La última carta de Henry Walker (1/4)

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Sentado en su escritorio, con la pluma sujeta firmemente mientras intenta contener el incipiente temblor, Henry Walker contempla a través de la ventana del despacho un horizonte lejano, perdido en el tiempo. Haciendo acopio de todo su valor se sumerge en él, bucea en su memoria. Intenta despejar su mente, retrocede rápidamente hasta un punto concreto de su vida y regresa tomándose su tiempo hasta el sillón donde se acomoda. Más tranquilo, con el temblor controlado, empieza a escribir.





23 de abril de 1984

Lamento mucho lo ocurrido. Sé que una disculpa no es suficiente. Sé perfectamente que nada podrá remediar todo el daño que hice. Lo peor es que me avisaron, que mucha gente a mi alrededor era consciente de la locura que iba a cometer. A estas alturas no voy a negar que recibí numerosos informes que me advertían de las posibles y nefastas consecuencias de la misión.

Admitir que fui un necio no sirve de mucho, lo sé, pero necesito explicarme. Antes de morir necesito limpiar mi consciencia. Necesito hacer saber al mundo que, pese a ser en última instancia el culpable, no actué de mala fe. Necesito hacer saber a quien quiera escucharme que, para mí, mi país, mi patria, siempre fue lo primero. Si hice lo que hice fue para mayor gloria de nuestra nación, para hacerla más fuerte, más poderosa, más segura. Si hice lo que hice fue para que todo ciudadano norteamericano pudiese sentirse orgulloso y tranquilo viviendo bajo el amparo de nuestra bandera.

Quien me conoce de cerca sabe que siempre, des del primer momento, esas fueron mis metas cuando me designaron como jefe de la branca militar que colaboraría con la Nasa en nuestro objetivo de vencer a los soviéticos en la carrera espacial.

De modo que puedo decir que yo estuve allí desde sus inicios. Yo vi nacer el proyecto poco después que finalizara la segunda guerra mundial. Yo fui uno de los encargados de conseguir a Wernher Von Braun para que colaborase con nosotros, para que terminase siendo nuestro ingeniero jefe. A estas alturas, sin embargo, no voy a negar que fui uno de los que se opusieron más firmemente al empleo de tecnología nazi en nuestros cohetes, que fui uno de los más fervientes defensores del desarrollo nuestros propios cohetes, y por lo tanto uno de los principales instigadores del fracaso de los motores Vanguard. Y lo fui porque me parecía vergonzoso que parte de nuestros logros pudiesen asociarse con Hitler, su régimen y sus V2.

Juguetes Rotos: Portada.

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Nueva portada a añadir a la colección. Ésta posiblemente sea la que aprovecharé para mi pequeño recopilatorio.

"Juguetes Rotos"

Juguetes Rotos (3/3)

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Esa noche Laura me lo explicó. “Cáncer, murió de cáncer”, con esta frase se resume todo. Esa era la razón por la que estaba esa noche en el bar, el motivo de su tristeza. Tenía treinta y dos años, se iba a casar. Se iba a casar con su novio de toda la vida, diecisiete años de noviazgo y entonces el diagnóstico. Fue rápido, no hubo opción, ni tan siquiera tiempo para hacerse la idea. “Fue como enviudar sin estar casada”. Con treinta y cinco años había reunido el valor necesario para intentar recomponer su vida, seguir adelante, por eso estaba en ese bar. “Creí que no podría, él siempre había sido más fuerte que yo, siempre había tirado de mí”. Entonces lo comprendí, Laura no era como Sara, ella simplemente era un juguete roto, un juguete que se puede arreglar. Pese a irnos a la cama juntos, esa noche no hicimos el amor, a ninguno nos apetecía. Simplemente dormimos abrazados.

El destino es curioso, yo necesitaba alguien de quien tirar, alguien para recordar lo que creía mejor olvidar. Ella necesitaba un soporte, una persona que tirase de ella. Ambos éramos juguetes rotos, juguetes perdidos que se reencuentran en el momento justo. Pero pese a que después de aquel día nunca nos hemos separado, nunca hemos vuelto a mirar adelante. Como juguetes rotos, lo único para que servimos es para establecer un vínculo con el pasado. Cuando miro a Laura sólo puedo ver a Sara, como hubiese sido nuestra vida si hubiese sido capaz de sonreír. Y cada vez que Laura me mira tengo la sensación que ve en mí la vida que hubiese tenido al lado de Pedro.

Recuerdo lo que me dijo Laura esa noche: “No fue justo, no había hecho daño a nadie, era una buena persona, tenía toda la vida por delante, ¿por qué tuvo que morir?”. Cada vez que pienso en esa pregunta llego a la misma conclusión: simplemente no vivimos en un mundo justo, pero a veces parece que la vida se empeña en darnos lo suficiente para que creamos que merezca la pena seguir adelante. Supongo que Sara nunca supo conformarse.

Juguetes Rotos (2/3)

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Sara era una chica guapa, eso era algo evidente. Una chica en la que todos se fijaban, pero a quien difícilmente nadie se acercaba. Era una fina muñeca de porcelana, frágil, distante, esquiva, por eso siempre estaba sola. Mi primer encuentro con ella fue en la cafetería de la universidad, hace ya diecinueve años.

Estaba sola en una mesa, parecía comer sin hambre, luego comprendí que todo lo hacía con un desinterés que era algo más que aparente. Masticaba sin mover la mandíbula, con los labios sellados, la cabeza levantada y la mirada perdida. Sólo bajaba la mirada cuando tenía que recoger la comida para llevársela a la boca, luego la volvía a levantar y se perdía en un horizonte lejano. Masticaba despacio, y entre bocado y bocado le daba tiempo a viajar lejos de allí. La observé fascinado. Nunca había visto una mujer tan bella. Su nariz era fina. Su tez era pálida, un color que en la mayoría hubiese resultado enfermizo, pero cuyo contraste con su negra melena y el rojo de unos labios breves y carnosos componían la imagen de un ser celestial, un ángel caído. Su mirada, pese a carecer de fuerza, conseguía transmitir una ternura innata.

Su cuerpo era esbelto, fino, nada voluptuoso, pero con unas formas agradables, tenía poco pecho, poca cintura, poco culo, tenía poco de todo, pero resultaba proporcionada, frágil, no podía ser de otra forma. Era bella, simplemente bella, bella sin ser sensual, morbosa o sexy, bella como una estatua de Miguel Ángel, perfecta, fría y distante.

Sara siempre fue una chica triste, ella nunca fue un juguete roto, simplemente defectuoso. Pero su defecto despertaba ternura. Era como uno de esos gatos que te cruzas por la calle. Esos gatos que no son gatos callejeros, más bien gatos abandonados, animales que se sienten perdidos y no puedes evitar desear proteger. Sara siempre fue como un gato abandonado. Para ella vivir el día a día era como para un gato doméstico vivir en la calle. Nada más verla me pareció una chica desubicada, perdida. Nunca supe el porqué. Cuando se lo preguntaba, ella lo único que hacía era encogerse de hombros y cogerme la mano mientras me miraba con ternura. En sus ojos podía leerse: “tranquilo cariño, tú no tienes la culpa, simplemente soy así”.

Era una chica triste, y aunque me doliese, debo admitir que era una chica a la que la tristeza le sentaba bien. Me atraía, me subyugaba, y a pesar de su belleza, estoy convencido que fue esa actitud distante la que hizo que me enamorase de ella. Pero mientras yo comprendía porque me atraía, nunca entendí porque estaba conmigo.

Aún desconozco como pude reunir las fuerzas necesarias para ir a su encuentro, para hablarle. Pese a su fragilidad, su belleza intimidaba. Sin embargo me recibió con total amabilidad, con total indiferencia. Fue cuando descubrí que no tenía muchos amigos, nunca tuvo interés en conocer gente. Cuando lo pienso fríamente creo que nunca llegó a quererme, que ni tan siquiera llegué a importarle, como nunca le importó nada de este mundo. Me escogió porque le resultaba la opción más cómoda. Pero, aún así, yo la quise, la quise como no he querido a nadie en este mundo. Y Laura se le parece tanto...

Juguetes Rotos (1/3)

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Era como un juguete roto. Uno de aquellos juguetes que de niño dejabas apartado en un rincón y reencontrabas años después, viejo y sucio. Si lo encontrabas siendo aún un niño, un niño con más y mejores juguetes, lo normal era no prestarle atención, perdiéndolo para siempre. También podía suceder que te lo volvieses a cruzar tarde, cuando no recordabas haberlo tenido. Y que con el recuerdo también se hubiese desvanecido todo su valor, entonces lo más normal era que terminase pudriéndose en algún vertedero.

Pero quedaba otra opción, tener la suerte de reencontrarlo en el momento justo, cuando eres un niño que deja de serlo, cuando toda la concepción que tienes del mundo cambia, cuando empiezas a olvidar, pero te resistes a ello. Si lo encuentras en ese preciso instante, entonces ese juguete, viejo y olvidado, perdido en algún rincón, perdido al borde del abismo de la memoria, recupera un valor que jamás había poseído. Se convierte en un símbolo, en la prueba fehaciente, más allá de tus recuerdos confusos, de una infancia plácida. Y lo que hizo que en su momento cayera en el olvido, es lo que lo convierte en algo tan singular, en algo capaz de establecer un vínculo firme con tu pasado. Sin la tara sería algo vulgar, otro objeto sin valor ni significado.

Aún recuerdo mi primera impresión cuando la vi en aquel bar. Estaba sentada en la barra, apoyando su barbilla sobre el dorso de su mano izquierda, mientras, con la derecha, removía con una pajita una bebida cuyos hielos ya se habían desvanecido. No le vi sus ojos, miraba hacia algún lugar más allá de las botellas amontonadas en el estante. Intuía que andaba perdida muy lejos de allí. No pude evitar acercarme, sentarme a su lado y quedarme mirándola. No sé cuanto tiempo pasó hasta que ella lo notó y me miró.

La recuerdo perfectamente, era una mirada familiar, y precisamente por eso mi corazón se encogió cuando esos dos ojos oscuros y tristes, se posaron sobre mí. La tristeza y melancolía le sentaban bien. Estaba claro que era un juguete roto, y como tal poseía todo su encanto, y lo había encontrado en el momento justo, se parecía tanto a Sara...

La impresión fue tan fuerte que lo único que pude decirle fue lo que pensaba, y aunque fuese por una sola vez le fui completamente sincero:

-Pareces una chica triste, y la tristeza te sienta tan bien...

Ella sonrió, una sonrisa cargada de ironía que sólo acentuó su melancolía. Fue una breve sonrisa que precedió un largo silencio. Finalmente, dejó caer su mirada, y, suspirando, susurró:

-Vaya, tanto se me nota...

Rompió a llorar, se abrazó a mí y continuó llorando hasta agotar su última lágrima. Dos desconocidos abrazados, ahogando sus penas frente la barra de un bar. No me sentí extraño, ni tan siquiera incómodo, de hecho fue una sensación tan familiar... fue como volver a abrazar a Sara, se le parecía tanto... Pero no era ella. Sin embargo recuperé por un momento una sensación que creía haber olvidado. Así fue como conocí a Laura.

Banksy, Nick Walker genios del esténcil

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Hoy voy a ceder el protagonismo a dos artistas de verdad, los que fueron posiblemente nuestras dos primeras influencias en esto del spray y las plantillas.

Cuando alguien se aficiona a algo normalmente es porque algo o alguien le ha atraído a ello. Le ha llamado la atención. En el caso de nuestra afición por los sténcils este señuelo corresponde a dos nombres propios. El primero de ellos no es muy original, se trata del artista nacido en la ciudad de Bristol: Banksy.

En este video puede verse su trabajo en el muro de palestina:



y en este un pequeño repaso a su obra:



El otro artista que fue como un pequeño gran descubrimiento, el que nos hizo dar cuenta que eso del stencil es algo que va un poquito más allá del graffitti y que también tiene sentido como una manifestación artística más convencional, fue Nick Walker, Artsita en nómina de grandes marcas deportivas.



Aquí podéis verlo pintando una obra en la calle:



¡Qué los disfruten!

Mona Lisa

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Otro boceto de stencil, ahora sólo queda concretarlo:

Michel Houellebecq: ¿El último romántico?

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Supongo que quien lea este artículo se sorprenderá, ya que no es usual hablar de un escritor en un blog de cine, pero el hecho de ser el único escritor del que he devorado con avidez toda su obra, o mejor dicho, sus cuatro novelas publicadas hasta la fecha (Ampliación del campo de batalla, Las partículas elementales, Plataforma y La posibilidad de una isla), junto con el hecho de que tres de ellas hayan sido adaptadas al celuloide creo que legitiman la presencia de un pequeño artículo sobre este escritor y pensador en este, mi humilde blog. Más aún teniendo en cuenta que en la última adaptación de uno de sus textos, La posibilidad de una isla, ha sido precisamente él quien se ha puesto detrás de las cámaras.


De todos modos, a pesar de su evidente y bastante estrecha relación con el cine no voy a hablar, al menos no en este artículo, de esas películas. En primer lugar porque no he visto ninguna de ellas. Y en segundo lugar porque creo que una visión general sobre su obra escrita puede resultar interesante para un posterior análisis de los filmes el día que me decida a verlos. De todos modos, como ya he dicho, no voy a centrarme en sus obras en particular, sino en su obra en general. Es decir, en él como autor y sobre todo como filósofo, ya que más allá de cualquier otro aspecto, lo que debe trascender del papel a la pantalla son sus ideas y visión del mundo, conservando en la medida de lo posible el tono ácido y mordaz de sus escritos.

Vamos pues, a intentar desenmarañar mi opinión y leve análisis sobre Houellebecq.

Lo primero que voy a intentar dejar claro es mi postura respecto al autor, porque me he dado cuenta que difiere en su esencia de la opinión general. Ya que mientras la mayoría lo tachan de nihilista y provocador, e incluso en algunos casos he llegado a leer gente que le califica como hedonista, lo cierto es que yo no puedo evitar verlo, por encima de cualquier otro concepto, como un romántico.

De hecho en la práctica totalidad de sus obras establece un binomio rígido y fuerte entre el amor y la felicidad, y es de la fuerza de este binomio, junto con su aguda visión del mundo y su facilidad para describir con absoluta precisión mientras indaga en los recovecos de la naturaleza humana lo que convierte a Houellebecq en un autor de referencia.

Dicho esto el siguiente paso a recalcar es que si bien términos como nihilista y provocador encajan bastante bien con su obra, el termino hedonista se sitúa prácticamente a las antípodas de su pensamiento. Ya que a pesar de la continua alusión al placer y el sexo, unidos a sus meticulosas descripciones de las distintas prácticas, uno de los motivos por el que le han colgado el cartel de provocador además de su manifiesta repulsa al Islam que le han hecho ganar además el apelativo de racista, lo que queda claro en sus obras es que sus protagonistas sólo acceden a la felicidad cuando el placer va de la mano del amor, y mientras que la felicidad de sus protagonistas se extiende más allá de las relaciones sexuales cuando disfrutan del amor, el placer sexual despojado de amor se convierte en un mero desahogo, o en el mejor de los casos, un breve instante de felicidad efímera.

El nihilismo en su obra aparece como consecuencia de la dificultad que encuentra el ser humano para acceder al amor auténtico y correspondido y los múltiples matices de esa búsqueda, pasando por todas sus fases: el enamoramiento, el amor correspondido, el miedo a la perdida, el rechazo y el desamor. Y contextos: raciales, de edad, de diferencia de inteligencia y belleza. Matices que Houellebecq aprovecha para plasmar todo el desencanto y falta de esperanza en la sociedad occidental.

Emulando las palabras de Xavier Lloveras que se encuentran en las contraportadas de todas sus novelas: “Por favor, lean a Houellebeqc”. Y es que posiblemente estemos ante la oportunidad de leer al último romántico con algo nuevo que decir.

Antes de dar por terminado el artículo supongo que merece la pena hacer una pequeña reseña a sus novelas:

Ampliación del campo de batalla: Ideal para iniciarse con el francés. Breve, accesible y a la vez amplía. Logra dar una idea bastante precisa del pensamiento del autor que luego desarrollará con mayor profundidad en el resto de obras.

Las partículas elementales: Unánimemente considerada su mejor obra, pero posiblemente también la más densa y compleja, se deja leer con facilidad y resulta realmente interesante, pero a pesar de su tono ameno es la más difícil y dispersa. De todos modos una lectura obligada se esté de acuerdo o no con el autor.

Plataforma: Con el turismo sexual como eje principal, posiblemente esta sea su obra más amena y entretenida, toca temas delicados con naturalidad y a su vez nos ofrece la que en mi opinión es la mejor trama de todas sus novelas. No deja el poso de las Partículas elementales, y no juega con el factor sorpresa de Ampliación del campo de batalla, pero posiblemente sea su obra más equilibrada.

La posibilidad de una isla: Siendo claros y honestos, no se acerca al nivel de las otras tres, de largo la más incoherente y endeble de sus obras. Su estilo sigue allí, lo que la convierte, junto con el tema que trata (la tecnología y la inmortalidad), en una obra más interesante que la mayoría de libros que te puedes encontrar en el mercado, pero a pesar de esto, totalmente prescindible.

En definitiva, un resumen breve para vagos, por calidad el orden sería:

1.Las partículas elementales.
2. Plataforma.
3.Ampliación del campo de batalla.
4.La posibilidad de una isla.

Pero el orden de lectura que yo recomendaría:

1.Ampliación del campo de batalla.
2.Plataforma.
3.Las partículas elementales.
4. La posibilidad de una isla.

Con esto doy por cerrado este pequeño artículo, sólo añadir que espero que el contrapunto cinéfilo a este artículo no sea para manifestar una absoluta decepción.



Artículo rescatado de mi otro blog, ya que creo que pega más aquí:

MI RINCÓN DEL CINE

Sólo lo parece querida, sólo lo parece... (2/2)

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John encendió el televisor y se sentó en el sofá, ese día el viejo Drew no había estado muy hablador y había vuelto pronto a casa, aún no era hora de cenar, tampoco tenía hambre, y su vista estaba ya demasiado cansada para leer con tranquilidad. De modo que, aunque la televisión era algo con lo que no disfrutaba especialmente, poco a poco se había ido convirtiendo en su modo más sencillo de matar el tiempo. Buscó un canal donde hicieran algún documental, no uno de esos insulsos documentales de fauna y flora, sino alguno de interés científico o tecnológico. “Eso es lo único que merece la pena entre tanta basura.”-pensó mientras le daba a los botones del mando a distancia.

Pronto lo encontró, no tuvo que buscar mucho, el Discovery Channel siempre era una de sus primeras opciones y casi siempre la que más le satisfacía. La pantalla se llenó de imágenes, diferentes mecanismos se fundían y remezclaban con imágenes de animales y plantas, mientras una voz en off femenina sugerente y bien modulada presentaba el documental: “¿Es la vida el hecho más maravilloso que ha sucedido en el universo? ¿Nos fascina porque no la comprendemos? Puede la tecnología actual recrear la vida, llegar a simularla de un modo tan fiel que parezca real? ¿Qué separa realmente la línea entre realidad e ilusión?”.

John apagó el televisor. Ese era un tema que le atraía, pero le dolía. “El atractivo de simular vida está en observar, en última instancia, la ausencia de ella. Eso sí es algo realmente mágico. Algo constructivo, algo que te permite darte cuenta del valor de la misma. Algo muerto que parece vivo hasta las últimas consecuencias es algo diabólico, algo que sólo puede generar dolor. Intentar crear vida que no es vida es jugar a ser dios, y eso nunca ha sido una buena idea”.

John se levantó del sillón y fue en busca del pequeño payaso que Laura había admirado meses atrás. Activó el mecanismo y observó las diferentes muecas dibujadas por el payaso. Cada mueca correspondía a una emoción y cada emoción te llegaba de un modo auténtico, creíble, pero a la vez frío y distante. “Realmente parece que este vivo, por un breve instante lo parece, pero sólo es eso, una breve ilusión, un artificio, ahí está la magia, ir más allá de ese momento de breve ilusión te hace confundir la realidad, es peligroso”- se repitió otra vez John mientras dejaba el payaso encima de la misma estantería de donde lo había cogido.





Sonó el timbre, el viejo John abrió la puerta y el búho repitió el mismo saludo que llevaba años realizando.

-Hola abuelo, cuanto tiempo.- dijo la joven Laura mientras dibujaba una sonrisa amable y sincera con sus labios.
-Hola, querida.-replicó John sin esconder su sorpresa.

Habían pasado casi tres años desde su última visita, casi quince desde que esa niña de tres años sostuviera entre sus manos el pequeño payaso autómata. Con el paso de los años Laura se había convertido en toda una mujer. El paso del tiempo en la juventud acostumbra a sentar bien y Laura no había sido una excepción. Alta, esbelta, jovial, de facciones agradables, una chica que no era una belleza absoluta, pero que transmitía simpatía y apetecía conocer nada más verla.

-¿Abuelo aún funciona?

John, ya recompuesto de la sorpresa que suponía volver a ver a su nieta, le replico:

-¿El qué?
-El pequeño payaso. Ya sabes cuanto me gusta ese pequeño autómata.
-Como el primer día.
-Qué bien. ¿Donde está?
-Donde siempre. En el mismo estante.
-¿Puedo cogerlo?
-Claro querida, claro que sí.

Con el muñeco en sus manos Laura volvió a activar todas sus funciones, volvió a reír maravillada por la increíble expresividad de ese muñeco.

-¡Está como el primer día, sigue siendo igual de cautivador, realmente parece estar vivo!
-Sólo lo parece querida, sólo lo parece...-repitió John con vehemencia, las mismas palabras que había pronunciado quince años atrás.

Al oír esta frase Laura sonrió, miró de arriba abajo a su abuelo, y con sinceridad y asombro dijo:

-Parece que el payaso no es lo único que sigue igual. Tú tampoco has cambiado un ápice.- y tras observarlo un momento con más atención añadió.- espero haber heredado tu genética y la de mamá, realmente para vosotros parece no pasar el tiempo.

Al oír eso la expresión de John cambió al instante, contuvo otra vez lo que sea que fuera a decir, se quedó en silenció quieto durante unos pocos segundos y luego, dibujando una sonrisa que no lo parecía en su cara le dijo a Laura.

-¿Te gustaría quedártelo?
-¿El payaso?
-Sí, claro, el payaso.
-¿Lo dices en serio?
-Absolutamente, siempre te ha encantado este payaso, debería habértelo regalado mucho antes.
-Vaya, gracias.
-No es nada, en serio, no es nada. Sólo un muñequito más en mi extensa colección.

Laura volvió a darle las gracias, no conversaron mucho más. El viejo John siempre había sido un hombre parco en palabras. Laura se fue pasados unos veinte minutos y John volvió a quedarse solo. Se dirigió a su estudio. Se sentó en su escritorio, abrió uno de los cajones y sacó un viejo recorte de periódico. Se puso las gafas y volvió a leerlo. Hacía mucho tiempo que no volvía él, pero recordaba cada una de las frases, cada una de las palabras, hasta el más mínimo detalle.





Trágico accidente de tráfico. Fallece la mujer del joven magnate de la industria de la robótica.

La mujer del joven empresario Steve Burns fallece después de que el vehículo donde iba, conducido por su marido, colisionase con un camión. En ese momento el vehículo estaba ocupado por la joven Lisa Mayers, que viajaba en el asiento del copiloto y su marido Steve Burns. Burns salvó la vida y salió con heridas de diferente consideración, pero los médicos no temen por él. Su mujer falleció al instante al resultar aplastada como consecuencia del impacto. El camión colisionó con el vehículo por el lado del copiloto, arrollándolo y arrastrándolo varias decenas de metros. Se especula que la posible causa del accidente fuese un despiste del conductor que hizo que se saltara un stop. La investigación terminará de determinar las posibles causas.

El texto seguía hablando de la vida y éxitos del joven Burns y de como había llegado a ser propietario de una de las empresas más lucrativas del mundo. También hablaba de la belleza de la joven Lisa Mayers, la joven actriz que había llevado a Steve al altar, y por último mencionaban la desgracia que suponía para su hija recién nacida que debería crecer sin madre.

Todo lo que seguía John no lo volvió a leer. Simplemente recordó todo lo sucedido justo después. La solución adoptada por su hijo Steve y en última instancia recordó la frase que acababa de pronunciar su nieta: “Parece que el payaso no es lo único que sigue igual. Tú tampoco has cambiado un ápice. espero haber heredado tu genética y la de mamá, realmente para vosotros parece no pasar el tiempo”.

John corrió hacia el lavabo, y frente al espejo comprobó que lo que decía Laura era completamente cierto. En veintiún años no había cambiado, seguía exactamente igual. Tampoco recordaba haber enfermado. Siempre había estado perfectamente sano. En un acto impulsivo cogió el teléfono y llamó a su hijo.

-¿Soy lo mismo que Lisa?-le preguntó nada más descolgar, sin saludo previó.

Steve vaciló un momento. Ordenó sus pensamientos y respondió.

-No, no exactamente, tú fuiste el primero. En cierto modo, tú eres más especial.
-Y un cuerno, ¿con qué derecho lo hiciste?
-Estabas enfermo, ibas a morir, no quería perderte. Sé que nunca lo demostré, pero te quería.
-¿Entonces sólo soy una burda mentira, un mero muñeco para que tú te sientas mejor?
-No, para mí tú eres mi padre...
-Pero no lo soy.-le interrumpió John antes de colgar.

John volvió a su viejo sillón, rodeado de autómatas, sintiéndose uno más de ellos, repitiéndose una y otra vez a sí mismo que jugar a ser dios no podía ser algo bueno. Recordando como siempre su hijo le había visitado con un rigor extremo cada veintitrés días, y como recordaba cada una de esas visitas de un modo idéntico. “El muy bastardo sólo venía a darme cuerda”. Y con un sonrisa que no parecía una sonrisa, se acomodó un poco más en el sofá mientras pensaba en lo que tendría que hacer a partir de entonces.

Sólo lo parece querida, sólo lo parece... (1/2)

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-¡Qué muñeco más bonito!-gritó exaltada la niña cuando vio como el pequeño payaso giraba la cabeza y dibujaba una expresión simpática aderezada con un movimiento de ojos adorable nada más notar el contacto de la mano de la niña en su pequeña cabeza metálica.

Su abuelo, con una sonrisa en los labios y con un tono de voz cálido, tránquilo, pero firme y aleccionador, le replicó:

-Querida, un autómata es algo más que un muñeco.
-Algo así como un robot, ¿verdad?

El abuelo acarició su pelo canoso, se rasco un poquito la cabeza, frunció el ceño, miró con ternura a la niña, sonrió, y, contuviendo lo que en un primer impulso iba a decir mientras dejaba escapar un pequeño suspiro, se limitó a contestar:

-Sí querida, algo así.

La niña siguió acariciando el pequeño payaso, descubriendo sus reacciones. La sonrisa, el bostezo, el guiño... todas y cada una de ellas se sucedían acompañadas de un ligero traqueteo mecánico, tenían un encanto especial. El encanto que tiene algo obsoleto, pero que aún funciona. El viejo relojero contempló esa larga escena desde su sillón, y pese a la alegría que le producía ver feliz a su nieta, no pudo evitar que una aguda sensación de nostalgia le embargase.

-Parece que esté vivo, ¿no crees?
-Sólo lo parece querida, sólo lo parece...





-El mundo cambia Johnnie, no le des más vueltas.
-Quizá tengas razón, vivir en el pasado no tiene sentido.
-Claro que no, aunque cualquier tiempo pasado fue mejor, ¿a que sí? ¿a qué te he leído lo que pensabas? Eh, viejo nostálgico de los cojones.
-Siempre serás un hijo de la gran puta Drew, y lo sabes. Yo soy un viejo nostálgico y tu un cabrón incorregible. Ya no vamos a cambiar a estas alturas. ¿Otra cerveza?
-Si invitas tú...
-Cabrón y tacaño, lo dicho, incorregibles.

Ambos esclataron en una risa cómplice, sonora y sincera, mientras Johnnie, el viejo relojero encargaba otra ronda de cervezas al carcamal que servía detrás de la barra. Robert, el tabernero les respondió con un gesto vago, desganado, casi imperceptible, pero que John entendió al instante.

-Las viejas costumbres no deben perderse. Cuando algo funciona, cuando algo es bueno, no debe cambiarse.
-No jodas John, no empecemos otra vez.
-Me refería a esta vieja taberna. ¿Cuantos años hace que venimos aquí? ¿Cuarenta, quizá cincuenta?
-Casi sesenta Johnnie, casi sesenta...
-Y nunca nos ha defraudado. Una buena costumbre es una buena costumbre. Y si encuentras algo bueno no debes dejarlo escapar. Y cuando lo pierdes, lo pierdes para siempre, hay cosas que son...

Andrew levantó la copa, miró a Johnnie, y con un gesto impetuoso, como queriendo interrumpir una verborrea incontenible a punto de estallar, profirió.

-¡Un brindis por las viejas costumbres!

Ambos brindaron y por fin Drew pudo desviar la conversación hacia un tema que le resultaba más agradable, el fútbol y su adorado Newcastle.





El pequeño búho mecánico giró la cabeza cuando John abrió la puerta del vestíbulo, le miró un momento, lanzó un ululo y volvió su cabeza a su posición original completando el giro de trescientos sesenta grados. Esa era una de las obras a la que Johnnie guardaba mayor cariño, no era de las más complejas, pero sí de las más conseguidas. Un plumaje denso y bruno, esos ojos grandes y saltones de mirada vívida y el haberse molestado sólo en darle movimiento a la parte del cuello, cuidando cada una de las reacciones posibles hacia de ese búho la pieza más preciada de su colección.

-Parece que esté vivo, ¿verdad? ¿Es algo casi siniestro, porque ni tan siquiera puede percibir nada a su alrededor? Siempre ha sido tu pieza favorita, ¿no?- su hijo John le esperaba, había visto todo el ritual con el que su padre trató al búho. Como lo saludaba levantando el sombrero, como le sonreía y como le acariciaba el plumaje.
-Sólo lo parece por un instante, un instante muy breve.- le respondió John con un tono seco y arisco.
-Sí, claro, como tú dices, tan solo engranajes y mecánica.
-Eso mismo, sólo un puñado de engranajes. ¿Qué te trae por aquí?
-Quería ver como estabas, hace tiempo que no te pasas por casa.
-Estoy bien, perfectamente. Ya lo has visto y ya puedes irte.
-¿Te pasarás algún día por casa?
-Cuando vuelva a apetecerme.
-Espero que sea pronto. Por cierto, a Laura le encantó tú payaso.
-Ya, ya lo vi.

Steve se marchó, conocía a su padre bastante bien y sabía que si no quería hablar no iba a hacerlo. Era un hombre estricto y rígido, le costaba acostumbrarse a los cambios. Había pasado su vida entre relojes, entre engranajes y mecanismos. Y pese a que él había dedicado toda su vida a que otros pudiesen contar el tiempo, el parecía haberse quedado anclado en el pasado. “Algún día lo entenderá, debe entenderlo, era lo mejor”- se dijo para sí mismo Steve mientras bajaba escalones hasta llegar al aparcamiento.

Infierno efímero

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El garabato

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Hoy voy a introducir una técnica, o mejor dicho, artilugio, para escribir relatos que yo encuentro particularmente útil cuando se anda falto de inspiración y no se sabe muy bien sobre que escribir. Es la técnica que yo llamo el garabato.

Seguramente este artilugio lo utiliza y lo ha utilizado mucha gente antes que yo. Es decir, que tampoco he inventado nada. Pero como desde mi punto de vista ha sido un descubrimiento propio, me he permitido el atrevimiento de bautizarlo. El nombre proviene de un ejercicio de dibujo que realizábamos en párvulos y los primeros años de primaria. El profesor dibujaba una línea sin forma definida, una curva arbitraria en medio del papel, y el alumno debía realizar a partir de ese primer trazo indefinido un dibujo. Más allá de que el dibujo debía contener el trazo, no había límite alguno, sólo la imaginación del alumno.

Extrapolando este ejercicio a la creación literaria, el garabato consiste pues en escribir un primer párrafo que contenga una imagen sugerente, que sea un buen inicio, pero que no condicione el desarrollo del texto. Puede ser una sensación, un espacio, una localización, incluso una acción realizada por el personaje, pero la clave del asunto es que no limite las posibilidades de continuación. Debe actuar simplemente como una primera piedra que active la imaginación y sugiera el resto. Luego, a partir de esa imagen se desarrolla el resto del relato.

Es una técnica realmente sencilla y muy efectiva, lo único necesario para ponerla en marcha es un inicio lo más abstracto y abierto posible, la descripción de una forma que define un espacio (por ejemplo es el caso de mi último relato publicado), una frase sobre algo voluble, completamente abstracto (el tiempo se curva amigo mio) o una situación más concreta, una acción que pueda desencadenar en un relato si se tira del hilo (su cometido era picar). No importa cual sea el detonante, esta técnica lo único que requiere es un primer párrafo lo más abierto posible escrito sin pensar. Este artilugio tan simple hace del primer paso, el que muchas veces se considera el más difícil, el más sencillo. Los siguientes se complican, cierto es, pero con una primera piedra bien puesta para estimular la imaginación, como mínimo enciendes el motor, aunque luego no llegues a ningún sitio, y raro es que una vez el motor está encendido no logres encontrar un destino más o menos satisfactorio.

Finalmente decir que co esta técnica difícilmente podrás escribir una novela, pero en mi opinión es ideal para componer relatos cortos.

Vuelo orbital

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Diario de a bordo, 7 de julio de 2031. Día 304 de vuelo orbital. Anotación primera.


Miro el suelo, después el techo y las paredes. Todo blanco. Un cubículo blanco, un hexaedro perfecto, y aquí estoy yo, en su interior. Miro el suelo, trato de recordar si no es el techo realmente, o quizá alguna de las paredes. Es difícil diferenciar que es que, de hecho no hay diferencia alguna. Caprichos de la ingravidez. Suelo, techo y paredes son palabras que carecen de sentido sin el efecto de la gravedad.

En la tierra el suelo es la superficie sobre la que caen las cosas, el techo la superficie que evita que nos caigan cosas encima y las paredes son las superficies encargadas de que lo que no nos caiga encima sea el techo. Superficies que se distinguen en función de cómo caen las cosas, y en un entorno de ingravidez nada cae, todo flota.

A medida que pasa el tiempo en el espacio, no sólo conceptos como techo, pared y suelo empiezan a carecer de sentido, el propio concepto de tiempo pierde validez. Los años, los meses los días, mediciones en función del ciclo terrestre, ajenas a la nave, pasan a ser meros convencionalismos. Aunque pensándolo fríamente en la tierra no eran mucho más que eso, pero al menos resultaban especialmente prácticos, particularmente útiles. En el espacio, dentro de este pequeño cubículo no sirven de mucho. Son poco más que nociones que sirven para mantener un contacto con el pasado, para mantener una coherencia en tú vida, una coherencia en tú día a día de seis amaneceres. Un convencionalismo que dicta la rutina estricta que debes seguir después de cada despertar. Un sistema de referencia para poder coordinar tus acciones con la tierra. Nociones que te permiten racionalizar el concepto de futuro. Nociones que te ayudan a considerarlo algo un poquito más allá del siguiente instante más inmediato. Herramientas para hacer planes, planes meticulosos a largo plazo. Herramientas que en el espacio determinan estrictamente tu vida, sin posibilidad de cambio.

La emoción y el riesgo en el espacio son sensaciones contradictorias, existe el peligro, tú escogiste ese peligro, pero pasado un tiempo, pese a que el peligro sigue ahí, la emoción ha desaparecido. Sin la posibilidad de escoger, sin la libertad para tomar riesgos, la emoción, la subida de adrenalina, la piel de gallina ante algo de final incierto, desaparecen.

Rutina, pura rutina, la rutina en el espacio sigue siendo rutina. Una rutina más estricta, más inflexible. Te levantas, te aseas, haces tus necesidades, comes tu comida deshidratada, realizas el mantenimiento de las piezas que lo requieren, realizas los experimentos cuyos resultados esperan en la tierra y en el tiempo libre que te queda miras las estrellas, lees un poco, finalmente, antes de volver al pequeño cubículo blanco, realizas los ejercicios físicos en las máquinas basadas en acelerómetros. Y, mientras, pasan los segundos, pasan los días, pasan los meses, te acercas al año en órbita, y antes que eso ocurra llega un momento que ya no deseas que pase el tiempo, llega un momento en que la espera ya no es espera, más bien un tránsito hacia un objetivo que sabes que alcanzarás, pero ya no importa cuando. Cuando llega ese momento significa que ya lo has mecanizado todo. Una vez todo está sistematizado ya no importa si no distingues entre el techo y el suelo, ya no importa no estar expectante ante el futuro, porque asumes que nada cambia. El objetivo sigue ahí, pero no importa no alcanzarlo, porque has asumido la rutina. La rutina ya forma parte de ti, no hay nada más que hacer, ese es todo tu cometido y llega un momento en que ese cometido es lo único que necesitas hacer. Cuando llega ese momento significa que ya no necesitas volver.

Esa es la teoría, por eso me escogieron tan cuidadosamente, analizando meticulosamente los perfiles de otros dos cientos cosmonautas, buscando entre todos ellos el más duro, el más obstinado, el más independiente y el más disciplinado. Esta vez yo soy el experimento, yo y mi respuesta al aislamiento en el espacio. En soledad, siguiendo una rutina estricta, anotando todas mis emociones, debo pasar un año orbitando alrededor de la tierra.

A diferencia de en otras misiones, esta vez mi cometido simplemente consiste en conservar el habitáculo y todos sus dispositivos en correcto funcionamiento para garantizar mi supervivencia. El experimento consiste en comprobar si realmente llega un momento que, tras un largo periodo de aislamiento, lejos de todo contacto humano, pero con un día a día perfectamente estructurado, ocupado y productivo, el cosmonauta pierde la necesidad de regresar y a su vez se muestra más eficiente en sus tareas rutinarias. Del resultado de este experimento depende la configuración de la tripulación y las relaciones que establezcan durante el vuelo en las primeras misiones tripuladas a Marte. Este experimento pretende demostrar que la eficiencia de un cosmonauta aumenta con el aislamiento, las distracciones disminuyen y el trabajo se realiza con mayor soltura.

A día de hoy, 304 de vuelo orbital, sólo puedo decir que aún me mosquea no ser capaz de discernir entre el techo y el suelo cuando me despierto flotando en medio de este cubículo de paredes blancas.

Portada: Ciencia ¿Ficción?

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El tiempo se curva amigo mio

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Miraba al futuro con los ojos puestos en el pasado. ¿O era al revés? “El tiempo se curva amigo mio”- una vez, de niño, le habían dicho. Le costó comprender esa frase. Hizo grandes esfuerzos para comprender como algo tan etéreo como el tiempo podía curvarse. Pasó largas tardes con una goma elástica entre sus manos tirando de ella, deformándola, tensándola, devolviéndola a su estado de equilibrio. Imaginaba que el tiempo era esa goma. Visualizaba como podía alargarse, alentarse hasta congelarse, distenderse y revolverse sobre sí mismo. Observaba como la goma cerraba el círculo, y en ella veía como todo lo sucedido se repetía, una y otra y otra vez. Así imaginaba él el tiempo de pequeño, como una vulgar goma elástica.

Pero el tiempo era algo un poco más complejo. Algo que apenas percibía, algo que podía cuantificar, algo que podía relativizar, pero algo que no podía controlar. Algo que evadía su conciencia, su noción le traicionaba constantemente. Cuando sufría pasaba lentamente. Los segundos se alargaban hasta parecerle horas, los meses se prolongaban en su mente como si de años se tratase y luego se perdían en el olvido, quedando sólo una tenue sombra distante y borrosa de recuerdo. Por el contrario, cuando disfrutaba los momentos de placer parecían desvanecerse sin darse cuenta, sus recuerdos se amontonaban desubicados, identificaba con todos los detalles cada uno de esos deliciosos instantes, podía revivirlos una y otra vez dibujándolos con toda precisión en su memoria haciendo uso de su imaginación, pero todos esos momentos los recordaba condensados en un suspiro. “El tiempo se curva amigo mio”- se repetía una y otra vez cuando volvía la mirada atrás.

Sentado en ese pequeño terraplén llegó a pensar que quizá todo era un burda ilusión, un engaño. Lo que él atribuía a la noción de tiempo eran poco más que fechas, números, convencionalismos establecidos considerando el tiempo algo lineal, rutinario e inmutable. Así le habían enseñado lo que era el tiempo y su transcurso en la escuela, pero cuando lo pensaba se daba cuenta que lo percibía como algo completamente distinto. El tiempo fluctuaba, el tiempo no tenía nada de monótono. Sus recuerdos se encontraban esparcidos en su memoria y su memoria era él único elemento con el que podía evaluar el transcurso del tiempo.

De forma regular, las fechas indicaban un paso rutinario de momentos señalados esparcidos a lo largo de su vida, pero en su memoria parecía que su vida se había limitado a tres o cuatro destellos de gran intensidad y un largo periodo aletargado del que no recordaba apenas nada, solo las fechas podían contradecir esa sensación, pero las fechas se establecen siguiendo un patrón lineal y constante. “Y es que nadie tiene en cuenta que el tiempo se curva, amigo mio”-repitió en su cabeza.

A esas alturas de su vida estaba ya convencido que eso era una verdad irrefutable. La tenía tan asimilada en lo más profundo de su ser que nadie le hubiese podido rebatir esa opinión. Aunque de todos modos nadie tendría la oportunidad nunca de discutir con él sobre esa tema. Para él, durante lo que le quedase de existencia, el tiempo sería como esa goma elástica con la que jugaba de pequeño. Y mientras permanecía solo en lo alto de ese terraplén, con la mirada perdida mientras repasaba su vida vacía, desperdiciada en una rutina de fechas rígidas, de horarios estrictos, de felicidad prefabricada y de libertad dosificada, sólo deseó que el tiempo no se curvase hasta llegar a completar el círculo. Y es que no podía imaginar mayor tormento que vivir una y otra vez esa misma e insignificante vida. No podía imaginar mayor suplicio que esperar, una eternidad tras otra, revivir infinitas veces ese purgatorio.

Autoedición

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Quien haya escrito un libro sabrá muy bien que si eres escritor novel sólo existen tres posibilidades para ser publicado. Una de ellas tan remota que es casi desdeñable. Esas tres opciones son:


-Llamar a la puerta de una editorial importante.
-Ganar un concurso literario.
-La autoedición.

La primera opción es casi una utopía. Todas las editoriales importantes, las que están dispuestas a correr con todos los gastos de edición, promoción y distribución tienen en nómina una larga lista de autores más o menos consagrados y contrastados. Autores que suponen un riesgo menor y cuya producción es suficientemente prolífica para garantizarles un buen puñado de obras para ampliar el catálogo anualmente. Un autor novel, en la mayoría de los casos es una opción de alto riesgo, una apuesta. Una apuesta cuyo margen de beneficio potencial extra respecto un autor en nómino la mayoría de veces es tan escaso que no merece la pena aceptar el riesgo. Por lo tanto para que a un autor novel una editorial importante decida publicarle su obra, deberá no aportar una obra buena, sino que su obra deberá rozar lo excepcional. O eso, o tener suficiente gancho en el contexto social del momento como para que parezca un producto interesante. Y aún así lo más probable es que algún autor más conocido ya haya escrito sobre el tema.

De modo que siendo realistas, las opciones de que te publiquen en una gran editorial sin credenciales bajo el brazo es ínfima.

La segunda opción es algo más plausible, pero evidentemente primero debes ganarlo. Un premio ya es una credencial, pero aún así es posible que no sea suficiente. Muchas obras premiadas en premios menores terminan acumulando polvo en un cajón, con suerte consiguen la edición en una pequeña editorial, sin promoción ni gran distribución, por lo que todo su periplo comercial termina en una única edición de tirada corta, lo suficiente para que quien puso el dinero para el premio recupere su inversión.

Luego está la posibilidad de ganar un premio importante. Pero siendo objetivos y realistas, lo cierto es que esa opción es casi tan plausible como que una editorial de buenas a primeras publique tu obra.

De modo que como podéis ver, para los amateurs, los escritores noveles con la ilusión de ver algún día la obra en las estanterías de una librería las posibilidades se reducen a ínfimas. Esta desilusión a veces conduce a críticas a un sector al que se quiere pertenecer. Esa es la reacción más habitual de quien ha escrito una obra con todo su cariño y luego ha visto como se la despreciaban. Como maldecía a aquellos que no querían arriesgar su dinero en un sueño ajeno. La mayoría de gente se queda en esta fase y termina por desechar la opción más plausible: la autoedición.

Y es que si estás tan convencido de que tu obra merece la pena, ¿por qué esperar a que otros arriesguen su dinero? ¿Por qué no apostar decididamente por uno mismo?

La respuesta a esas preguntas es evidente. Porque cuando llega la hora de rascarnos nuestros bolsillos duele y las cosas ya no parecen tan claras como creíamos. Pero si realmente creemos en nuestro trabajo, ¿por qué no tirar para adelante?

¿Quizá por qué la inversión resulte excesiva? ¿Quizá por desconfianza de según que editoriales que ofrecen estos servicios? ¿Quizá por qué los tramites a hacer si uno mismo quiere llevar todo el proceso pueden sobrepasarle? ¿Quizá por qué a veces se tiende a pensar a lo grande, a pensar de forma binaria, o blanco o negro, y no sopesar toda la escala de grises que quedan en medio de los diferentes factores?

Para responder a todas estas preguntas quizá lo mejor sea que vayamos por partes. Primera cuestión, ¿corremos nosotros con todo el trabajo o decidimos contratar los servicios de una editorial?

Si nos decidimos por lo segundo, hagámoslo con una editorial de confianza, y llegados este punto, ¿qué mejor que volver a llamar a las editoriales importantes, pero con una propuesta algo distinta?
Si la obra realmente merece la pena, y la han desechado por no correr el riesgo de una inversión costosa sin suficientes garantías de éxito, ¿por qué no les propones compartir gastos en la inversión, en ajustar una edición acorde a tus posibilidades y respetando su opinión? ¿Por qué no les propones una primera edición en una de sus colecciones, una tirada corta, pero que aún sin una gran promoción, ya es mayor publicidad de lo que podrías conseguir en una editorial pequeña?

Evidentemente la inversión que te pueden pedir incluso para una tirada corta puede ser cuantiosa. Evidentemente pueden declinar tu ofrecimiento si no consideran que tu obra no cumple unos estándares que ellos consideren mínimos. Pero de tener una obra con auténtico potencial, de creer realmente en ella, y de tener la liquidez suficiente como para costear el proceso, ese puede ser el mejor camino hacia ver tu sueño cumplido.

Es obvio que en esa opción. Aún arriesgando de tu bolsillo, es posible que te cierren las puertas. Si te cierran las puertas siempre puedes llamar a editoriales menores, editoriales dispuestas a editar lo que sea con tal que el cliente lo costee. ¿Pero realmente merece la pena arriesgar tanto cuando te han dicho por activa y por pasiva, que quizá tu obra no tenga hueco? Editar un libro es un proceso costoso, y editar por vanidad puede ser una experiencia cara y más frustrante incluso que las negativas recibidas hasta entonces.

¿Y llegados a este punto no queda otra alternativa? ¿Y si alguien no quiere arriesgar su dinero, o simplemente no puede permitírselo debe renunciar a su ilusión?

La respuesta es no. Aún queda una última alternativa para todos ellos. Una alternativa económica, pero aún así posiblemente deficitaria, pero que como mínimo puede servir para satisfacer la vanidad y la ilusión del autor.

Esa alternativa es las editoriales de imprenta bajo demanda cuyos principales exponente son Lulú y Bubok, pero que metiéndose en google es sencillo encontrar un buen puñado más con servicios y precios ligeramente distintos. Estás empresas te permiten poner a disposición del gran público tu obra impresa, puedes hacerlo desde prácticamente cero euros si tu corres con todos los trámites, es decir:

-Tramitación del ISBN.
-Tramitación del depósito legal.
-Hacerse cargo de la facturación de los beneficios.

Pero si renuncias a ganar dinero con tu obra, puedes llegar a publicar a coste 0, puedes tener en casa unas cuantas copias de tu obra por un módico precio, y experimentar la satisfacción de que al fin tu obra tiene un salida. Luego si quieres ir un poco más allá, si te decides a tramitar el ISBN, el depósito legal, y decides tener un libro comercial a pleno derecho puedes embarcarte en la promoción a pequeña escala. En la distribución en un ámbito local, a pequeña escala, y quizá, con suerte y sudor, consigas que tu sueño crezca hasta colmar tus expectativas.

Yo estoy en ese proceso. De momento no voy a llamar a ninguna editorial con mi primera novela, demasiado breve, poco comercial y demasiado personal como para que me la acepten. En mi opinión interesante, incluso escrita con soltura, ¿pero qué voy a decir yo?

Lo que sí voy a hacer, aunque a medio plazo, es lo segundo, muy posiblemente me anime a gestionar el ISBN y el depósito legal y la distribuya en el ámbito local. De momento la tenéis disponible en Bubok a precio de coste. Podéis echarle una ojeada, bajaros la previa y decidir si promete lo suficiente como pagar lo que vale dándole al siguiente enlace.

AL RITMO DE UN MONÓTONO TIC-TAC

Pero como la mayoría de los que estáis leyendo esto no estáis aquí para atender a la promoción ajena, sino para iniciaros en la vuestra, os voy a hacer un pequeño obsequio que me encontré por la web. Una imprenta digital de precio muy competitivo. Allí es donde he encargado mi libro para tenerlo yo, y el resultado ha sido todo lo bueno que se podía esperar. De modo que como agradecimiento por haber llegado hasta aquí, por haber leído mi modesto artículo, comparto contigo esta información. Si tu libro tiene menos de 200 páginas puedes conseguir cuatro o más copias por cinco euros la unidad encargando vuestros libros en esta imprenta:

PRINTCOLORWEB

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Pico y piedra

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Su cometido era picar, picar sin descanso. Picar esa piedra calcárea, rojiza, cada vez más dura. Picaba sin descanso. Ese era su trabajo, su única misión. Nunca se había planteado hacer otra cosa.

Un día le dieron un pico, le enseñaron un pequeño recoveco dentro de una gruta laberíntica y le dijeron que lo único que tenía que hacer era golpear esa pared, hacer crecer el agujero. Nunca se había preguntado porque el agujero tenía que ser cada vez más grande. Nunca se molestó en comprender su cometido. Simplemente picó, picó sin descanso. Un día tras otro, una semana tras otra, un año tras otro.

No era consciente de ello. El tiempo, su transcurso, su paso irrefrenable e inexorable, era un concepto alieno. Nada tenía que ver con él. Desde sus inicios, sólo había existido el pico, y él, lo único que había hecho a lo largo de toda su existencia era golpear sistemáticamente la piedra que tenía enfrente. En caso de considerarlo, para él, el concepto de tiempo hubiese sido algo confuso, difuso. Nunca había visto la luz del sol. No conocía el significado de la palabra día, semana o mes. Su rutina siempre había sido la misma. En su corta, larga o eterna existencia, nunca había experimentado nada, no había realizado acción alguna o visto elemento distinto que sirviese como referencia para empezar a contabilizar los beeps cíclicos, precisos y monótonos que surgían de algún punto perdido en el interior de su grueso armazón.

Del mismo modo que, para él, el concepto de tiempo era voluble, también lo era el concepto de consecuencia, de objetivo, de meta. Él tenía una misión, pero nunca se había planteado el objetivo de su trabajo. Las consecuencias era algo que nunca había evaluado y nunca lo había hecho porque no tenían ninguna influencia en su cometido inmediato: picar, picar una vez tras otra esa rojiza y dura piedra calcárea.

Y de ese modo, beep tras beep, agotaría su existencia en un cometido vano, en las profundidades de un planeta devastado, en una misión de objetivo ya inexistente... sin ser consciente en ningún momento de todo ello. Simplemente, él se limitaría a picar sin descanso hasta que la pequeña pila nuclear que llevaba alojada en su torso agotara sus reservas.

Cartel publicitario

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Bueno, en tiempos de crisis toca hacer promoción, que la cosa está muy mal y el téxtil no es un excepción. Por eso mi madre me ha pedido que le haga un cartelito, y ya que lo he hecho aprovecho para difundirlo.

Video pintando un esténcil

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Video de la pintada del esténcil "apatia" en una puerta.



Aquí tenéis el poema que da nombre al esténcil:

APATÍA


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Ilustración presentada al concurso nadiehavisto.

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Bueno, otro concurso en el que no me he comido nada, pero que me apetece compartir el trabajo presentado con vosotros. El concurso era el organizado por www.nadiehavisto.com y los trabajos presentados debían basarse en la obra de Max Ernst.

Había dos modalidades, la modalidad de ilustración basada en uno de sus microrrelatos, y la modalidad de microrrelato basada en una de sus ilustraciones.

Yo escogí participar con una ilustración basada en este relato:

EL FUGITIVO

Antes ahogarse que firmar, ha dicho. Todos le han abandonado su comodidad, su pasado, su felicidad, la esperanza. La cuerda que lleva consigo no depende de los remolques habituales. Su pecho le servirá de almohada, la extrema suavidad de su abandono le despertará. La serenidad que amasa se despoja de mil briznas de muselina quemada y de las hojas flotantes de una planta voraz. Los saludos de los navíos hacen brotar los adornos naturalespara combinaciones futuras.
Siempre puntos de vista y el mínimo de medios.

Max Ernst

Y la ilustración que presenté es ésta:


Los trabajos ganadores han sido:

Microrrelato:

EL AMOR DE TODAS MIS FOBIAS

La primera de mis fobias fue la más especial, jamás he temido tanto a nada como al viento. Su pérdida me causó trastornos, pero lo superé. Pronto llegarían otras; auclofobia, dementofobia, ilingofobia, colpofobia, monopatofobia, ataxofobia, pnigofobia, cleitrofobia, epistaxiofobia…
Todas dejaron su huella, pero aún conservo el tacto del viento
en mi piel, y tendría mi pelo despeinado en su honor si no fuera porque la hipertricofobia me obligó a cortármelo al cero y ya me he acostumbrado.
Todas me abandonaron, reconozco no ser un gran amante.
Hace poco he vuelto a ilusionarme, una nueva fobia ha entrado en mi vida de forma decidida, dispuesta a cambiarla, se llama fobofobia. Al principio fue algo así como un coqueteo, pero ha ido a más, y para qué negarlo, he perdido la cabeza por ella. Cla
ro que ahora más que nunca echo de menos mi anemofobia.
Cosas del amor y cabezas desubicadas.

Juan Jesus Torres

Y la ilustración ganadora:


Alejandro Rico

Para curiosear un poco más sobre las obras presentadas al concurso: