Reflejos

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Un largo escalofrío recorre mi cuerpo. Frente al espejo veo una sombra. La luz se desvanece. Tengo frio. El mármol de la cocina está caliente. Me tiemblan los pies. Estoy nervioso. Estoy inquieto. Mi nariz empieza a sangrar. Miro mis manos, están empapadas en sangre. Estoy solo. Esa sangre no es mía. Limpio la camiseta en el lavabo, con agua caliente. Debo darme prisa, aún está fresca, aún no ha coagulado. La luz se enciende e ilumina la cocina. La luz tirita. Veo otra sombra en el espejo. El océano se extiende frente a mí. A lo lejos cielo y mar se funden en un horizonte difuso. Azul, verde, negro. Miro mis manos. La sangre regalima, salpica. Busco con la mirada la pica. Me giro. Sigo girando. Sólo veo el mármol, el mismo mármol. Tuso, la arena sale despedida de mi boca, antes me irrita la garganta. Sigo frotando. Trago saliva, está salada, muy salada. Sigo dando vueltas, sólo veo el mármol. Tic-tac, tic-tac, tic-tac. ¿Un reloj? Me giro. El mar me rodea. Sigo girando, siempre hacia mi izquierda. Hacia mi izquierda sólo se extiende el océano. Apoyo las manos en el mármol. Quema. Vuelvo a toser. Tuso agua, agua salada. Me duele el pecho. El mármol quema. La sangre se desvanece. La piel empieza a calcinarse. No puedo respirar. En el espejo otra sombra. Me toco el pecho. Sangra. Me duele el estómago. La sangre cae y se mezcla con el agua del mar. Tic-tac, tic-tac. Miro el lavabo, la camiseta empapada. La limpio. Me giro. Frente al espejo, otra sombra. Me arde todo el cuerpo, el calor es asfixiante. Tuso. Tuso sangre. No puedo respirar. Me quemo. La luz tirita. La luz se apaga. La luz vuelve. La luz me engulle. Blanco sobre blanco. No respiro. No me duele. No ardo. La luz se desvanece y luego… la nada.

Critical system error. Critical System error. Un pitido acompaña este mensaje, un pitido intermitente. El operador se despierta de repente de su cabezadita y observa con preocupación el mensaje. Experiencia sensorial cruzada, sin posibilidad de reseteo. Tres personas en coma. El operador frunce el seño y respira profundamente. “Tres clientes fieles menos, vaya marrón. Esperemos que no se corra la voz”- piensa. “De todos modos los otros enganchados a esta mierda volverán. La necesitan. Ya conocen los riesgos”- reflexiona.

Tras ese breve momento de duda descuelga el teléfono y llama a Jack:

-Jack.
-El mismo al habla, ¿quién le necesita?
-Soy Chris, tienes trabajo, tres más, lo de siempre, ya sabes lo que tienes que hacer.
-¿Tres de golpe? Joder Chris, hoy te has lucido. Quizá te convendría revisar ese cachivache o te quedarás sin clientes.
-Sí, quizá. No tardes.

Chris cuelga el teléfono de mal humor. Luego respira aliviado y piensa: “Suerte que esta mierda es ilegal y no hay controles, sino seguro que el que ahora estaría en un buen marrón sería yo y no esos pobres desgraciados”.

Pequeña galeria de los horrores

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"Collage hecho con las pruebas y material deshechado"

Arte y engaño (2ª Parte)

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En ese momento una sonrisa pícara apareció en el rostro de la chica, jugueteo un poco con el pelo, miró fugazmente el suelo para luego devolver la vista rápidamente a mi mirada, y tras un momento de silencio me tendió la mano y dijo:

- Me llamo Ana ¿y tú?
- Cesar, encantado.

Tras encajarme la mano repitió el ademán, jugueteo un poco más inocentemente con su pelo mientras con su mirada me intentaba mostrar toda su seguridad para dejar bien a las claras que era una chica que terminaba consiguiendo lo que quería. Intentaba seducirme, la verdad es que tampoco tenía intención de ponérselo muy difícil, aunque debo admitir que ese cambio de actitud me resultó curioso y hasta cierto punto fascinante.

- ¿Y qué escribes?
- Me gustaría poder decir que libros, pero la verdad es que tengo que conformarme con algún relato corto o artículo para alguna revista.
- ¿Algún proyecto interesante entre manos?
- ¿Si lo tuviese crees que estaría buscando inspiración?
- No sería muy lógico, la verdad, aunque vete a saber, quizá tengas algún compromiso con alguna editorial y no sabes con que cumplirlo.
- No tengo esta suerte.
- Vaya, que lastima, ¿no?
- Tiene sus ventajas, sin ataduras nadie puede impedirme escribir lo que desee y me apetezca.
- Cierto.

Su interés cada vez era más manifiesto y evidente, poco a poco se había ido acercando, el juego inocente y modosito que había planteado al inicio se volvía poco a poco más lascivo. Ya había dejado a un lado las miradas furtivas, la sonrisa pícara y los ademanes con el pelo, todo eso había quedado atrás para dar paso a sus mejores armas, una mirada intensa y penetrante que combinaba con una pose segura mientras mordía suavemente y con suma habilidad su labio inferior. La verdad es que la chiquilla parecía muy capaz de conseguir lo que quería cuando algo se le ponía entre ceja y ceja, y debo admitir que con sus jueguecitos había conseguido encender algo más que mi imaginación.

- Y bien, ¿vienes mucho por aquí?
- De vez en cuando, me gusta el ambiente y ver lo que se cuecen entre los nuevos artistas, vamos que me gusta ser la primera en conocer las nuevas tendencias.
- De modo que te gusta el arte verdad…
- ¿Qué insinúas? ¿Por qué otra razón debería estar aquí?

De nuevo volvía a su faceta más agresiva y confiada, no estoy convencido si esa manera de actuar era sólo una pose o si realmente era una chica que se ofendía con facilidad, fuese como fuese, lo cierto es que la hacía, sin duda, un poco más interesante todavía.

- No insinúo nada, simplemente quería invitarte a tomar algo y para eso deberíamos abandonar la exposición.
- No sé, la exposición no está nada mal, pero la verdad es que una copa no me vendría mal.
- ¿Vamos pues?
- Terminemos de dar una vuelta rápida y luego llévame donde quieras.

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Arte y engaño (1ª Parte)

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Allí estaba, frente a ese curioso cuadro, mirándolo fijamente mientras las únicas dudas que me venían a la cabeza eran: “¿Cómo demonios ha sabido quien lo ha colgado que lado era cuál?” “¿Es posible que lo hayan colgado del revés?” “¿Cambiaría algo si así fuese?” La verdad es que mi sensibilidad artística nunca había sido una de mis mayores virtudes, era bueno analizando, pero comprender cualquier cosa que se alejase de unos parámetros definidos y que dependiese en exceso de la subjetividad del individuo me suponía un esfuerzo difícil de realizar. A pesar de todo, esas galerías nocturnas de artistas noveles, con su ambiente tan alternativo siempre me habían fascinado, me hacían sentir bohemio, un alma libre que conseguía escapar, aunque fuese por un momento, de los barrotes que la sociedad y sus convencionalismos me habían impuesto. Me gustaba el ambiente y era uno de los pocos sitios donde realmente conseguía desconectar.

Mientras seguía observando con aparente interés ese cuadro, intentando descifrar que podía haber de profundo y sugerente en cuatro topos blancos y un rectángulo rojo sobre un fondo negro, una chica se acercó y se puso a mi lado, no dijo nada, cambio el gesto, frunció el ceño y clavo la mirada en esa composición de cuatro topos. La miré con incredulidad, y tras ver que la chica permanecía en esa postura durante más de treinta segundo no pude evitar que mis labios formasen una sonrisa, supongo que irónica, ligeramente maliciosa, de la que la chica se percató casi al instante.

-¿Qué te hace tanta gracia?- me espetó sin dilación alguna.

La miré ligeramente sorprendido por la decisión y el descaro mostrado. Era una chica de apariencia frágil, menuda, de piel muy blanca, casi pálida, ojos claros, de un verde ligeramente azulado y una media melena negro azabache que ejercía un fuerte contraste con su cara y realzaba unas facciones perfectamente simétricas, algo duras, pero definitivamente muy atractivas. Vestía de una manera mesuradamente desaliñada, una imagen con la que pretendía dejar claro lo “cool” y alternativa que era, pero que en realidad no hacía mucho más que catalogarla como un miembro más de un rebaño ligeramente distinto, algo más reducido, que sin embargo terminaba moviéndose al unísono con todos los demás en las materias realmente importantes. Al menos esa fue mi primera impresión.

Tras un breve momento de reflexión, en busca de una frase apropiada, al final opté por ser franco y directo.

- Dime la verdad, a ti tampoco te dice nada, ¿verdad?
- Aún no, pero quizá esto es lo que quería el artista, quizá quería mostrarnos la complejidad de lo simple.
- Puede ser, quizá, vete tú a saber.
- No me tomes el pelo, no me gusta que me den la razón como a un tonto.
- No lo hago.
- ¿Y entonces que haces?
- ¿Qué hago respecto a que?
- No sé, ¿qué haces aquí?
- Busco inspiración.
- Es decir, robas ideas.
- No, las tomo prestadas.
- Eso es un eufemismo.
- No, no lo es.
- Un pintor que pinta apoyándose en la obra de otro sólo plagia.
- No soy pintor.
- Y entonces ¿qué eres?
- Soy escritor.
- ¿Y buscas inspiración aquí?
- Nunca se sabe donde la vas a encontrar.
- Supongo que eso es cierto, ¿y vives de tus escritos?
- Bueno, más bien malvivo. Eres una persona muy curiosa, lo sabes ¿verdad?
- Sí, un poco.

Tempus Fugit (3ª Parte)

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1ª Parte
2ª Parte


Durante ese periodo de espera en la Tierra se establecieron intensos debates científicos, incluso filosóficos y hasta religiosos sobre lo que había sucedido. Al final, y a pesar de que las posturas no pudieron ser totalmente limadas la opinión más extendida fue que la nave travesó una zona peculiar del sistema solar cuya gravedad era anómalamente elevada y eso hizo que el tiempo en la nave se ralentizara hasta el punto que unas pocas horas en esa zona podían equivaler a varios años terrestres. Esa era la única teoría válida según los conocimientos de la época, pero las enormes lagunas que dejaba hicieron que en los años siguientes se llegase a cuestionar toda la física conocida hasta entonces.

Y entre discusiones y debates el tiempo pasó hasta que llegó el gran día. La nave estaba a punto de reingresar en la atmosfera terrestre y un gran número de medios de comunicación y curiosos se congregaron en el punto aproximado de aterrizaje. Aterrizaje que se produciría de noche por lo que la nave sería claramente visible nada más entrar en contacto con los gases de la troposfera como una enorme bola incandescente.

Lo que sucedió los siguientes días, y que se postergó algunas semanas, tras el regreso a casa fue una sucesión de pruebas científicas y médicas que dejaron paso al brutal acoso de los medios que solicitaban su presencia en cualquier programa, bien fuese científico y culto, bien fuese de sobremesa y que en poco tiempo hizo de la tripulación unas de las caras más reconocibles en todo el mundo.

Una vez pasada esa vorágine de atenciones y cuidados llegó el golpe contra la dura realidad. Oliver se dio cuenta que estaba claro que no podría reemprender su vida en el punto que la había dejado. Con tristeza asumió el hecho de no haber podido dar el último adiós a sus padres y también comprendió que no podía volver con su mujer, ya que esta había rehecho su vida, y los encuentros con su hijo le resultaban violentos ya que éste tenía prácticamente su misma edad y había crecido huérfano de padre.

Comprendió que debía iniciar una nueva vida desde cero, por suerte a nivel económico no tendría problemas gracias a los notables ingresos que había conseguido con el circo mediático, por lo que pronto se afinco un apartamento de alquiler y empezó a buscar trabajo.

Pasaron casi nueve meses, en ese periodo el incipiente interés de los medios de comunicación había cesado y definitivamente se había visto apartado de todo lo que él conocía y recordaba. En el tiempo que había estado fuera la tecnología había dado otro pequeño paso de gigante y muchos de sus conocimientos habían quedado obsoletos.

En cierto modo había pasado a ser casi una mera curiosidad científica, un vestigio del pasado, un prejubilado que escasamente había superado la treintena, que vivía solo y cuyas motivaciones en la vida se habían desvanecido en las últimas semanas de un modo paulatino, pero inexorable, pasando a ser poco más que un espectador de lujo de una sociedad en la que ya no encajaba. Y estando en esta situación, ese día, nada más despertarse, llegó a la conclusión que debía hacer una visita a un lugar muy particular.

Se vistió de modo parsimonioso, apenas almorzó, cogió la cartera y tras comprobar que había suficiente dinero en ella para pagar el viaje de ida y vuelta en el autobús metropolitano salió por la puerta.

Media hora más tarde había llegado. Estaba en el cementerio, de pie, inmóvil, enfrente una lápida, su lápida. Efectivamente aún seguía ahí, pasados nueve meses nadie se había acordado, o al menos molestado en retirarla.

Como a tantas otras personas fallecidas, o como en su caso, presuntamente fallecidas, y que tras su muerte resulta imposible recuperar el cadáver, a él le habían hecho una ceremonia y entierro con un ataúd vacío coronado con una foto suya. Un acto simbólico para que sus familiares tuviesen un lugar donde acudir a llorarle y la excusa perfecta para despedirle con los máximos honores.

Y estando ahí, quieto, ante ese pedazo de mármol con su nombre grabado, al fin lo comprendió todo. Para todo el mundo que le rodeaba y le había querido él era lo más próximo a un fantasma que verían jamás. Un espíritu muerto y enterrado hacía tiempo que había vuelto prácticamente del más allá para atormentarles y atormentarse. Un alma en pena que pululaba por un mundo al que ya no pertenecía. Un mundo donde todo lo que amaba y conocía o bien había muerto, envejecido o simplemente había cambiado o desaparecido. Ese mundo había aprendido a vivir sin él, le había superado y parecía claro que en su regreso todo lo que conocía no estaba preparado para volver a acogerlo. Del mismo modo que también parecía claro que él poco podía hacer para adaptarse a un entorno donde se sentía total y absolutamente desubicado. Definitivamente él mismo había tomado consciencia de lo que era en esos momentos y de lo que significaba su existencia.

Volvió a abrir la cartera, esta vez comprobó si el dinero le alcanzaba para una buena cena en un restaurante que quedaba cerca de uno de los rascacielos más importantes de la ciudad. No se molestó en comprobar si el dinero también le alcanzaba para el viaje de regreso a su apartamento.

La cena había sido copiosa, se sentía lleno y extrañamente satisfecho, estaba al borde de la cornisa contemplando las magníficas vistas, posiblemente en su último momento de reflexión, extrañamente aliviado y sereno, como hacía meses que no lo estaba, pensó:

“Cuando estaba en la tierra la gravedad era lo que me impedía materializar mi sueño. Una vez en el espacio fue la gravedad lo que me arrebató todo lo que conocía y amaba. Ya era hora que, aunque fuese por una única vez en su vida la gravedad me diese algo, y en ese instante lo único que podía ofrecerme era algo de paz”.

Una sonrisa irónica apareció en sus labios. Tras sopesarlo brevemente pensó que quizá, en el fondo, ese era un trato lo suficientemente justo. Al fin y al cabo su vida tampoco había estado tan mal, de hecho mucha gente la hubiese considerado apasionante, pasaría a la historia y posiblemente quedaría inmortalizado en alguna buena película indie o en alguna bochornosa superproducción Hollywoodiense, y todo eso sería en parte gracias a los escollos que su vieja amiga le había planteado.

Y con esa sonrisa, medio irónica, medio de satisfacción, dio un paso al frente precipitándose al vacío.

La mujer perfecta

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Quería la mujer perfecta. La había querido desde siempre. El problema es que sabía que no existía. Fue ese deseo imposible el que le impulsó a estudiar biotecnología y más tarde cursar robótica… incluso realizó un máster en inteligencia artificial. Era bueno en lo que hacía, le apasionaba su trabajo y le obsesionaba su meta. A un hombre con ese potencial y ganas de trabajar no le faltaron ofertas de empleo. No le fue difícil encontrar un trabajo a su medida. Un trabajo como jefe de desarrollo en una importante empresa del emergente sector biónico. Un puesto de responsabilidad que le permitió desviar algunos fondos a su pequeño proyecto personal.

Por fin, había terminado, habían pasado años, había invertido muchos esfuerzos y quebrantado algunas leyes. Pero al fin, después de tanto tiempo la tendría. La mujer perfecta. Divertida, inteligente, guapa y atractiva. Una mujer que haría girar la cabeza a todos los hombres y hacerles envidiar su acompañante. Lagrimas de alegría recorrieron sus mejillas cuando despertó. Subió al cielo cuando descubrió que esa mujer era incluso mejor de lo que jamás hubiese podido imaginar. Más divertida, más inteligente y sobre todo, mucho mejor en la cama de lo que jamás había soñado en sus sueños más húmedos.

Llegó el día en que decidió presentarla en sociedad. Fueron al cine, cenaron, salieron de copas… y la perdió.

Meses después descubrió que se había casado con un hombre rico, sin duda alguna, más rico que él.

Tempus Fugit (2ª Parte)

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1ª Parte

Cuando se acercaban a los dieciocho meses de viaje interplanetario divisaron el gigante rojizo. Pudieron observar por primera vez sin necesidad de artilugios ópticos toda la majestuosidad de Júpiter y los satélites que le custodiaban. En pocos días interceptarían la órbita deseada alrededor del planeta y el técnico encargado de las maniobras espaciales daría la orden a los propulsores para que suministrasen el impulso que haría que la estación espacial se posase en ella. Recorrerían la mitad de su recorrido contemplando su cara oculta y reinterceptarían mediante un último impulso la órbita elíptica de regreso a la tierra.

A medida que se acercaba el momento de posarse en la órbita de Júpiter los nervios empezaron a hacer mella en Oliver, se acercaba el momento más crítico de su cometido, durante ese breve periodo del largo recorrido interplanetario, mientras podría disfrutar de la ansiada vista, las comunicaciones con la estación terrestre se verían interrumpidas y él era el encargado y responsable de recuperarlas una vez el viaje alrededor del planeta hubiese terminado, por primera vez en todo el viaje una gota de sudor frio recorrió su sien.

Las comunicaciones se interrumpieron y una calma fría se apoderó de la tripulación. No había nada más que hacer que contemplar el majestuoso planeta. A esa distancia Júpiter se aparecía como una vigorosa, viva y bella composición de colores terrizos que dibujaban y redibujaban de forma lenta e ininterrumpida curiosas manchas de aspecto abstracto que a Oliver le recordaron a su infancia y las largas tardes de verano que pasaba contemplando las nubes y sus curiosas formas.

A pesar de vivir esa experiencia con el corazón encogido, para nuestro protagonista ese fue el momento más bello de todo el viaje, un momento casi místico, por primera vez se sentía en comunión con el cosmos, mirándolo a los ojos y sin que ninguna influencia externa pudiese romper esa sensación.

Por desgracia ese momento tenía fecha de caducidad. Catorce horas después de perder la comunicación con la tierra la nave saldría de la cara oculta de Júpiter y Oliver debería restablecer el contacto con el centro de control.

Ese momento había llegado, nuestro protagonista armó con la precisión y diligencia que le caracterizaban todos los instrumentos y mecanismos para que las comunicaciones volviesen a ser posibles, pero algo salió mal. El primer intento resulto infructuoso, el segundo también y el mismo resultado se obtuvo en la tercera tentativa. Un silencio casi absoluto únicamente interrumpido por un tenue, pero molesto pitido de fondo, fue la única respuesta obtenida. Poco a poco la preocupación inicial se convirtió en cierta desesperación, la idea de ser náufragos en el espacio era una idea total y absolutamente desalentadora.

Oliver trabajó a destajo y repitió todos los procesos estudiados posibles hasta la saciedad, tanto los convencionales como los de emergencia, y después de dos días de trabajo infructuoso optó por la única solución, o más bien medida extrema, que el manual contemplaba. Programó una baliza de S.O.S que se repetiría de forma radial en todas las direcciones y en todas las frecuencias hábiles de las que disponía el centro de control, esperando que tarde o temprano una de esas señales fuese captada por una de las numerosas antenas dispuestas a lo largo y ancho del globo terráqueo. Mientras tanto el técnico en maniobras intentaría calcular la posición exacta de la nave e intentaría que ésta se mantuviese con la mayor precisión posible en la trayectoria programada al iniciar la misión.

Seis semanas después, cuando parecía que toda esperanza era producto del autoengaño, una voz desconocida habló a través de la radio. El corazón de toda la tripulación dio un vuelco casi al unísono y Oliver se encaramó nervioso al micrófono. La conversación que se estableció terminó siendo confusa por ambas partes, sin que pueda llegar a afirmar cual de los dos interlocutores terminó más sorprendido, pero cuyas conclusiones se podrían resumir del siguiente modo.

En la tierra afirmaban estar a finales del año 2050 y consideraban imposible que quien les hablaba fuese un miembro de una tripulación en misión interplanetaria dada por muerta hacía más de veinte años. Por su parte la tripulación se negaba a creer que por obra y gracia del destino hubiesen dado un salto en el tiempo de casi veintidós años.

Una vez asumida la realidad por ambas partes se prosiguió a la localización precisa de la estación espacial y a la realización de las correcciones de la trayectoria necesarias inducidas por el cambio de la posición relativa de la Tierra respecto al Sol respecto a la considerada inicialmente. Una vez concluido el proceso se determino que su aventura espacial terminaría en poco más de año y medio.

BANG BANG

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Nuevo esténcil para la galeria, otra vez uno de los primeros que tenía pendiente:

"Bang Bang"

Tempus Fugit (1º Parte)

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Todo empezó hacía ya tiempo, ¿Cuánto? Es difícil precisarlo, aunque la mayoría de gente coincidiría en decir que todo empezó hace 27 años. En aquella época nuestro protagonista tenía veintinueve años, era un brillante físico y también había completado la carrera de telecomunicaciones, ambas con la máxima calificación. Le esperaba un brillante futuro y tras especializarse en aeronaves y satélites se puede decir que ya estaba preparado para cumplir su sueño, ser astronauta.

Ya des de muy pequeño el bueno de Oliver había sentido una extraña fascinación, una fascinación que rozaba la obsesión, por todo lo que había allí fuera. Des de muy pequeño tenía recuerdos pasando largas noches de verano tumbado en el tejado de su casa contemplando las estrellas e imaginándose estando allí fuera, un poco más cerca de ellas, sabía que nunca podría alcanzarlas, que eso era una fantasía imposible, pero se conformaba con pensar que algún día podría estar sólo un poquito más cerca de ellas, que algún día podría observarlas con mayor claridad, que algún día la tupida atmósfera no sería un inconveniente para poder observar la cúpula celeste en todo su esplendor.

Pasaron los años, Oliver centró todos sus esfuerzos en este objetivo, fue un estudiante brillante, modélico, tenaz y perseverante, y tras prácticamente veintinueve años de duro trabajo por fin llegó su oportunidad, y que oportunidad, formaría parte de la primera misión tripulada que orbitaría alrededor de Júpiter. Sería el encargado de establecer y mantener las comunicaciones con la tierra durante el mayor tiempo posible. Estaba emocionado, su sueño se haría realidad, una vez le confirmaron la feliz noticia corrió hacia el calendario y marcó en rojo el 23 de abril de 2026, el ansiado día en que por fin abandonaría este pedrusco, termino con el que cariñosamente calificaba a la Tierra. Abrazó y acarició a su reciente, primera y feliz esposa y besó la barriga donde se gestaba su primer hijo, hijo que era consciente que no vería nacer y el único motivo porel que su felicidad no era completa.

Llegó el gran día, todo estaba listo, el tiempo había sido clemente y ese día lucía un sol de justicia en Cabo Cañaveral, el enorme cohete que debía propulsar la nave autosuficiente hacia la ruta espacial que les llevaría a interceptar la órbita alrededor de Júpiter mediante una precisa transferencia de Hofmann fue considerado en aquel momento la obra de ingeniería más importante de la historia. Un cohete de una masa veinticinco veces superior a la de los primeros Apolo, dotado de un sistema de despegue de 4 fases capaz de proporcionar el impulso suficiente para que semejante mastodonte alcanzase primero la velocidad de 9Km/s que les llevaría a una orbita geoestacionaria alrededor de la tierra y que más tarde le proporcionaría el impulso definitivo que le llevaría hacia su destino. Una auténtica estación espacial de una sola pieza capaz de reciclar el oxigeno mediante la disociación del dióxido de carbono y que en sus almacenes disponía de suficiente comida deshidratada como para alimentar equilibradamente a los cinco miembros de la tripulación durante el largo periodo que duraría la misión.

Oliver estaba en su sitio, sentado, nervioso, en menos de diez minutos iniciaría la aventura más grande de su vida, tres años en el espacio, tres años junto a las estrellas. Los nervios le hicieron un nudo en el estómago que atenazó sus lágrimas de emoción al iniciar la cuenta atrás. Diez, nueve, ocho, cada número que oía le daba un vuelco al corazón, tres, dos, uno... ignición. El fuerte impulso del cohete le pegó contra el asiento con fuerza y desató su euforia, nunca se había sentido tan vivo, nunca antes había experimentado semejante felicidad, sabía que esa era una de las fases más delicadas de la misión, que aún todo podía irse al garete, pero el sólo podía experimentar una sensación de júbilo y triunfo desmesurado.

Pasaron los tres primeros meses en la nave, las noticias des de la tierra se sucedían, algunas le sorprendían, como que los Grizzlies por primera vez en la historia hubiesen ganado el anillo de campeones, otras le hacían sentir cierta nostalgia, como el día en que nació su hijo y él se lo perdió.

Lo cierto es que la vida en la nave era dura, las comodidades pocas y las responsabilidades excesivas para los ajetreados cinco tripulantes. A pesar de todo nuestro protagonista no se arrepentía de su decisión, disfrutaba de cada momento y estaba ya impaciente por ver la cara oculta de Júpiter, pero hasta que ese momento llegase tendría que conformarse con observar los más recónditos lugares del universo des de la claridad única que le ofrecía la ausencia de atmosfera a través del magnífico telescopio instalado en la estación espacial.

Boceto Cartel "Escala en Hi-fi"

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Bueno, hoy le cedo el protagonismo a mi hermano con el boceto del cartel que preparo para la escala en hi-fi de su instituto, a ver que tal le queda el definitivo, que ayer tenían que perfilarlo con un compañero.

Banner Cowboy Bebop

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Hoy poquita cosa, subo un banner hecho para una subida al torrent, y de paso aprovecho para recomendar esta gran serie de ánime (o al menos eso dice mi hermano ya que yo aún no la he visto).

La Inauguración

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El promotor saludó al presidente. El presidente le estrechó la mano al promotor. Los dos sonreían, parecían orgullosos. El presidente pensaba en su buena imagen, en los votos que le repercutiría la inauguración de esa mastodóntica obra. El promotor empezaba a frotarse las manos con las ingentes cantidades de dinero que empezaría a percibir cuando los vehículos circulasen por esa vía.

Muchos curiosos se habían acercado, querían ser los primeros en circular por la mayor obra ingenieril de la historia. Todos esperaban expectantes. Antes de darla por finalizada, antes del acto simbólico de la última demolición el presidente empezó su discurso. Como no podía ser de otro modo habló de progreso, de sacrificios, de un futuro mejor y que ese era el camino a seguir. Siguió hablando de las ventajas de la nueva autopista, de la importancia de la comunicación, de lo importante que había sido entonces y siempre facilitar el transporte. Habló también de los beneficios para las zonas implicadas. Todo el mundo esperaba expectante. A nadie le importaba demasiado ese discurso panfletario, pero todo el mundo escuchaba con atención.

Mientras, en su casa, John observaba con sumo interés un reportaje sobre termitas. En ese documental hablaban de las molestias que causaban, también describían la complejidad de sus nidos y la jerarquización de su sociedad. También hablaban de cómo esos enormes nidos, algunos de más de dos metros de altura, serían destruidos y arrasados, pues se interponían en la construcción de un nuevo oleoducto que travesaría el desierto de punta a punta.

John pensó: “Malditas termitas, no sé como lo hacen, pero siempre andan molestando. Las arrasarán, bien merecido lo tienen”.

John continuó presenciando el documental, esperando ver el funesto destino de las termitas. Mientras, muy lejos de allí, el presidente terminaba de leer su farragoso discurso. El murmullo de toda la gente allí presente fue creciendo. El presidente volvió a acercarse al promotor y éste, cogiéndole por el hombro, mientras reían y se mostraban distendidos, le llevó hasta el cañón, le indicó como aposentarse, le dijo que no tenía que apuntar, sólo tenía que molestarse en apretar el gatillo.

John seguía mirando divertido el documental, la enorme excavadora se acercaba al primer nido de termitas, el nido más grande, John se frotaba las manos. Quería ver como las termitas abandonaban despavoridas los restos de su hogar derruido, quería ver cómo eran víctimas de los sopletes, lanzallamas mejor dicho, que les esperaban una vez empezada la vorágine.

John veía como se acercaba la excavadora, mentalmente empezó la cuenta atrás:

Cuatro... tres... dos... uno... ¡¡¡CERO!!!

Y se hizo la oscuridad, John no veía, no oía ni sentía nada, ya no.

El jolgorio se hizo presente, la multitud se dirigió a sus naves mientras gritaba y celebraba. El promotor ayudó a bajar al presidente de la confederación cósmica, que aún tenía el dedo encima del gatillo del cañón de protones.

-¡Buen disparo!
-El progreso no debe detenerse por encontrarse una piedrecita en el camino, ¿verdad?
-¡Claro qué no!

El presidente se dirigió por última vez a los presentes, cogió las tijeras y cumplió con el último paso de la ceremonia. Mientras afianzaba con una mano la cinta y con la otra se encargaba que las tijeras la seccionasen, profirió:

-Señoras y señores, ¡queda inaugurada la primera autopista intergaláctica!

Afrontando el papel en blanco.

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Hoy os voy a comentar sobre un pequeño experimento que estoy realizando. Como sabréis, y si no lo sabéis os pongo en situación, yo siempre he pensado que para escribir algo medianamente largo no se puede improvisar, que debe tenerse mínimamente planeado, tener claro un inicio, una trama y un desenlace, saber cómo encauzar la trama, tener unos personajes perfilados, dejar poco sitio al azar.

Sin embargo, el otro día leí una entrevista que le hicieron a Murakami donde afirmaba que él no sabía cómo continuaban sus historias, que todo lo que sabía era lo que tenía escrito hasta entonces y que no tenía dificultades para continuar la narración produciendo una cantidad similar de páginas diarias. Cuando leí esa afirmación primero creí que se estaba marcando un farol, pero más tarde pensé que quizá ese era su método para escribir sus borradores. Dejar fluir su imaginación hasta completar una novela con muchas aristas e imperfecciones y luego entregarse a un proceso de corrección más laborioso de lo habitual para limar todas las posibles incoherencias que pululasen por el texto.

La verdad es que pensé bastante tiempo en la auténtica utilidad, o factibilidad, para una persona amateur, sin apenas experiencia en escribir relatos largos, enfrentarse al reto de escribir un texto largo con ese método, es decir, improvisando, sin saber muy bien, o sin tener la más mínima idea de lo que va a suceder en las siguientes páginas y el otro día me animé a empezar ese pequeño experimento, ese proyecto. El objetivo, escribir una página diaria de una novela de ciencia ficción, unas setecientas u ochocientas palabras, continuando cada día des del punto donde lo había dejado, sin corregir una palabra de lo escrito anteriormente hasta terminar el relato.

La verdad es que de momento la experiencia está siendo más gratificante, y, sobre todo, menos frustrante de lo que creía, cuando termino una página analizo el texto en busca de incoherencias y corrijo sólo la última página escrita, luego lo dejo aparcado, y entonces, antes de irme a la cama mi cerebro, casi automáticamente empieza a concebir lo siguiente que va a suceder, sin obligarme a ello, empiezo a pensar en nuevas escenas que no rompan la coherencia del texto en ninguno de los detalles ya mencionados, un ejercicio entretenido, como hacer puzle, que te obliga a devanarte los sesos en busca de cuál es la escena ideal para continuar el relato, que detalle que sabes que tienes que definir, pero que aún no has hecho (profesión, edad, apariencia) de un personaje es el más apropiado para dar soltura a la historia.

Además, el hecho de escribir y obligarme a escribir sólo una página diaria, una página y media como mucho, permite que me centre en escenas concretas, muy precisas, me obliga a que esas escenas no sean redundantes, pero además me ofrece la oportunidad de llenarlas de más detalles de lo que acostumbro a hacer cuando tengo claro que quiero llegar a un punto concreto, aún lejano en la trama, por lo que la narración es más rica en matices y puedo permitirme el lujo de desgranar detalles que de otro modo hubiese desgranado de sopetón a lo largo de diferentes escenas.

La verdad, no sé qué resultado dará este pequeño experimento literario, de momento estoy bastante satisfecho con las páginas que voy ligando, quizá al final resulte un bodrio o, quién sabe, quizá salga algo que merezca la pena mostrar. De momento voy compaginando este pequeño proyecto con otra novelita escrita con el método tradicional y artesanal y por el momento debo deciros que estoy más satisfecho de las pocas páginas que llevo de mi experimento, que del texto pretendidamente más organizado.

De modo que, a raíz de todo esto me pregunto: ¿qué método es el más habitual? ¿Es mejor improvisar o mejor dejarlo todo bien atado? ¿Qué ventajas creéis que tienen ambos métodos?

De momento lo único que tengo claro es que ninguno de los dos métodos es tan descartable como creía a priori, y que la improvisación obliga a un esfuerzo y repaso que da como fruto un texto más original y que al menos a mí, me ayuda a recrearme más en la escena, a describir a través de la acción y a pausar el ritmo del relato evitando caer en la descripción excesiva que ralentice y aparte al lector de la narración. Posiblemente al final termine por perder el hilo y por terminar ofreciendo un relato inconexo, impreciso y desechable, entonces quizá vuelva a cagarme y a criticar ese método, pero de momento lo único que puedo decir es que, como dice el refranero: “Nunca digas que de esta agua no beberé”.

El dolor de los que no padecen

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Arriba, abajo, izquierda, derecha, su cabeza se movía agitadamente, su mirada evitaba cualquier contacto visual, pronto llegaría otra crisis. En esos momentos su madre no pensaba en eso, quería que sintiese algo, necesitaba que sintiese algo, no podía creer que hubiese parido un monstruo. Así es como lo veía ahora, sentía desprecio, asco, repulsa y odio, pero era su hijo, quería quererlo, por lo que necesitaba que sintiese todo eso, lo necesitaba imperiosamente, era lo único que podía aliviar en esos momentos su dolor y apaciguar su rabia. Arriba, abajo, izquierda derecha, el movimiento era incesante y las convulsiones estaban por llegar. Nada de eso importaba ahora a su madre que seguía sujetándole y gritándole mientras buscaba en él un atisbo de humanidad. El cuerpo de su recién nacido yacía inerte a escasos centímetros. Jacob, su hermano, le había matado y no había sentido absolutamente nada.

Empezaron las convulsiones, el niño, de sólo siete años, entró en estado de shock. Entonces fue cuando su madre finalmente le soltó, enmudeció y se quedó reflexiva, observando como el cuerpo de su hijo se movía nervioso y sin control en el suelo. Contempló una vez más su mirada, que como siempre permanecía inexpresiva, como buscando el vacío más absoluto, perdida en la nada. Sabía lo que tenía que hacer, esa no era la primera vez, y con casi total seguridad no sería la última, que se encontraba ante esa situación. El problema radicaba en que no estaba completamente segura de si quería actuar. Tras un último momento de fría reflexión terminó haciendo de tripas corazón, y a pesar de todo el odio y rabia que en esos momentos la atenazaban consiguió templar su mente y dirigirse al botiquín donde guardaba la medicina necesaria para que su hijo volviese a un estado de aparente normalidad. Sin embargo, era consciente, que ya nada volvería a ser igual.

Disney Children Alienation

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"Children Disney Alienation"

Muerte y Olvido

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RELATO PRESENTADO AL CONCURSO DEL FORO ACB

Siete de la mañana, se oye el traqueteo de la cerradura al girar la llave. Se abre la puerta. El suave sonido de las bisagras al girar interrumpe el sepulcral silencio de una pequeña sala a oscuras. El joven trabajador entra parsimoniosamente en la sala, enciende las luces, la oscuridad anterior supone un fuerte contraste con el blanco luminoso e impoluto de unas paredes sin ventanas, el suelo, limpiado el día anterior con la cura habitual, colabora en esa sensación con un tenue reflejo, sólo las tres hileras de cuatro sillas situadas de forma precisa en el centro de la sala entorpecen ese diáfano interior. La sala no es excesivamente grande, de hecho es más bien pequeña, pero vacía parece espaciosa.

Tras abrir las luces y comprobar que todo estaba en orden, el joven empleado sale de la habitación, al cabo de unos pocos instantes vuelve a entrar, está empujando un féretro, sobrio, claro, hecho de maderas de la máxima calidad, con dos coronas de flores encima. Cruza con la calma que le caracteriza toda la sala, al llegar al otro extremo se detiene, gira con lentitud y precisión el féretro y lo empuja lo justo para que quede equidistante entre las dos paredes, situado de forma paralela a las tres hileras de sillas, a una distancia prudencial de éstas y cerca, pero no pegado, de la pared del fondo. Coloca las dos coronas de flores delante de la caja fúnebre de un modo claramente visible. Tras verificar que todo es correcto, el chico vuelve hacia la salida, no apaga las luces y cierra suavemente la puerta, esta vez no se oye el ruido de la cerradura.

Pasan las horas, fuera se oyen pasos, algunos comentarios que más bien parecen susurros, también se intuye algún sollozo. Las puertas de las habitaciones adyacentes se abren y se cierran de un modo que se podría considerar continuo, nadie se detiene delante la puerta de nuestra habitación y ni mucho menos la abre, permanece cerrada. Llega el mediodía, el muchacho encargado de que todo vaya bien vuelve a hacer acto de presencia, abre la puerta, observa ligeramente asombrado que todo está tal y como lo había dejado, las sillas han permanecido totalmente estáticas, no hay más flores que las dos coronas que él había dejado, ni tan siquiera se intuye el menor indicio de pisadas, definitivamente, nadie le había visitado. No puede evitar pensar que clase de persona debe ser el inquilino de ese pulcro ataúd. Después de ese pequeño momento de reflexión recuerda que su trabajo no es juzgar, vuelve a cerrar la puerta y se dirige al resto de habitaciones.

Son las cuatro de la tarde, un hombre se acerca a la habitación, se detiene, duda, finalmente abre la puerta y entra. El joven al verlo se le acerca, le acompaña hasta el féretro, pregunta amablemente al caballero si desea que abra la caja. El hombre mira al chico y tras un momento de silencio pregunta por la identidad del difunto. Se había equivocado de sala. Ambos salen de la habitación y el muchacho acompaña al señor hasta el lugar donde descansa su conocido. La sala vuelve a estar vacía.

Son las ocho de la tarde, momento en que el féretro debe emprender su último viaje hacia el horno crematorio. El zagal vuelve a entrar en la sala. Recoge cuidadosamente las dos coronas y se las lleva de la habitación. Vuelve a entrar y empuja la caja lentamente hasta llegar al pasillo, vuelve sobre sus pasos, apaga las luces y cierra la puerta, esta vez con llave. Mientras empuja el ataúd a través del pasillo que lo llevará hasta el horno le es imposible no volver a pensar que clase de hombre muere y nadie se molesta en llevarle unas flores, en decirle por última vez adiós, se le hace difícil de comprender como esa persona ni tan siquiera tenga alguien que se preocupe por sus últimos despojos.

El chico llega a la puerta de la sala del horno, busca la llave en su abarrotado llavero, la introduce en la cerradura y la gira, abre la puerta con aparente esfuerzo, el calor del interior ha dilatado las bisagras y éstas crujen produciendo un incómodo chirrido. Sorprende a los dos encargados del funcionamiento de la maquinaría en un apasionado duelo a ver quien es capaz de encestar más veces seguidas una bola de papel en la papelera mientras gastan bromas de un gusto dudoso que les hacen reír sin parar mientras se consume un muerto entre las llamas. Cuando se dan cuenta que alguien ha entrado en la sala interrumpen abruptamente sus juegos, juegos que reanudan rápidamente cuando ven quien es el que ha entrado tras saludar con aparente desgana al chaval.

El chico deja el féretro en la boca del horno, listo para ser la siguiente incineración, retrocede sobre sus pasos, abre la puerta y sale de la habitación, antes de cerrarla tras él gira la cabeza y contempla por última vez ese ataúd blanco, perfectamente acabado, hecho con esmero y con detalles que daban fe de su fabricación artesanal, suspira y piensa: “Seguramente era un hombre rico, ¿cómo es posible que haya terminado tan solo?

El chico tenía razón en parte, lo que había dentro de ese ataúd era un ser rico, tan rico como olvidado, pero no era un hombre. Ese dieciséis de abril de 1993 el muchacho estaba a punto de ver incinerar la esencia del baloncesto, Maljkovic y su Limoges lo habían logrado, muerte por asfixia bajo una espesa capa de cemento fue la causa según expertos forenses. Pasaría mucho tiempo antes de que nadie reclamara el cadáver, pasaría mucho tiempo antes de que nadie recordara que es lo que ese mes de abril había muerto, pasaría mucho tiempo hasta que el baloncesto en Europa volviese a tener alma y encanto.