego seguía mirando al techo.
– No.
Ella quiso decirle que le gustaba, pero no supo cómo hacerlo. Él quiso leerle el poema que le había escrito esa mañana, pero le dio vergüenza. Así que se quedaron callados. Y entonces, Andrea arrastró el cuerpo por la cama y se arrimó a la orilla, hacia él. Después descolgó el brazo y se lo ofreció a Diego sin decir nada. Él hizo lo mismo. Y se cogieron de la mano.
– Buenas noches, Yuri.
– Buenas noches, Koji.
A la mañana siguiente, vinieron a buscarlo. Por primera vez, Andrea lo vio vestido de calle. Le resultó extraño al principio, como si no fuese la misma persona. Aquel pantalón de pana y aquel jersey de manga larga lo hacían parecer fuera de contexto, como si de verdad su sitio estuviese fuera y no allí, a su lado, con ella hasta el final.
No se dijeron nada. La mamá de Diego intentó hablar con la niña, pero se dio cuenta pronto de que la pequeña estaba a punto de llorar. Así que recogió las cosas rápido, las metió en una maleta pequeña y, por fin, se despidió de Andrea con un beso. A punto de salir, tuvo que llamar a su hijo. Se había quedado quieto, entre las dos camas, mirando a la niña y sin decir una palabra.
– Diego, venga. Dale un beso y despídete, que papá nos está esperando abajo. ¡Vamos!
Y sin pensarlo, como si simplemente estuviese obedeciendo una orden de su madre, Diego se agachó y le dio un beso. En la mejilla. Junto a la comisura de la boca.
Y se fue.
Aquel día, Andrea lloró tanto que no fue capaz de disimularlo delante de nadie. Tanto que, otra vez, creyó que no iba a parar jamás.
Pero lo hizo.
Y cuando un mes después volvió al colegio, le dijo a todo el mundo que había conocido a Koji Kabuto. Y no le importó que nadie le creyera.
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este relato es muy bueno, como si fuera de la vida real.
ResponderSuprimirLeí primero el barbero de Mandaio, y parecen escritos por diferentes personas.