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Tras un tiempo inactivo, toca nuevo relato:
PRIMERAS IMPRESIONES
Llega tarde. Bueno, más bien yo he cometido el error de ser puntual, siempre llegan tarde.
Espero que le guste la cafetería que he escogido, no hay demasiada gente, se oyen conversaciones, pero se puede hablar cómodamente. Además preparan un buen café y al no ser un local especialmente grande, el aroma le confiere un olor característico. Bueno, en general todas las cafeterías huelen muy bien desde que se les ha restringido la zona de fumadores, pero lo importante es que en ésta además preparan buen café.
La puerta se ha vuelto a abrir. La corriente de aire me refresca el gaznate cada vez que alguien la abre. Ha entrado una chica, lleva tacones. Camina ligera, aún así el traqueteo de sus zapatos la delata, es inevitable. Se para justo a mi lado.
“¿Juan, verdad?”. Es ella. Me levanto y la saludo. Le doy dos besos, lleva poco maquillaje, eso es bueno. Usa un perfume discreto, eso es aún mejor. Llevo la mano a su cintura, no se ha quitado la chaqueta, es normal, apenas le he dado tiempo. Antes de sentarse acaricia mi perro y suelta un comentario. Parece que le gusta. “Bueno Claudia, por fin nos conocemos, dime, ¿te ha sido difícil encontrar la cafetería?”.
Toma asiento y empieza a hablar, despacio, aún así se detiene para pensar las cosas. Su voz es agradable, no es estridente, más bien todo lo contrario, grave y cálida. Es educada, correcta, parece lista. Conversar con ella resulta acogedor y sensual, pese a que la charla sea absolutamente banal, no puede ser de otro modo. Hago una broma, ella suelta una risa cómplice. Sus labios deben de haber dibujado una línea curva efímera, su mirada quizá haya buscado la mía con picardía, luego ha llegado la risa con ese sonido leve, tímido, ahogado por medio suspiro.
Ha cogido mis manos, entrelazo mis dedos con los suyos. Tiene unas manos pequeñas, muy suaves, apenas lleva bisutería, un par de anillos, diría que muy discretos. Acaricio el dorso de su muñeca, decir que su piel es aterciopelada puede parecer un tópico, pero creedme si os digo que en su caso es la pura verdad. Pese a que me pasaría largo rato acariciando esas manos y recorriendo cada uno de sus recovecos, redibujando cada una de sus líneas, decido darles un ligero apretón y soltárselas.
La conversación continúa. Sigue siendo igual de intrascendente. Tras otro breve intercambio de preguntas y respuestas mecánicas, donde esbozo unas cuantas sonrisas, ella me coge ambas manos, me da dos toques muy suaves, oigo como corre su silla, se levanta y me dice: “voy al servicio, ¿me disculpas?”. Yo asiento con la cabeza.
Me gusta, creo que me gusta. Sin embargo, pido al camarero que se acerque.
-¿Quería algo?
-Sí, ¿podría traerme una cerveza?
-Claro, ¿estrella?
-Sí, una estrella me sirve - antes de que el camarero se retire añado. - Por cierto, tengo una pequeña duda. - me rasco la cabeza antes de formularla - la chica que me acompaña... ¿Usted diría que está buena?
Ella ya se acerca. El traqueteo de sus tacones vuelve a delatarla, es inevitable. El camarero parece sonreír, no llega a responder, se limita a darme una palmada en el hombro, como si de un viejo colega se tratase. ¿Un extraño gesto de camaradería entre dos desconocidos o mera condescendencia?
El botellín de cerveza condensa las primeras gotas de humedad a su alrededor. Ella vuelve a hablarme con ese tono cálido y apacible. De vez en cuando busca mis manos con las suyas. A veces sacude su cabeza y me llega el olor tenue de su perfume. Sin embargo, yo sigo dudando.
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“¿Juan, verdad?”. Es ella. Me levanto y la saludo. Le doy dos besos, lleva poco maquillaje, eso es bueno. Usa un perfume discreto, eso es aún mejor. Llevo la mano a su cintura, no se ha quitado la chaqueta, es normal, apenas le he dado tiempo. Antes de sentarse acaricia mi perro y suelta un comentario. Parece que le gusta. “Bueno Claudia, por fin nos conocemos, dime, ¿te ha sido difícil encontrar la cafetería?”.
Toma asiento y empieza a hablar, despacio, aún así se detiene para pensar las cosas. Su voz es agradable, no es estridente, más bien todo lo contrario, grave y cálida. Es educada, correcta, parece lista. Conversar con ella resulta acogedor y sensual, pese a que la charla sea absolutamente banal, no puede ser de otro modo. Hago una broma, ella suelta una risa cómplice. Sus labios deben de haber dibujado una línea curva efímera, su mirada quizá haya buscado la mía con picardía, luego ha llegado la risa con ese sonido leve, tímido, ahogado por medio suspiro.
Ha cogido mis manos, entrelazo mis dedos con los suyos. Tiene unas manos pequeñas, muy suaves, apenas lleva bisutería, un par de anillos, diría que muy discretos. Acaricio el dorso de su muñeca, decir que su piel es aterciopelada puede parecer un tópico, pero creedme si os digo que en su caso es la pura verdad. Pese a que me pasaría largo rato acariciando esas manos y recorriendo cada uno de sus recovecos, redibujando cada una de sus líneas, decido darles un ligero apretón y soltárselas.
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Me gusta, creo que me gusta. Sin embargo, pido al camarero que se acerque.
-¿Quería algo?
-Sí, ¿podría traerme una cerveza?
-Claro, ¿estrella?
-Sí, una estrella me sirve - antes de que el camarero se retire añado. - Por cierto, tengo una pequeña duda. - me rasco la cabeza antes de formularla - la chica que me acompaña... ¿Usted diría que está buena?
Ella ya se acerca. El traqueteo de sus tacones vuelve a delatarla, es inevitable. El camarero parece sonreír, no llega a responder, se limita a darme una palmada en el hombro, como si de un viejo colega se tratase. ¿Un extraño gesto de camaradería entre dos desconocidos o mera condescendencia?
El botellín de cerveza condensa las primeras gotas de humedad a su alrededor. Ella vuelve a hablarme con ese tono cálido y apacible. De vez en cuando busca mis manos con las suyas. A veces sacude su cabeza y me llega el olor tenue de su perfume. Sin embargo, yo sigo dudando.
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