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Sostuvo el aliento mientras su mirada se desplazaba hacia el féretro cerrado donde descansaban los restos de su hermano. Cuando notó como ardía el aire en sus pulmones, apretó con más fuerza los labios. Como si intentara sellarlos. Sólo cuando sintió como si una mano invisible le atenazase la garganta, exhaló. Mientras sus pulmones liberaban su carga caduca, una lágrima asomó entre sus párpados.
Sólo su hermana, que había permanecido a su lado durante toda la ceremonia, pareció percatarse y le estrechó la mano con fuerza. David sonrió.
Cuando levantó la cabeza, cruzó su mirada con la de su madre. En ella no encontró ni el menor atisbo de pena ni empatía, ni de amor ni de odio. Simplemente pudo constatar el vacío existente que había crecido entre ellos a lo largo de los años y atisbar el reflejo de un deseo que se sostenía en una pregunta... ¿por qué tú hermano?
David siempre lo había sabido, desde bien pequeño, para su madre y para todo el mundo, había sido poco más que la sombra de su hermano. Una sombra que había crecido pegada a Juan, des del primer día. Ese catorce de marzo de 1974, día en el que ambos habían salido del mismo vientre.
Hasta secundaria, físicamente, fueron como dos gotas de agua. No fue hasta la pubertad que las enormes diferencias que latían en su interior no repercutieron en su aspecto. Pese a que David siempre fue un niño más apocado, introvertido y reservado, hasta ese momento Juan siempre había tirado de él. Pero con el paso de la infancia a la adolescencia, las primeras fiestas, los primeros ligues, los primeros amores... Juan, sin darse cuenta, terminó por soltar lastre.
De modo que mientras David abandonó el fútbol, Juan lo compaginó con el atletismo. En verano, mientras Juan disfrutaba del sol y la playa, David permanecía en su casa, encerrado en su habitación o frente al televisor. Mientras Juan disfrutaba de la noche y la compañía de un cada vez más nutrido grupo de amigos, David fue reduciendo su círculo de conocidos hasta quedarse prácticamente solo.
Luego llegó la universidad y, con ella, la elección definitiva de su propio camino. Pasados los años, mientras Juan se había hecho un nombre en el sector empresarial gracias a su gabinete de coaching para directivos, David dejaba que los días se consumiesen en su pequeño piso de alquiler. Pese haberse sacado un título en ingeniería superior, su falta de empuje le habían relegado a un puesto secundario en una empresa de construcción como encargado del cálculo de estructuras para andamios.
La Navidad era la única época del año en que se reunía con su familia. Llegados los treinta, cuando compartía mesa con su hermano, nadie hubiese dicho que fuesen gemelos. Juan conservaba todo su vigor y carisma, seguía practicando deporte y el paso del tiempo parecía favorecerle. Por el contrario, David cuando se sentaba en la mesa empequeñecía aún más. Apenas hablaba, presentaba un ligero sobrepeso y su aspecto desaliñado le hacía parecer mayor.
A David nunca le gustaron las Navidades. Le recordaban lo que siempre había creído: que parecía ser parte de los despojos no deseados de un parto, junto al cordón umbilical y la placenta. Eso era lo que terminaba pensando los días que se detenía durante el afeitado y miraba con especial amargura la cuchilla.
Y ahora su hermano estaba muerto. Un autobús se lo había llevado por delante justo después de saltarse un semáforo. Y mientras su hermana sostenía con fuerza su mano tratando de aliviar un dolor que no existía, en su cabeza repicaba la pregunta que la mirada de su madre parecía gritar: “Por qué tu hermano... y no tú?
Y cuanto mayor era la intensidad con la que esas palabras retumbaban en su cabeza, mayor era su certeza: aún en ese instante, aun muerto, se maldecía mientras seguía deseando haber sido Juan.
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