Cerré los ojos. Había sido una noche larga. Me sentía agotado. Los efectos del alcohol me habían ido abandonando poco a poco y sin ellos empezaba a notar como mi organismo trabajaba para liberar mi cuerpo de todas las toxinas acumuladas. Mi garganta estaba seca, la boca pastosa. La sensación de tragar saliva era más cercana a la de tragar un chicle. Aún no me dolía la cabeza, pero era consciente de que mañana tendría una fuerte resaca. El sueño ya acudía a mí y yo no tenía intención de oponer resistencia alguna, pero dormirse en un tren de cercanías, con sus asientos duros, sus respaldos bajos y el constante traqueteo del vagón, es una tarea casi imposible.
Volví a abrir los ojos. Miré a mi izquierda, hacia la ventana. Aún no había amanecido, por lo que el cristal sólo me devolvió mi reflejo. Estaba horrible. Los ojos, ligeramente hinchados, turbios, cansados, se perdían en las ojeras, mientras uno de los párpados se empeñaba en permanecer más abierto que el otro. Giré la cabeza hacia la derecha y observé el resto de mis compañeros. Sonreí. “Al menos no soy el único que está hecho una mierda”-pensé mientras barría todo el vagón con mi mirada hasta cruzarme con la de Carlos.
Carlos era uno de mis compañeros de piso. Un chico bajito, cuyas caderas eran anchas, sus hombros estrechos y su cabeza grande. Una cabeza donde el cabello empezaba a escasear pese a tener sólo veintiún años. Un chico cuyo andar parsimonioso y sonrisilla bobalicona perenne le terminaban de dar un aire realmente pintoresco.
Pero en ese momento su semblante era serio, parecía que algo le fallaba, de modo que le pregunté:
-Carlitos, ¿qué te pasa que andas tan serio?
Al oír mi pregunta pareció como si volviese en sí, y mientras sus labios empezaban a dibujar su sonrisa característica me contestó.
-Nada, nada... bueno, sí... me estaba preguntando... ¿qué coño hiciste? ¿qué le dijiste? Apenas habíais hablado, apenas os acababais de conocer que ya habíais desaparecido.
La pregunta me pilló a contrapie, y como aún quedaba un buen rato en esa lata de RENFE, decidí tomarme mi tiempo antes de darle una respuesta. Y es que, honestamente, no sabía que responderle. De modo que repasé punto por punto toda la velada en busca de la respuesta.
Ese día habíamos llegado pronto a Barcelona, sobre las seis y media de la tarde. Y es que pese a no ser especialmente futbolero, una final de la Copa de Europa que juegue el Barça es siempre un acontecimiento que merece ser vivido de cerca y que se convierte en una cita ineludible cuando dos de tus tres compañeros de piso, Marc y Adrià, son forofos empedernidos.
Nada más llegar fuimos a comprar el pan y los embutidos y nos dirigimos al piso de la novia de Marc. Por el camino aprovechamos cualquier excusa para entonar los primeros cánticos. Entramos en el piso escasos minutos antes de que el balón empezara a rodar. Como tampoco me importaba mucho perderme el comienzo del partido, ayudé a preparar los bocadillos.
Con la cena ya lista, me reuní con el resto del grupo en la terraza. Además de mis compañeros de piso y tres amigos más también estaban la novia de Marc, Laura, y sus compañeros de piso (otro chico, una compañera de facultad y una estudiante americana de intercambio). La americana se había traído una compatriota en su misma situación. Además, obviamente, también estaba ella.
Hasta pasado el minuto treinta de la primera mitad, después de que todos celebraran el gol de Eto'o y yo tratase fingir el mismo entusiasmo, no reparé en su presencia. Era una chica morena, delgada, pero sin renunciar a sus formas, como indicaban esos pechos, generosos, que asomaban por su escote. Estaba sentada en el suelo, por lo que en ese primer momento no pude juzgar si era muy alta, aunque sus piernas parecían largas. Al observarla por segunda vez nuestras miradas se cruzaron. Su tez era de un moreno suave. Tenía unos ojos grandes, almendrados, juguetones, una nariz chata y una boca pequeña, pero cuyos labios eran gruesos. Invitaban a ser besados. No era un bellezón rotundo, pero resultaba realmente atractiva, una belleza pícara y juguetona. Tras hacer un amago de sonrisa, apartó otra vez su mirada y la volvió a posar en el partido.
La situación se repitió tres o cuatro veces más a lo largo de la segunda parte. Y a cada mirada me parecía que su sonrisa era más evidente.
Cuando el partido hubo terminado, con la consecuente victoria del Barça, la euforia se desató. Esta vez me fue más fácil fingir mi alegría. Durante el partido ya me había tomado tres cubatillas, pero en los treinta o cuarenta minutos que le sucedieron la cuenta subió a más del doble. Demasiado buen saque y demasiada gente con ganas de brindar.
Por raro que parezca, cuando terminó el partido, no me acerqué a esa chica, y es que nunca he sido bueno entrando a desconocidas. De hecho, no fue hasta que me metí en su conversación con Adrià sobre la idiosincrasia del gallego y su situación en Galicia (una curiosa conversación de borrachos) que no intercambiamos las primeras palabras.
Obviamente, era gallega, se llamaba Paula y estudiaba psicología en la UB. Era agradable, muy habladora y con un acento cautivador. Pero pese a que pronto estuvimos conversando los dos solos, ya que Adrià se había reunido con el resto de gente para seguir festejando el triunfo, no fui capaz de recordar haberle dicho nada que se pudiese considerar una insinuación. Hablamos, reímos y sonreímos, fue una conversación cómplice, pero aparentemente inocua. Lo más próximo a una insinuación que recuerdo fue su mirada acaramelada, pero también era posible que esa mirada cándida y vidriosa fuese fruto de los primeros efectos del alcohol.
Seguimos hablando hasta que el grupo decidió que era un buen momento para partir hacia “Canaletes”. Los dos nos levantamos, y una vez de pie ella no pudo reprimir un comentario típico. “Uy, que grande” -mientras sonreía, para luego añadir un: “está bien, mola”. Yo le repliqué con cierta sorna: “uno noventa, medida estándar”. Volvimos a sonreír. Luego pidió unas zapatillas a Laura, para después girarse y decirme: “La verdad es que hoy no tenía pensado salir”.
Una vez fuera, con todo el grupo en marcha, seguimos conversando sobre banalidades. Cruzamos un semáforo que el resto se habían encontrado en rojo. Cuando nos dimos cuenta, nos encontrábamos una manzana alejados del grupo. Y en ese momento, de repente, nos miramos, sonreímos y le pregunté:
-¿Tú quieres ir a “Canaletes”?
Su respuesta fue clara.
-La verdad es que no... ¿nos vamos a mi piso?
Yo simplemente accedí, luego ella se puso de puntillas, yo me agaché un poco, nos besamos y nos fuimos a su casa.
Después de repasar todos los hechos, de pensar claramente en que punto había hecho o dicho algo, volví a mirar a Carlitos, y mientras me encogía de hombros le dije:
-Nada, no hice nada de nada. Sólo hablamos un poco de tonterías.
Carlos torció el labio, la respuesta parecía no haberle convencido y tras meditar un rato, dijo:
-No te creo, algo debiste decirle.
Mientras Carlitos se mostraba contrariado, llegamos a la estación. Al bajar, una chica rubita aguardaba su tren, al pasar delante de ella cruzamos un momento nuestras miradas. No llegué a ver si sonreía, pero sí recuerdo oír como alguien ahogaba un suspiro a mí derecha... al girarme, Carlos seguía negando con la cabeza, esta vez, aún más contrariado.
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