Son las siete de la tarde. Me encuentro merodeando por los alrededores de una pequeña aldea de Sudán. Una aldea cuyas cabañas, construidas con un material similar al adobe, se levantan desperdigadas sin que aparentemente su distribución responda a planificación alguna, tan sólo a la necesidad de cobijo.
Alzo la cabeza y miro al cielo. El sol me ciega. Me ayudo de mi mano para poder distinguir algo sin deslumbrarme. La silueta majestuosa de un buitre, con sus alas desplegadas y planeando en círculos, se dibuja perfectamente recortada encima del azul del cielo. Un azul atenuado, blanquecino, por culpa de la intensidad con la que el sol alumbra. Hace mucho calor.
Vuelvo a bajar la mirada. Frente a mí, a unos treinta o cuarenta metros, otra silueta aparece, pero ésta es difusa y tiembla por culpa de la refracción de la luz producida por la temperatura que alcanza el terreno. Es la figura de un niño, quizá de una niña... no soy capaz de distinguirlo bien. Está agazapado, su frente se apoya en el suelo, la cara se esconde entre sus puños. Decido acercarme un poco más.
Me encuentro ya a sólo quince o veinte metros del chiquillo, ya no es una silueta. Ahora puedo apreciar con claridad todos los detalles. Está desnudo, su único atuendo es un collar... debe ser una niña. No tiene más de tres años. En sus brazos y piernas apenas hay carne. Su piel, quemada por el sol, reseca, parece pegada a los huesos. Cuando observo su cuerpo puedo distinguir todas y cada una de sus costillas. Su estómago está hinchado.
Llevo varios minutos observándola, no he apreciado ningún movimiento. Me fijo mejor, su tronco se llena levemente. Parece que aún respira. “Es una realidad dura”- pienso, pero es una imagen que ya he visto otras veces. Antes de que pueda fijarme en nada más, antes de que pueda pensar en nada más, noto como una sombra se cierne fugazmente sobre mí. Pocos segundos después, el buitre que había estado planeando largo rato se posa a escasos metros de la niña.
Instintivamente acaricio la funda donde se encuentra mi equipo. Saco la cámara con cuidado y escojo el objetivo más adecuado. Estoy cerca, por lo que creo que con el 24-105 valdrá. El sol aún brilla con fuerza, hay mucha luz, por lo que escojo un carrete con una sensibilidad ISO baja, 200 parece la adecuada. Hago un primer encuadre de la instantánea. Escojo una abertura amplia del foco, quiero una buena nitidez global. Finalmente selecciono el tiempo de apertura del obturador. Creo que con 1/60 la fotografiá saldrá bien.
Vuelvo a poner el ojo al otro lado del objetivo, sujeto con firmeza la cámara. La niña aparece en primer plano. El buitre aparece justo detrás, expectante, con las alas replegadas y el cuello encogido, completamente inmutable, sin moverse un ápice . Termino de encuadrar la imagen y aprieto el disparador, dos veces. Separo mi ojo del objetivo, me es inevitable pensar que si el buitre desplegase sus alas la imagen sería soberbia. Decido esperar, pasan los minutos. El sol va cayendo, la luz disminuye, voy reajustando la cámara cada poco tiempo, si llega el momento quiero que la foto salga perfecta.
Ha pasado más de una hora. La niña, desnutrida, cada vez más débil, respira con menor frecuencia. El buitre apenas se ha movido. Parece que el ansiado momento no va a llegar. Disparo tres o cuatro fotos más. Recojo con cura el equipo. Miro por última vez la estampa. No puedo evitar pensar que hubiese podido conseguir una foto mucho mejor. Mientras me alejo, resignado, vuelvo a mirar el cielo y observo como otros buitres vuelan en círculos.
Foto ganadora del Pullitzer en 1994 hechar por el fotógrafo sudafricano Kevin Carter.
Detrás del objetivo
Bag Monsters
Una pequeña muestra de street art en tres dimensiones con entrevista incluida a los padres de la criatura:
A touch of GREY
Hoy vengo con una gran noticia. Dentro de una semana tendrá lugar nuestra primera exposición. Una exposición pequeñita por las fiestas de mi pueblo, pero una exposición al fin y al cabo.
Y como nos hace tanta ilusión, nos hemos currado un pequeño spot. Espero que os guste, y si por casualidad os pilla cerca no dudéis en acercaros.
Sí, nuestro pequeño spot también es un homenaje a Pixar y sus simpáticas intros con el flexo y las letras que le torturan.
Ca l'Adrià Vilanovenca
Por Azel (2/2)
-“Y los pájaros volarán en círculos. Y los pájaros, exhaustos, caerán muertos, a cientos, a miles. Cubrirán carreteras y ciudades”. Azel lo dijo. Quiso volver a avisarnos. Siguió abriéndonos sus brazos. Nos dio más tiempo para que tomáramos una decisión. La decisión correcta. Cuando la profecía se cumplió, unos pocos de los que nos llamaron locos se unieron a nosotros. Vieron la luz. Pero sólo la vieron una minoría; y sólo la vio una minoría porque el faro no alumbraba con suficiente intensidad. Azel nos avisaba, pero no quería regalarnos la salvación. Azel sólo quería a su lado a los elegidos, a los que confiaran en él, a los que creyeron su palabra.
Con la misma fuerza, con la misma precisión, como un muelle que vuelve a liberar la misma energía tras ser comprimido la misma longitud, los dos mil congregados volvieron a golpear con el pie el suelo y a gritar:
-¡AZEL!
-“Y los mares subirán. Y los ríos se secarán. Huracanes, tifones y terremotos se sucederán. Y ese será el último aviso. El aviso para los condenados. Después, el apocalipsis acaecerá. La oscuridad se cernirá sobre nosotros. La noche será eterna, ya nadie podrá encontrar salida alguna. Sólo los elegidos habitarán el paraíso”. Palabra de Azel.
Esta vez el golpe fue más intenso, parecía que el gigante, hasta entonces expectante, se estaba impacientando. El eco que devolvió el grito también fue más sonoro.
-¡AZEL!
-Ha llegado pues, amigos míos, compañeros de viaje, la hora. El apocalipsis está cerca. Cuando llegue ya será demasiado tarde. Demasiado tarde también para nosotros. La profecía se ha cumplido. La luna cambió su luz y nos mostró su otra cara, la cara de la muerte. Miles de pájaros cayeron del cielo, muertos, inertes. En sus ojos, aún abiertos, traían otro presagio de destrucción. El mar ha subido. Muchas ciudades han sido anegadas. Pronto llegaran el hambre y las epidemias. Finalmente, la oscuridad se cernirá sobre todo y caeremos en un punto sin retorno. No podemos esperar más. No podemos correr ese riesgo. Ha llegado la hora. Azel nos espera.
Dos mil brazos se levantaron hasta tomar una posición horizontal. Las dos mil mangas, al replegarse, liberaron un sonido que a cualquiera le hubiese recordado a un latigazo seco y enérgico. Las dos mil manos sostenían una pequeña cápsula entre sus dedos índice y pulgar. El orador esta vez había acompañado al resto en el ritual. Todos levantaron el pie derecho y golpearon el suelo por última vez al grito de “¡AZEL!”. Luego, en un movimiento rápido, sin lugar para la duda, todos, sin excepción, introdujeron la cápsula en su boca y tragaron con convicción.
Pasó menos de un minuto antes de que cayera el primero. Luego los demás, como fichas de dominó, lo siguieron. El orador fue el séptimo en caer. Después de cinco minutos no quedaba ni uno en pie.
Fuera, la noche proseguía en una calma tensa. Ni el rumor de la brisa ni el sonido de algún insecto rompía el sepulcral silencio. El cielo despejado mostraba toda la bóveda celeste. En ella destacaba la luna. Una luna que ya hacía unos cuantos años que, a cada día que pasaba, era un poquito más grande, brillante e inquietante.
Marilyn Monroe
Por Azel (1/2)
Un viejo granero perdido en medio de latifundios, una noche tranquila, donde el cielo se mostraba completamente despejado y una gran luna llena alumbraba una basta área rural. En ese granero se habían reunido casi dos mil personas. Desde el exterior, sin embargo, sólo se oía una voz, proyectada con fuerza y convicción. La voz del orador.
-Muchos no nos creyeron, pero la profecía se ha cumplido. Paso por paso, punto por punto. Pobres ilusos, ellos han condenado su alma, para ellos ya no existe salvación posible. Sólo nosotros nos salvaremos. Sólo nosotros merecemos la redención. Hoy es el gran día. Por fin ha llegado el gran momento. ¡Azel!
Todos los ahí congregados repitieron al unísono, como una única persona, como si un único individuo grande y poderoso hubiese despertado, lleno de ímpetu, de un largo letargo.
-¡AZEL!
-No debemos tener miedo. El miedo, el dolor, el sufrimiento y la condena eterna está reservada a los infieles. Nosotros hemos hecho lo correcto. Nosotros hemos enmendado todo el mal cometido a lo largo de nuestras vidas. Volvemos a ser seres limpios, seres puros. Azel nos acogerá con los brazos abiertos. El paraíso será para nosotros. ¡Azel!
Otra vez, con la fuerza de las dos mil almas allí presentes, despierta el gigante y repite:
-¡AZEL!
-En el gran libro todo estaba escrito. Todo se cumplió. Todo siguió su ciclo. Todos recordamos las palabras de Azel: “Y la luna brillará con luz renovada, en su luz veremos su nueva cara y su nueva cara será el reflejo de la muerte”. Palabra de Azel.
El gigante ya estaba despierto, levantó el pie derecho y con la fuerza de dos mil hombres golpeó el suelo mientras pronunciaba con un vigor renovado el nombre de su salvador:
-¡AZEL!
-Pero Azel quiso darnos una oportunidad. Su poder sólo es superado por su misericordia y precisamente por eso nos dio tiempo. Tiempo para enmendar nuestros errores. Tiempo para la purificación. Tiempo para abandonar todo placer mundano, para abandonar todo placer carnal. Y es que a los ojos de Azel todos somos iguales y sólo como iguales podrá acogernos. La riqueza, la ostentación, la lujuria y el egoísmo son cosas que Azel no comprende, no admite y no tolera.
Las dos mil túnicas, solemnes, inmóviles, perfectamente sincronizadas, como células de un organismo superior, como fibras de un músculo en reposo, volvieron a contraerse. Dos mil pies volvieron a levantarse. Dos mil pies volvieron a golpear el firme. Dos mil voces, en un tono neutro, volvieron a gritar:
-¡AZEL!
Sharbat Gula
Hace unos días posteé una primera versión en pequeño y monocapa de Sharbat Gula, la chica afgana fotografiada por Steve McCurry. Pues bien, ahora toca el turno a la versión final en un cuadro de 50x70.

Y dentro de poco, el vídeo.
El photoshop, ese gran programa.
Hace poco adquirimos una cámara Reflex, y mientras no aprendamos a utilizarla, sólo puedo decir que el photoshop ha adquirido una nueva dimensión:
Como veis, una foto absolutamente mediocre, sin contraste, con los colores muertos, con exceso de ruido, lo único que se salva era que se pretendía que el objeto en primer plano apareciese enfocado y el paisaje al fondo desenfocado.
Menos de 5 minutos después, tras aumentar un poco el contraste y el brillo y pasar la foto por el filtro de reducir ruido de un modo criminal nos encontramos con esta foto:
La foto sigue sin ser una maravilla, pero el cambio es, sin duda, radical. Y en apenas 5 minutos que bien hubiesen podido haber sido 2.
¡Qué gran programa es el photshop! ;-).
Mis dos amigas
Tengo dos amigas. En realidad, son mis dos amantes. En nada se parecen, quizá por esto ambas me atraen. Se complementan bien y por eso me duele tener que escoger.
La rubia es menuda, su cuerpo es pequeño, su apariencia, frágil. Es joven, su personalidad aún no está formada y por eso muestra un carácter voluble. En sociedad siempre se muestra fría, altiva, consciente de que todos los hombres la miran y desean su compañía, pero esa es sólo su pose, su coraza.
En la intimidad, cuando nadie la observa, cuando su belleza de muñeca de porcelana no clama su vulnerabilidad, cuando por fin se siente libre, cuando deja que tus labios se acerquen a su cuerpo aniñado, virginal, húmedo... cuando permite que con el primer beso te fundas con ella, es entonces cuando todo se vuelve sencillo, cuando muestra su naturaleza fresca, juguetona e inexperta.
Con ella disfrutas, simplemente disfrutas, porque sabes que tú mandas, sabes que no la puedes decepcionar y al verla estremecerse sabes que realmente se está abandonando al placer más puro, más auténtico. Y por eso siempre está dispuesta, en cualquier sitio, en cualquier lugar, poco le importa hacerlo en sitios incómodos, ni tan siquiera parece importarle que no dure mucho, pues, en el fondo, tan sólo desea nuevas experiencias.
Mi otra amiga es negra. Ella ya no es una niña. Su cuerpo es voluptuoso. Su personalidad es fuerte, tiene carácter, pero siempre se muestra cálida, accesible. Con ella siempre te diviertes y, en el calor de la intimidad, aprendes. Se la ve experta, le gusta mandar, sabe lo que quiere y muestra su amargura cuando no la satisfaces. Con ella no hay lugar para las prisas. Debes seguir su juego.
Y es que, si cedes a sus besos, largos, pausados, dulces, profundos; besos que empiezan en los labios, acarician tu lengua y suavemente atenazan tu garganta hasta que sientes un nudo en el estómago; si te acompasas a su tempo, si consientes ser su juguete y dejas que ella procure placer por los dos, terminarás por subir al séptimo cielo.
Como veis, nada tienen que ver, son completamente distintas, pero deseo a ambas, amo a ambas, necesito a ambas. Necesito la dulzura casi virginal de la joven inexperta, con la que no existen complicaciones, y me es imposible prescindir de la madura que sabe lo que quiere.
Y esta noche, como en todas las anteriores, debo escoger, pero me es imposible. Y como cada noche, como soy incapaz de tomar una elección, me limito a sostener la jarra en alto y liberando toda mi frustración, con el único objetivo de satisfacer mi ansia, grito:
- ¡¡¡Oghtrrraaaaaa!!!
Giocconda
Sharbat Gula
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Sharbat Gula
Sharbat Gula (en pashto: شربت گلا, c. 1972) es una mujer afgana de la etnia pashtún quien se vio obligada a huir de Afganistán rumbo a Pakistán hacia un campo de refugiados donde fue fotografiada por un fotógrafo de la National Geographic llamado Steve McCurry. La imagen se hizo famosa cuando fue publicada en la portada de la edición de junio de 1985 de la revista.
La foto
Sharbat Gula fue fotografiada cuando tenía 12 años por el fotógrafo Steve McCurry, en junio de 1984. Fue en el campamento de refugiados Nasir Bagh de Pakistán durante la guerra contra la invasión soviética. Su foto fue publicada en la portada de National Geographic en junio de 1985 y, debido a su expresivo rostro de ojos verdes, la portada se convirtió en una de las más famosas de la revista. Sin embargo, en aquel entonces nadie sabía el nombre de la chica, por lo que era conocida simplemente como la niña afgana. La foto volvió a la portada de la revista en una edición especial en noviembre de 2001.
La mujer adulta
El mismo hombre que la fotografió, Steve McCurry realizó una búsqueda de la joven que duró 17 años. El fotógrafo realizó numerosos viajes a la zona hasta que, en enero de 2002, encontró a la niña convertida en una mujer de 30 años y pudo saber su nombre. Sharbat Gula vive en una aldea remota de Afganistán, es una mujer tradicional pastún, casada y madre de tres hijas más una cuarta que murió cuando era pequeña. Su marido, con quién se casó a los trece años, poco después de su famosa fotografía, se llama Rahmat Gul y sus tres hijas Robina, Zahida, y Alia. Sharbat volvió a Afganistán en 1992. Nadie la había vuelto a fotografiar hasta que se reencontró con McCurry y no sabía que su cara se había hecho famosa. La identidad de la mujer fue confirmada al 99,9% mediante una tecnología de reconocimiento facial del FBI y la comparación de los iris de ambas fotografías. Su historia fue contada en la edición de marzo de 2003 de la revista y en un documental para televisión titulado Niña desaparecida: misterio resuelto. La sociedad que publica la revista creó en su honor un fondo especial de ayuda al desarrollo y creación de oportunidades educativas para las niñas y mujeres afganas.


















