Banksy in action

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Banksy rompe en escena otra vez:


y en esta ocasión hay pruebas de su "delito":


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En general, el cine de Van Sant me gusta, pero esta película me parece un ejercicio con bastante más embalaje que contenido. En cierto modo parece que quiso repetir la fórmula de Elephant rodando una película a medio camino entre el documental y la ficción, pero esta vez no termina de atinar.

La idea, viendo el precedente, estaba claro que no era mala, pero si la otra es una gran película ésta no cuaja. Empezando por el exceso de imágenes y encuadres cotidianos que no terminan de decir nada (o al menos no lo suficiente), continuando por el montaje que deconstruye temporalmente la historia y que pese a rejuntarla coherentemente sin que el pierda el hilo, ralentiza un poco más la ya de por si lenta acción y terminando con los planos musicales pretenciosos y anodinos que sobran completamente.

Porque la película es lenta, muy lenta, avanza con parsimonia y se toma su tiempo en cada escena, y si bien a ratos la naturalidad de la fotografía y el ritmo sin prisas consiguen el efecto deseado, como por ejemplo en el interrogatorio del comisario, en muchas otras escenas, especialmente cuando empieza a sonar la música y el director se complace con planos bonitos, pero insustanciales, lo máximo que llega es a sacarte es un bostezo.

No es una mala película, la idea era buena, y tiene momentos excelentes, como el citado del interrogatorio, pero en muchas otras escenas, en demasiadas, cae en el abuso de la cámara lenta y la música en detrimento de la imagen natural y el diálogo creíble que marca el resto de la cinta, rompiendo el ya de por sí lento ritmo de la cinta innecesariamente.

En definitiva, en mi opinión, una película que hubiese sido fácilmente mejorable y que te deja un regusto agridulce, ya que requiere un esfuerzo de concentración que por momentos parece que merece la pena, pero que una vez llegados a los créditos deja cierto poso de decepción.

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El coleccionista

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Tras unos días ajetreado y en el que se ha roto un poco la dinámica del blog, vuelvo con fuerzas renovadas para intentar que todo vuelva a su cauce. De momento os dejo el relato de ganador del escatológico último certamen de usuarios del foro bubok, escrito por Juan Carlos Boiza, que de este modo repite cetro:


EL COLECCIONISTA

Me parece adecuado advertirle, querido lector, que la historia que voy a relatarle a continuación no es una historia agradable. De hecho, por su cruda naturaleza, ha sido relegada a los anaqueles perdidos de la memoria de tan sólo unos pocos hombres entre los que me encuentro. Por eso precisamente, he querido rescatar de mis recuerdos la historia de Manfred Sterling; el hombre que llegó a ser considerado el mayor coleccionista de la historia.

Sterling nació en los años treinta en un barrio miserable y perdido de Brooklyn. Descendiente de una familia alemana emigrada a EEUU en los años veinte, sufrió en sus carnes infantes los rigores de la depresión. Su madre, viuda al poco de nacer él, fue su único referente familiar durante estos primeros años, convirtiéndose en quien marcaría su posterior obsesión coleccionista.

A pesar de que no todos los biógrafos se ponen de acuerdo en las fechas, lo cierto es que, con tan sólo cinco años, su madre le mostró el que sería el primer objeto de su colección; un frasco de formol en el que había conservado su cordón umbilical y algunos fragmentos de la placenta. Aunque la visión de aquellos tejidos humanos, parduzcos y apergaminados, deberían haber provocado repulsión y cierto asco en cualquier niño de su edad, a Sterling le causaron una gran curiosidad y fascinación. En algunas cartas, rescatadas de su colección particular, relata aquel momento como el instante en que la idea de su peculiar colección tomó forma.

Sólo unos meses después, los dientes de leche comenzaron a caérsele al joven Sterling y éste decidió recoger todas y cada una de aquellas piezas dentales nacaradas. Las guardó con sumo cuidado en pequeños recipientes de cristal, en los que apuntó con precisión la fecha y hora exactas de cada caída dental.

Tras este primer episodio coleccionista, sabemos que se dedicó a sus estudios como cualquier niño normal. Era aplicado y eficiente, aunque tímido y retraído en sus relaciones sociales. A penas hay constancia de amigos o pertenencia a bandas infantiles o juveniles.

Con doce años, tras reunir cromos, chapas y bolas de cristal, su espíritu inquieto se despertó de nuevo. Con curiosidad infinita, decidió buscar en su propio cuerpo una nueva fuente para su afición coleccionista, tal y como hiciese con sus piezas dentales, encontrándola en sus propias uñas. Aquellas pequeñas tiras semitransparentes con forma de media luna, se convirtieron en un nuevo icono coleccionista, guardándolas cuidadosamente en impolutos recipientes cristalinos.

Poco más conocemos de su biografía hasta la edad adulta. Sabemos que cursó estudios de Bibliotecario Documentalista y que trabajó en la famosa librería de los hermanos Cotton en Maryland. No hay constancia de nuevas colecciones en esa época, hasta que un nuevo suceso vino a conmocionar su existencia: la muerte de su madre, dando lugar a uno de los primeros sucesos que podríamos calificar de geniales, pero también como los primeros indicios de que algo andaba mal. Durante el funeral de su madre, Sterling utilizó un pequeño tubo de ensayo con tapón de goma para recoger cada una de las lágrimas que derramó por la muerte de su progenitora. Desde ese día fue recogiendo todas sus lágrimas, inventando, incluso, un sistema de almacenamiento refrigerado que aseguraba su conservación en estado líquido sin evaporación alguna.

Dio así comienzo a lo que algunos han llamado su periodo de iluminación. Sterling comenzó una escalada de recolección de nuevos productos generados por su propio cuerpo. Tras las lágrimas, le llegó el turno al pelo, que extraía cuidadosamente de las sábanas, peines o de sus propias ropas. Después comenzó a recoger sus orines e incluso las heces, con métodos de su propia invención que siempre fue reacio a revelar.

Tres años después, el volumen de su colección era tan vasto, que se hizo necesario adquirir un local de grandes dimensiones, por lo que adquirió un enorme edificio del Distrito de Columbia, hoy desaparecido y muy difícil de ubicar dado su triste final. Se trataba de un colosal almacén en el que Sterling gastó todos sus ahorros.

El local fue abierto al público una semana de septiembre cuando Sterling rondaba los cuarenta años de edad. En largos anaqueles se encontraban perfectamente alineados, en preciso orden cronológico, todos los productos generados por su propio cuerpo en los últimos diez años, incluyendo dos enormes tanques transparentes mantenidos a la temperatura del cuerpo humano, que mostraban, a los asombrados espectadores, el orín y las heces producidos por el cuerpo de Sterling.

El mundo contuvo la respiración, mientras los medios de comunicación anunciaban que Sterling había concebido y llevado a cabo el mayor proyecto artístico y coleccionista de la historia. Se trataba, según llegó a comentarse, de la exposición y colección definitiva; el interior del propio hombre expuesto con absoluta crudeza y realismo.

El éxito fue fulgurante y apoteósico. Sterling fue llamado por los más prestigiosos museos e instituciones a nivel mundial, iniciando un periodo de giras incesantes, entre grandes medidas de seguridad, sin que Sterling dejase de incrementar su colección pues, como él mismo decía, siempre estaría necesariamente incompleta.

Tras cinco años de deambular itinerante por todo el mundo, Sterling volvió a EEUU y su colección recabó de nuevo en su edificio del Distrito de Columbia. Fue entonces cuando comenzó su periodo oscuro, desapareciendo de la vida pública y recluyéndose en una mansión que se hizo construir adyacente al museo. En los años siguientes, sólo hizo una leve aparición pública, pálido y desmejorado, para anunciar que estaba trabajando en un proyecto que completaría definitivamente su colección.

Cuando Sterling rondaba los cincuenta años de edad, anunció por fin que su proyecto estaba terminado y que sería inaugurado el primer lunes del mes de octubre. El mundo del arte se sobrecogió emocionado y sus seguidores incondicionales se prepararon para contemplar una nueva genialidad.

Aquel lunes los medios se agolpaban frente a las puertas del museo, que había permanecido cerrado durante los últimos seis meses mientras se instalaba, rodeada de misterio, la nueva exposición. La expectación era máxima. Las televisiones, las radios y la prensa mandaron a sus mejores redactores a cubrir el acontecimiento.

A las doce en punto, las puertas se abrieron automáticamente y los periodistas penetraron en el recinto conteniendo la respiración.

En un primer momento, reinó la confusión y la decepción, pues, aunque había crecido enormemente, se encontraron con la misma exposición que ya conocían. Pero los murmullos se acallaron rápidamente, cuando, tras atravesar el recinto, llegaron frente a unas relucientes puertas metálicas, que se abrieron a su paso, dejándoles penetrar en una nueva estancia.

La sala se encontraba en penumbra. Las luces estaban preparadas para irse encendiendo a medida que las personas entraban en el recinto, desvelando la colección de forma paulatina. Lo primero que se iluminó fue una zona de la pared que mostraba un extraño cuadro. Parecía un simple lienzo, de unos treinta centímetros de lado, con un extraño color anaranjado y de textura peculiar. Sin embargo, cuando leyeron el pequeño letrero con el que estaba etiquetado, supieron que se trataba de piel humana del propio Sterling.

A estas alturas todos los asistentes guardaban, sobrecogidos, un silencio completo. Repentinamente, se iluminó un nuevo expositor. Se trataba de un extraño circuito de cristal, formado por varios tubos interconectados, en el que un líquido rojo fluía de forma continua. Bajo él, un letrero explicaba que allí se encontraba toda la sangre del cuerpo de Sterling. En aquel momento hubo varios desmayos y algunos asistentes decidieron abandonar el lugar. Otros, sin embargo, continuaron, convencidos de que todo debía tratarse de una broma macabra del genial Sterling.

Finalmente, llegaron al fondo de la sala y la estancia se iluminó por completo, mostrando el último de los objetos de la colección. Un enorme tanque de cristal, lleno hasta el borde de formol, apareció ante ellos. En su interior, el cuerpo de Sterling se bamboleaba de un lado a otro como mecido por un suave oleaje. Los gritos de horror fueron unánimes y la mayoría de las personas asistente huyeron despavoridas ante aquel macabro espectáculo.

Recuerdo todo con claridad prístina. Estaba allí, representando un periódico cuyo nombre hoy ya no importa, y aún recuerdo el aspecto del infortunado Sterling convertido en el último objeto de su propia colección. Su piel estaba blanca como la cera y no quedaba en ella huella alguna de pelo o vello corporal. En su espalda era visible un enorme cuadrado sin piel, que dejaba al descubierto el músculo descarnado. Las uñas de las manos y de los pies habían sido extraídas completamente y su pelo estaba cortado al cero. Incluso las cejas y pestañas habían desaparecido camino, como todo los demás, de frascos cuidadosamente etiquetados y colocados por toda la sala. Pero, aún con todo este panorama dantesco, lo que más me impactó no fue su aspecto, sino su expresión. Pudo asegurar que en su rostro se dibujaba una absoluta satisfacción; la satisfacción de quien sabía concluida la labor de una vida.

Tras lo sucedido, la exposición fue destruida y el desafortunado Sterling olvidado y enterrado, como si nunca hubiese existido. Los mismos que le llamaron genio, le denostaron después, tildándose, simplemente, de loco. En unos meses nadie recordaba ni siquiera su nombre. Por eso he querido traeros hoy su recuerdo, para que todos podamos reflexionar sobre el genio que se volvió loco, o quizá, sobre el loco que se convirtió en un genio. Sea como fuere, lo cierto es que ni siquiera ahora me atrevo a decir a ciencia cierta si su colección era realmente arte o tan sólo una completa locura de una mente alucinada.

Existe, sin embargo, un rumor que me inquieta. Desde hace unos años, se dice que, en un lugar perdido de Europa, existe una antigua mansión de lujoso diseño en cuyo sótano se esconde una inmensa colección de arte robado. Goyas, Velázquez e incluso Picassos, se amontonan en inmensas salas, perfectamente acondicionadas y ocultas a la vista de los curiosos. Algunos cuentan entre susurros que en una de estas salas se guarda una extraña colección. Cientos de anaqueles con productos extraños se alinean en estantes sin fin, y, en su centro, destaca un gran depósito de cristal en cuyo interior se encuentra el cadáver de un hombre desnudo y satisfecho.

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Impresionante videoperformance realizada por "Go Above" en Liepzig, Alemania, el año pasado. Jugando con la camara atrás consigue un efecto de lo más interesante.



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La dama y la muerte: Corto español en los Oscars

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Y ahora que se acercan los Oscars creo que es un buen momento para recordar que además de Penelope Cruz, habrá más presencia española entre los candidatos. Concretamente en la categoria de corto de animación y gracias a este trabajo:



A ver si hay suerte y nos llevamos la estatuilla.

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Otro concurso del foro de usuarios de Bubok finalizado y, como en la anterior edición, esta vez vuelvo a encontrarme con que al ganador, Juan Carlos Boiza, ya le había concedido una entrevista, de modo que vuelvo a cederle el honor al segundo clasificado (en este caso segunda) Wiskott.

Y como ya hice hace quince días, para abir boca aquí os dejo su trabajo (la imagen viene que el tema del certamen es la escatologia, no vayáis a mal pensar):



DEPOSICIÓN

-No hay pero que valga. Mira, entiendo lo del mechón de pelo, y entiendo lo de la pinza con los restos de cordón umbilical, pero esto...esto no lo entiendo, joder! Ya te dije que era mejor enterrarlo y te empeñaste en incinerarlo para ir repartiendo miguitas de pan. Así que ahora no te quejes. Se ha ido, ¿vale?, y a mí me duele tanto como a ti, pero creo que ya es hora de pasar página, te recuerdo que tenemos otro hijo, y ése aún está vivo, así que más vale que tires eso a la basura de una puta vez.
Se fue dando un portazo y tras oír la puerta del garaje abrirse y cerrarse y el ronroneo del motor perdiéndose en la distancia ella empezó a llorar otra vez y se sentó en el sofá del salón con todos los recuerdos que habían entrado al ordenador en forma de imagen para salir impresos en álbumes digitales; empezó a pasar hojas, mirando las fotografías a través de un velo de lágrimas silenciosas.


Un montón de sitios diferentes que ya no volverían a pisar juntos.
Un montón de momentos importantes.
Una lágrima atrevida decidió caer sobre una de las páginas que miraba y ella la secó a conciencia con el puño del jersey, levantó la cabeza y miró la caja por la que acababan de discutir antes de la marcha de él al trabajo.
Entendía su reacción pero no podía evitar querer conservar eso.
De todas maneras ya estaba seco y el pañal acartonado y no desprendía olor en absoluto.
Y respecto al tema del entierro, él sabía desde mucho tiempo atrás que ella era partidaria de la incineración. Durante su noviazgo bromeaba sobre ello asegurándole que lo primordial era que se cerciorase de que en efecto había muerto, porque sería horrible ser enterrada viva, y que luego la quemase y tirase sus cenizas donde quisiera, preferentemente en algún lugar que hubiesen compartido y del que guardase un recuerdo agradable.
¿Quién iba a saber entonces que el primero en irse sería uno de sus hijos?
Pero tratándose del niño lo tuvo aún más claro.
Le dedicaron una hermosa versión moderna de funeral vikingo mientras algunas canciones de “Phineas y Ferb”, bajadas de Internet por la madre de uno de sus compañeros del colegio,apuñalaban el silencio instalado entre los asistentes.
Era eso o dejarlo hincharse hasta deshacerse en medio de un apestoso proceso de putrefacción,
encerrado en un hueco oscuro rodeado de más huecos, todos ellos con su colección particular de gusanos.
Abrió la caja y miró todo lo que contenía, un mechón de cabello cortado y guardado el día antes de
la quimioterapia, un trozo de cordón umbilical seco y pegado a una pinza verde, y el dichoso pañal, que ocultaba en su interior lo último que su consumido cuerpo había ingerido y procesado antes de morir. Todo ello en bolsas de plástico selladas al vacío.
A cuatro kilómetros de distancia él hablaba con su mejor amigo por el manos libres mientras revisaba papeleo en el despacho.
-¿Que le dé tiempo? ¿Tiempo para qué? ¿Quién me ha dado tiempo a mí?
-......
-Pero es que quiere guardarlo como si fuera un recuerdo o algo así. Yo creo que hay formas más normales de recordar a alguien que se ha ido...
-.......
-No me jodas, Luis.
-.......
-Oye, yo hago lo que puedo, ¿vale?. Estoy aquí sentado mirando unos presupuestos que lo que es ahora mismo me importan una mierda y esta tarde me llevo a Guille porque tiene partido y quiere jugar. ¿Quién me da tiempo a mí para que llore y haga cosas raras?
-......
-Vale, sí. Pero, ¿tú crees que es normal querer conservar un pañal lleno de mierda seca?
-......
-La paciencia se me acaba, Luis.
-.....
-Venga, adiós. Ya nos veremos la semana que viene.
Colgó exasperado y siguió mirando sin ver las hojas que tenía delante de la cara. Tardó medio minuto en arrugarlas mientras escondía la cabeza entre los brazos apoyados en la mesa.
Su secretaria abrió la puerta, atraída por los sollozos y la cerró silenciosamente cuando él levantó un brazo moviendo el dorso de la mano hacia fuera.
Tenían dinero y podían permitírselo así que le había sugerido que, si quería, podían encargar hacer una pequeña joya con los restos tras la cremación, le explicó que las cenizas eran carbono y que podían procesarlas y fabricar un par de pequeños diamantes que podría llevar siempre con ella.
¿No era eso más hermoso como recuerdo que el último pañal sucio de su hijo enfermo y muerto?
Pero ella rompió a llorar como nunca recordaba haberla visto.
Al día siguiente se levantó y preparó desayunos, la mochila de su otro hijo, puso una lavadora y guardó la ropa planchada del día anterior, siempre en silencio; pero su mirada decía que no quería oír hablar de joyas de carbono.
Quiso tirar las cenizas en la playa a la que acudían los veranos y también en el jardín y él la complació pensando que eso la aliviaría un poco pero cuando vio la caja junto a los álbumes de fotos y revisó su contenido tuvo que morderse la lengua para no gritar.
Cuando llegaron esa noche después del partido se encontraron la mesa puesta y la cena servida.
Él se encargó de duchar a Guille, le puso la cena y miró mientras se lavaba los dientes y cuando estuvo instalado en su cama, tras el beso de buenas noches, el chaval lo llamó:
-Papá.
Él se volvió con la mano en el pomo de la puerta.
-Dime.
-A mí no me importa.
Supo de inmediato a qué se refería pero hizo la pregunta de todos modos.
-¿Qué no te importa?
-Que mamá tenga ese pañal.
-No te preocupes, campeón. Que duermas bien.
-Buenas noches.
Al cruzar el salón para entrar en su cuarto la vio dormida en el sofá donde la había dejado esa mañana, se acercó y en la oscuridad distinguió la caja en su regazo, sus ojos hinchados y las profundas ojeras.
Cogió la caja, una bonita caja de cartón estampado brillante en diversos tonos pastel y la dejó en el mueble junto a los álbumes de fotos. Fue al cuarto y sacó la manta de la cama de matrimonio para llevarla al salón, una vez allí se sentó junto a ella y tapó los cuerpos de ambos porque no quería desvelarla pero tampoco que se viera sola si despertaba; la abrazó y acomodó su cabeza en su pecho; ella permaneció inmóvil al tiempo que sus ojos dibujaban círculos debajo de los párpados.
-¿Qué estás soñando?- susurró él.
Por supuesto, no obtuvo respuesta, pero la expresión de la cara de ella le indicó que nada agradable.
Ella estaba perdida en un cementerio que, como todo lo que dibuja el inconsciente, nada tenía que ver con el aspecto real de dicho lugar; las lápidas eran transparentes y podía ver con una claridad obscena a pesar de la oscuridad nocturna el tono negruzco y húmedo de los cuerpos, gruesos gusanos de color marfil reptando por los trozos de carne, porciones de hueso asomando a través de la carne hecha jirones, y, pese a que no era ciega, podía oler el aroma de la muerte en todo su nauseabundo esplendor. Rostros descompuestos a medias, con expresiones paralizadas de dolor, rabia e incredulidad. Caminaba aterrorizada por el entorno cuando vio unas manos blancas y pequeñas golpeando la transparencia que las mantenía encerradas;supo sin saberlo que era él y corrió a su encuentro. No esperaba que le hablase porque se había marchado antes de aprender lo suficiente como para mantener una conversación, así que se quedó helada cuando una voz sin graves y calmada resonó en su mente, cortando su alma a rodajas con cada palabra:
-Dejadme marchar. Yo también os quiero, con eso es suficiente. Por favor.
Ella lo miró y vio el rostro infantil que habitaba a horcajadas entre su recuerdo y las fotos; un blanco lunar hacía resplandecer su piel.
Supo inmediatamente qué tenía que hacer y entonces con una sensación de caída despertó.

-¿Estás bien?- el tono de preocupación la conmovió.
-Sí. Seguro que tienes el brazo dormido; vamos a la cama.
Ella se levantó cogiendo la manta para colocarla de nuevo en su sitio y él la siguió en silencio; el resto de la noche transcurrió sin pesadillas.
A la mañana siguiente realizaron las rutinas diarias de un día laborable: ella preparó el desayuno y la mochila de Guillermo y él revisó su portafolios antes de guardarlo en su cartera y cuando salieron de camino al colegio y al despacho ella recogió y fregó los tazones y cucharas del desayuno y se aventuró en el jardín con la caja, un mechero de cocina, tijeras y una pequeña vela de cera color marfil.
Se sentó en el césped junto a un sauce joven y al calor del sol dispuso las tres bolsas de plástico en un pequeño círculo ante sus rodillas; recortó por debajo del cierre sellado y depositó aquellos objetos sobre el césped. Observó el tono rubio ceniza del mechón, el granate amarronado de la piel seca y el marrón oscuro pegado a la celulosa del pañal antes de encender la vela, luego desprendió un jirón de tierra y lo dejó a un lado, en el hueco descubierto introdujo todo menos las bolsas de plástico y acercó el mechero encendido hasta que vio la llama lamer el cabello con un pequeño chasquido. Un humo espeso ascendió verticalmente impregnando el aire y sus pulmones de una mezcla de cabello quemado y recuerdos agridulces. Cuando al cabo de veinte minutos se aseguró de que todo eran cenizas volvió a colocar el trozo de tierra en su lugar y cerró los ojos ofreciendo su cara al sol. Vio una cara regordeta esbozando una sonrisa entre sus pupilas y los párpados cerrados, una cara sonrosada y feliz, y al mismo tiempo que una suave brisa le rozaba la mejilla con la delicadeza de unos labios húmedos y finos la imagen se desvaneció dejando en su interior la aceptación y el sosiego que tanto necesitaba. Dejó reposar la mano en el césped aún caliente y permaneció en silencio bajo el sol.

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Ya que estamos en San Valentín (bueno, ya ha pasado, pero aun así...) os dejo la reseña de esta comedia romántica de la temporada pasada, por si alguna parejita rezagada quiere recuperar el tiempo perdido.

Bueno, lo admito, si me decidí a ver esta película fue por el reparto... y es que razones ofrece, y a pares. Dicho esto, no esperaba mucho de la película y quizá por eso no me haya defraudado en absoluto.

La película recorre todos los lugares comunes de las relaciones de pareja, intenta dar la vuelta al tópico cayendo en el tópico para terminar otra vez en el tópico. En otras palabras, una película previsible hasta en el más mínimo giro de su guión.

Ahora bien, a pesar de todo, resulta una película simpática, sin muchas pretensiones y con algunos diálogos y situaciones interesantes. Algo larga para el producto que es, pero a pesar de eso no llega a hacerse pesada, es entretenida. Los incisos que abren cada una de las situaciones que refleja la película muy posiblemente sean los mejores momentos, aunque al tener formato de monólogo y ser completamente accesorios a la trama sería para colgar al guionista si no fuesen buenos.

Por todo lo demás, pues otra comedia romántica al uso con pretensiones de análisis sociológico desenfadado, pero que no llega ni tan siquiera hurgar en la superficie, aunque dudo que nadie se lo vaya a pedir, divertida, entretenida y amena, por todo lo demás prescindible y previsible, pero para pasar un buen rato no está nada mal.

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Carlos prendió un pitillo. Tuvo que cobijarse de la suave brisa con el cuello de la camisa. Era verano, pero aquella era una noche fresca. Pese a que el día había sido caluroso, el intenso bochorno también había sido el primer presagio de tormenta. Ni una sola estrella asomaba en el cielo. Sólo el resplandor atenuado de la luna llena conseguía travesar las nubes más finas. Aquella brisa, helada, racheada, tampoco representaba un buen augurio. Un destello fulminante rompió la oscuridad. Antes de que el trueno retumbara en los oídos de Carlos, las primeras gotas ya habían acudido a besar el suelo. Maldijo no poder fumar en el interior del hospital.

Cuando el enfermero iba por la tercera calada, la lluvia ya componía una cortina opaca. Y fue debajo de ese porche, mientras intentaba ver a través de un muro de reflejos claroscuros, cuando se preguntó por primera vez... “¿realmente siempre había sido así?”

Después de otras tres caladas ya había obtenido una respuesta sincera. Una sonrisa que bailaba entre la ironía y la amargura se dibujó en sus labios. Tiró el medio cigarrillo que aún le quedaba por fumar, en su sonrisa sólo quedaban restos de ironía. Lo observó durante un instante, mientras se consumía, antes de apagarlo de un pisotón. Luego dio la vuelta y volvió a meterse dentro del hospital.

Una vez en el vestíbulo se detuvo frente a la máquina de refrescos. Introdujo un euro y medio y pulsó el botón retroiluminado adornado con el logo de la Coca-Cola. La máquina se revolvió en un sonido mecánico, hueco. Después, una lata se precipitó con estrépito hasta la bandeja. El sepulcral silencio se había roto.

Con la lata de refresco en su mano izquierda subió hasta la tercera planta, por las escaleras. Mientras subía con paso farragoso pensó en las letras que aún le quedaban por pagar de su utilitario. También pensó que había sido una mala compra. Ya en la tercera planta, cruzó la puerta que daba acceso al pasillo de las habitaciones. La cerró con cuidado. Con parsimonia empezó a deambular por él. Mentalmente iba anotando el número de habitación que iba dejando atrás: “Trescientos uno, trescientos dos, trescientos tres...”. Antes de llegar a la trescientos cuatro vio como una enfermera salía de una de las últimas habitaciones. Al cruzarse le saludó, le sonrió, le preguntó por Marta, su mujer, coqueteó y le deseó que la guardia nocturna le fuese leve. Él le devolvió la sonrisa y se despidieron . Carlos siguió con su lento caminar: “Trescientos cuatro... trescientos cinco.” Ahí dejó de contar, detuvo su andar, luego empujó levemente la puerta y entró.

La 305 era una habitación doble, pero esa noche sólo había un paciente. El enfermero se acercó a la cama, recogió el informe y lo ojeó. “Juan García. Intervenido en el sistema digestivo. Reducción de estómago. Prescripción: Morfina mientras permanezca sedado y remiten los efectos de la anestesia”.

Carlos dejó los documentos otra vez en su sitio. Luego se acercó al paciente, puso la boca cerca del oído del convaleciente y susurró. “Con qué morfina... supongo que eso significa que te puede doler pese a ser un osito dormilón, ¿no?”. Volvió a incorporarse y acercó su mano al cierre. Sin dejar de mirarle apuntilló: “Eso deberíamos comprobarlo... ¿no crees?”

El sistema de goteo cesó. Carlos se sentó en la cama vecina, vacía. Mientras las últimas gotas de analgésico fluían por el organismo de Juan, abrió la lata. Con los primeros estertores de silencioso dolor dio el primer sorbo. Cuando los primeros gemidos ahogados empezaron a sonar, Carlos no pudo reprimir el gesto de alzar la Coca-cola y esgrimir un tenue: “A tu salud”. Luego su mente volvió a ese utilitario, en esos momentos ya no le parecía una compra tan mala.

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Otro LipDub

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Y para terminar de amenizar este fin de semana de carnavales, os dejo un LipDub que aún no había publicado:



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Libro solidario en favor de Haití

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Bueno, ya está terminado. Y es que si hace un tiempo os hablé de esta iniciativa a día de hoy ya se ha materializado.

El libro benéfico en favor de las víctimas del terremoto de Haití ya se puede adquirir en bubok y librovirtual (y a diferencia de la iniciativa Navideña, en este sí que he tenido tiempo para aportar mi granito de arena).


Existe una versión en color (ya que no sólo han colaborado escritorzuelos y también se han animado fotógrafos e ilustradores) y otra en blanco y negro. También podéis darle una ojeada al libro íntegro de modo gratuito o, si lo preferís, hacer simplemente una donación.

Lo que digo siempre, poco importa el motivo que os mueva a aportar vuestra pequeña ayuda y es que cualquiera será bien recibida.

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Escondidos en Brujas

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Una película que mezcla realmente bien el drama con la comedia. O al menos lo hace en las tres primeras cuartas partes de la película. Porque por desgracia el final empaña una película que hubiese podido ser muy buena.

La historia de una pareja de asesinos en busca de la redención mientras esperan otro encargo en Brujas consigue hacerte reír, sonreír e incluso llegarte a creer por momentos a los personajes, cuyo único problema es que parecen demasiado humanos, demasiado buenos para ser asesinos a sueldo. En definitiva, terminan cayendo demasiado simpáticos.

Pero este aspecto es un defecto menor, las interpretaciones, especialmente la de Colin Farrell es excelente. Los diálogos por momentos parecen sacados de una película de Tarantino, pero son más breves y directos, y la película invita a perderte en Brujas, aunque sobre algún momento que parece sacado de una guía turística.

En definitiva, todo ralla a un buen nivel hasta la irrupción del personaje de Fiennes, y no porque éste realice una mala interpretación, sino porque el desenlace no tiene ni pies ni cabeza, realmente parece que los guionistas no sabían cómo terminar la película, y el desenlace es excesivo, esperpéntico, inverosímil y desproporcionado. Un cúmulo de despropósitos de dimensiones bíblicas y el modo perfecto de empañar un trabajo hasta el momento muy sobrio, interesante, aunque algo maniqueo en la presentación de los personajes.

Una película que a pesar de todo resulta muy recomendable, aunque sólo sea para disfrutar de las tres primeras cuartas partes, entretiene, divierte, presenta unos personajes interesantes cuyo único problema es que caen demasiado simpáticos. Ofrece humor y una buena historia además de un guión, excepto su desenlace, muy bien construido.

Una película a la que es difícil darle una nota, porque por desgracia consigue cargarse con su desenlace todo el trabajo tan bien hecho durante el resto de la película, de modo que voy a optar por una media aritmética: 8x0,75 + 0x0,25 = 6.

A pesar de la nota que le queda, una película recomendable.

La publicidad y la empatía

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Mad Men es una serie que trata sobre el boom de las empresas de publicidad en los años 60 en Estados Unidos, concretamente en Nueva York. Una serie, por cierto, muy recomendable y de la que supongo que algún día hablaré con más calma de ella.

Pues bien, el otro día estaba viendo uno de sus episodios cuando presencié la siguiente escena.

(por desgracia la opción de inserción de este vídeo ha sido desactivada, por lo que para verla deberéis seguir el link o pinchar encima de la imagen).

En ella se habla de un recurso usado habitualmente en la publicidad, la creación de un vínculo emocional entre producto y consumidor. El vender una sensación, un deseo más que un objeto.

Recordar este concepto me hizo pensar en alguno de esos anuncios (normalmente tan cuidados como grandilocuentes, todo hay que decirlo) que recurren a ello.

Rápidamente acudieron a mi memoria estos 4, por lo que pensé que sería una buena idea compartirlos con todos vosotros:



"Think different" by Apple



"Impossible is nothing" by Adidas



"A little less hurt" by Nike



Y para terminar, mi favorito, apoyado en un texto Asimov...

... "Fíjate en ti" by BMW



¿Se os ocurre alguno más?

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Entrevista a Miguel Álvarez Torinos

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Con un poco de retraso (ayer internet me hacía el tonto) llega la entrevista al segundo clasificado del XXV concurso de relatos del foro bubok: Miguel Álvarez Torinos.con su relato "El último número del juego de la oca".

Miguel también es el autor de la novela "Los años del fútbol y la vida". Trabajo que podéis descargaros gratuitamente desde bubok.


Danos tres razones para leer "Los años del fútbol y la vida".

¿Tres razones? Bueno, a bote pronto sólo se me ocurre una: si te gusta el fútbol, no lo dudes, leelo. Si no te gusta, no lo leas: es fútbol, fútbol y más fútbol. Si este deporte para ti es un ni fu ni fa, leelo, porque además de fútbol, salen otros aspectos de la vida, pero siempre relacionados, claro está, con el deporte rey. De ahí el título de la novela.

¿Cambiarías cosas o está bien como está? ¿Eres muy crítico con lo que escribes?

No cambiaría nada. Está bien como está. Sí que me gustaría una portada más profesional, para qué nos vamos a engañar.

La veo bien, ha sido bastante leída, unas 185 descargas en formato pdf. He recibido emails de mucha gente diciéndome que les ha gustado. Incluso una vez un periodista argentino, de Buenos Aires, me dijo que la había leído, y me pasó unos cuentos de fútbol en audio, que emiten en un programa radiofónico de allí. Otra vez, una chica, de Canarias, me dijo que muy bien escrita y que había disfrutado leyéndola. "Sigue así, Miguel Ángel", acababa el correo. Yo le dije que no me llamo así, que me llamo Miguel Álvarez. Es curioso, pero mucha gente se confunde con mi nombre.


¿Para cuándo tu próxima novela en Bubok? ¿Puedes decirnos de qué tratará?

Mi próxima novela ya está terminada. Ahora mismo estoy leyéndola, mirando como ha quedado, corrigiéndola a la vez. Una vez corregida, una vez quitados párrafos o frases y añadidos otras y otros, será cuando se pueda publicar. Luego vendrá la maquetación y todo eso. Como muy tarde estará lista para mayo o junio, aunque espero que salga a la luz antes.

Trata de un chico que siempre acude durante el verano al pueblo. En el libro se narran hechos que se viven en las vacaciones, desde el punto de vista de las generaciones nacidas en la ciudad, pero que sus padres y resto de familiares son de pueblo. Esa gente que ha vivido entre dos mundos: el de la realidad urbana del día a día y el de los orígenes familiares, que están en otro lugar distinto y distante. El título -lo avanzo en primicia- será El reposo montaraz, si es que no me lo plagia antes alguien, claro.

¿Piensas que un escritor tiene algún tipo de obligación ética y sus relatos deben suponer una moraleja, es tan sólo tu gusto personal, o coincides en que una historia puede ser buena, muy buena, aunque no se aprenda nada o lo que se aprenda sea una lección de desesperanza?

Hombre, todo el mundo, no sólo los escritores, tiene que tener una ética, unos modales, basados, básicamente, en el respeto a los demás. Luego, a partir de ahí, que cada uno sea libre como le plazca.

No creo, sin embargo, que lo que escriba un autor tenga que tener una moraleja. Eso es algo que decide uno mismo, o el relato o novela te incita a ello según vas escribiendo.

¿Mi gusto personal? Bien, ya lo he dicho, cada uno que escriba lo que quiera. Una historia es buena, sobre todo, si nos gusta. Y si está bien escrita, claro. Quiero decir con esto que para unos será buena y para otros será mala en función de nuestras prioridades.

Y la verdad sea dicha, con toda sinceridad, se lo pasa uno mejor leyendo historias en las que no aprendes nada, aquellas en las que te cuentan aspectos de la vida que conoces, aquellos con los que te puedes sentir identificado.

Conozco tu afición a la obra del autor Julio Llamazares ¿en que medida te dejas influenciar por él? o ¿ha influenciado de alguna manera en tu evolución como autor?

Creo que ha influenciado muy poco en mí como autor a la hora de escribir. Aunque quizá algo, no sabría decirte, la verdad.

Julio Llamazares es un gran escritor: ha sido en dos ocasiones el finalista del Premio Nacional de Literatura. Mi relación con él es más bien la de mis padres y mi familia con él que conmigo. En alguno de sus libros sale el pueblo de mi padre -La Mata de la Bérbula- y el de mi madre -Boñar- y en uno de ellos, en El río del olvido, mi abuelo aparece por una de sus páginas. Una tarde de verano, en la Mata, que está en la montaña de León, mi padre le comentó, delante mío, que ese libro me encantaba y que lo había leído muchas veces. "¡Cómo no le va a gustar, si sale su abuelo!", dijo Julio.

Los libros de Julio Llamazares son auténticos. Quiero decir, muy humanos, muestran con sencillez y buena literatura al mismo tiempo, la vida, la de las montañas y sus pueblos y aldeas generalmente.

¿Piensas que un escritor que nació con talento será siempre mejor que un escritor que nació sin talento, por mucho que este se esfuerce?

Lo del talento es algo bastante peliagudo. Seguro que alguien con talento será mejor que uno que no lo tenga. Pero si el que no lo tiene a simple vista se esfuerza, lee, se fija en esto y lo otro -aprende, en definitiva- y con todo ello progresa y logra buenos resultados, quizá nos encontremos con una persona que tenía maneras pero que no las desarrollaba, esto es, tenía talento pero no sabía ponerlo en el escenario.

Además, en literatura, lo del talento es algo que también tiene que ver bastante con el gusto. No es un hecho irrefutable que uno lo tenga y otro no. Si un escritor escribe bien, pero lo que cuenta en sus obras no nos importa un comino, no veremos con claridad su talento, si es que lo tiene. Por otro lado, si no lo tiene, pero lo que nos cuenta en sus escritos es algo que nos atrae, que casa con nuestra onda, quizá lo sobrevaloremos.

Al final, serán siempre el número de lectores y el éxito cosechado quienes digan más sobre esto.

¿Qué relación tienes con los escritores que nos preceden? ¿Eres de los que quieren romper a toda costa con lo tradición, o bien alabas a nuestros padres y abuelos literatos y te declaras discípulo de autores como Cela, Galdós o Miguel Delibes, por mencionar a unos cuantos?

Ni una cosa ni la otra. No creo que haya que romper con la tradición ni con los escritores consagrados, pero tampoco me opongo a la novedad. Que vayan surgiendo escritores nuevos es algo que siempre pasará, y eso es bueno. ¿Por qué? Porque cada generación de autores escribe desde un punto de vista, el que le viene por la época en la que vive. Es por eso que es interesantísimo leer a Larra o a Emilia Pardo Bazán, a Unamuno, a Miguel Delibes, a Vizcaíno Casas o a Saramago. Se debe leer de todo y de todos para cultivarse, para conocer a unos y a otros, para investigar o apreciar la compleja condición humana.

Y los autores que van saliendo ahora también son interesantísimos. Ya te lo he dicho, porque nos aportan aspectos de años cercanos a los que nos encontramos. Yo, por ejemplo, estoy deseando que salgan escritores de mi época de niñez y sobre todo de adolescencia, para leer sobre aquello que yo he vivido, para ver plasmado en un libro un tiempo diferente a los anteriores a mi conciencia de lo que es el mundo.

Tus textos han sufrido una clara mejora a lo largo de las últimas ediciones, culminando esta semana con un meritorio segundo puesto, ¿qué ha cambiado en tu manera de escribir? ¿Tiene el concurso algo que ver?

Bien, mi manera de escribir no ha cambiado mucho, casi nada, diría yo. Lo que ha cambiado, en el concurso, son las historias que cuento. Hace tiempo que me di cuenta de que lo que contaba en los relatos que presentaba al certamen no interesaban a casi nadie. Eran textos, sobre todo, costumbristas. Entonces decidí dar un giro, pasar a escribir algo más fantasioso. Éste género ha tenido, generalmente, más aceptación. Pensé que lo mejor era abandonar, para el concurso, el tono realista y dar rienda suelta a mi imaginación, es decir, escribir lo que se me ocurriera sin tapujos. No tenía nada que perder, y de momento parece que he acertado.

Creo que eres uno de los más veteranos y, sin embargo, hasta ahora, siempre te movías en la parte baja, ¿alguna vez has pensado en abandonar o crees que, realmente, esto es un taller y aquí se viene a aprender y no a competir?

Nunca he pensado en abandonar, pues el concurso supone ser leído y comentado, y eso es algo muy bonito. Además, aprendes mucho.

Para terminar, eres futbolero declarado y escritor, ¿cómo casan esos dos aspectos de tu vida cuando, a priori, mucha gente los considera dos cosas practicamente opuestas?

Para nada el fútbol y la literatura son opuestos. Qué se lo digan a Jorge Valdano, que ha escrito algo. O el difunto Vázquez Montalbán, que siempre que podía realizaba algunas líneas relacionadas con este deporte y con su Barça. Tengo varios libros de fútbol. Unos son novelas, otros cuentos recopilados. Realizados por escritores de reconocido prestigio.




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SpY

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.Spy es una agrupación de artistas urbanos cuya obra se diferencia un poco de la tendencia habitual. En cierto modo, su manera de entender el arte urbano se acerca a algunas intervenciones de Banksy.

El grueso de su producción nace de la observación de la ciudad y de una apreciación de sus componentes no como elementos inertes sino como una paleta de materiales desbordante de posibilidades. La voluntad de juego, la cuidadosa atención al contexto de cada pieza y una actitud constructiva y no invasiva caracterizan inconfundiblemente sus actuaciones.

Las obras de SpY quieren ser un paréntesis en la inercia autómata del urbanita. Son pellizcos de intención que se esconden en una esquina para quien se quiera dejar sorprender. Cargados a partes iguales de ironía y un humor positivo, aparecen para contagiar una sonrisa, incitar una reflexión, favorecer una conciencia un poco más despierta.

Pero como una imagen vale más a continuación os dejo una muestra de su obra:







Si os apetece ver más no dudés en visitar su página.

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Los intocables de Elliott Ness

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Sólo puedo decir esto, desearía no haber vuelto a ver esta película, desearía haber conservado el buen recuerdo que tenía de ella, y es que no sé porque la recordaba con cariño, como una película entretenida e interesante. Pero nada más lejos de la realidad, no es que haya envejecido mal, es que la película es un esperpento.

La película se toma más licencias que el director de Death Race y A todo gas juntos, el guión avanza a base de golpes, los personajes no tienen ningún interés ni dibujo, planos y acortanodas, a lo máximo que llegan es a escupir frases presuntamente graciosas que por momentos rozan el ridículo, el ritmo es atropellado y la mayoría de situaciones es risible. Da casi pena ver la facilidad con que cambian de opinión los villanos una vez detenidos sobre si les conviene o no confesar y algunas escenas, como la del tiroteo en el puente sólo se podrían considerar geniales si estuviésemos hablando de una comedia.

Ni la música de Ennio Morricone resulta acertada, no porque no sea buena, sino porque es redundante, excesiva, mal aprovechada y desfasada. El desenlace es uno de los mayores esperpentos que recuerdo. La escena del carrito del bebé sólo merece la pena por dar pie a una parodia aún más exagerada de Leslie Nilsen y la persecución final por los tejados... ¿realmente era necesaria? ¿Soy el único que el juicio le parece ridículo? ¿Soy el único que cree que esta película no sólo no tiene contenido alguno sino que además está mal remachada?

La verdad, un truño, una película bochornosa que no se lleva el uno porque De Niro, pese a interpretar un buffón, lo borda y porque Sean, pese a que su parte del guión se basase en frases redundantes, gracietas estúpidas y discursos pseudotrascentales vacuos, consigue dar cierto empaque a su personaje.

Lo dicho, bochornosa, mala hasta decir basta, no soy capaz de entender como puede estar bien considerada, como puede estarlo por gente de más de doce años, se entiende.

El último número del juego de la oca

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Como ya os adelanté, esta semana iba a haber ración doble de relatos bubokeros. Y es que tras ofreceros el relato ganador, "El barbero de Mandaio", ahora toca traeros el segundo clasificado del XXV concurso de relatos del foro bubok, y es que, como os comenté, su autor, Miguel Álvarez Torinos, será nuestro siguiente entrevistado.


EL ÚLTIMO NÚMERO DEL JUEGO DE LA OCA

Pablo tenía ocho años de edad y un hermano, mayor que él, con el que jugaba mucho en el sótano de la casa. Era bajito, de pelo castaño y ojos pequeños, del color del mar. Su hermano, Javier, era como él, pero más alto.

El sótano era cuadrado. Abarcaba todo el bajo de la vivienda. Tenía cuatro ventanucos junto al techo, en un solo lateral, el que daba al jardín. Desde el sótano se veían las hierbas y flores, y los pies de la madre cuando limpiaba las repisas de las ventanas de la cocina y el salón. Desde el jardín, los cuatro ventanucos aparecían a ras de suelo, y tras ellos se adivinaban objetos almacenados en la oscuridad.

Era en las largas tardes de invierno cuando Pablo y su hermano jugaban en el sótano. Lo hacían bajo la luz de una única bombilla -tan vieja como la casa-, sentados en una alfombra, en el suelo. En aquellos bajos se entretenían, principalmente, con juegos de mesa. El Quién es Quién, el Operación y el Parchís eran algunos de ellos. Pero el que más gustaba a Pablo -y, en consecuencia, al que más tiempo dedicaban- era el que está detrás del último mencionado, esto es, el Juego de la Oca.


Se divirtieron mucho con este juego, hasta que un día Javier cambió, se hizo adulto. Comenzó a ir al parque con nuevos amigos, con los que parecía que se lo pasaba muy bien.

Pablo quedó solo. Y solo jugó a la Oca, una tarde sí y otra también, mustio por la huida de su hermano. Como ya no tenía contrincante, siempre ganaba él, ya no encontraba aliciente alguno en aquello, lo cual aumentaba la caída de su ánimo.

En una ocasión, cuando le había salido un dos en el dado y con este número había metido la última ficha en la última casilla, las ocas que en ella estaban comenzaron a hablarle. Pero no le dijeron nada bonito ni le dedicaron palabras amables. Ni siquiera le preguntaron su nombre -seguramente porque ya lo sabían-. Lo que hicieron fue burlase de él y de su soledad. De lo patético que era que tuviera que jugar solo.

De todas formas, las ocas del último número le invitaron a adentrarse en él, en su viñeta. Pablo preguntó cómo hacía eso. Las aves le dijeron que debía poner el dedo índice de su mano derecha sobre aquel número -que es el sesenta y tres- y cerrar los ojos. Eso hizo Pablo, y de esta manera se halló en el dibujo.

Cuando abrió los ojos, tenía ante sí el escenario de la viñeta, pero ampliado. Podía ver lo que no había visto nunca antes. Aparte de lo ya conocido, que eran el estanque donde las ocas nadaban y un monumento de piedra blanca pegado a una de sus orillas -parecido al del Parque del Retiro-, también podía observar lo que había a los extremos del dibujo, es decir, el resto del parque no conocido. Éste era rectangular y no muy grande, y estaba delimitado, por sus cuatro costados, por casetas como las de la Feria del Libro.

Pero allí no había feria alguna, ni escritores ni libros ni nada parecido. Todo estaba en calma, hasta que unas ondas de sonido, del color del agua, volando a metro y medio del suelo, fueron a impactar en los oídos de Pablo. Escuchó alegres voces de gentes, ruidos de pies corriendo y el de una pelota botando. Giró la cabeza hacia la derecha. Observó como allí había una serie de personas dando patadas a un balón. Una de ellas era su hermano Javier. El resto eran personajes de las casillas del juego. Allí estaban los turistas de la número siete, el hombre del esmoquin de la once, el personaje del oeste de la veinticuatro, el gaitero de la treinta y cuatro, el guitarrista de la cuarenta y ocho y hasta el hombre gordo y rico del puro de la cincuenta y cinco. También había niñas, como la bailarina del número cuatro o la de la bicicleta del dieciséis. Y algunos deportistas, como el motociclista del dos o el ciclista del cuarenta y siete. También estaba el torero del treinta y tres, con el traje de luces puesto y todo. Hasta la calavera del cincuenta y ocho intentaba llevarse el balón como podía.

Pablo fue hasta Javier y el partido se detuvo. Javier no pareció sorprenderse ni nada. Sonriendo le dijo a su hermano que todos esos eran sus amigos. Pablo no supo qué decir, desconcertado como estaba. Los personajes también sonreían. Le invitaron a jugar con ellos, pero no quiso. Se hizo a un lado y dejó que continuaran con el partido.

Se sentó en el borde del estanque, que era un muro de apenas cuarenta centímetros. Mientras miraba la contienda, todos tan felices, observó como su corazón estaba en el suelo. Pensó que seguramente se le había caído porque ya no lo necesitaba. Lo recogió y lo tiró al agua. Ésta comenzó a ponerse del color de la sangre. En cuestión de segundos, todo el estanque era de ese color.

Luego todos oyeron unas voces. Era el posadero desde una de las casetas, indicando que la merienda ya estaba lista. Abrió una trampilla del suelo y se metió por unas escaleras que bajaban. Los personajes se fueron a las casetas, cada uno a una. E hicieron lo mismo que había hecho el posadero: bajar por unas escaleras. Iban a sus hogares a ducharse antes de merendar.

Los dos hermanos entraron en la posada. Allí iban a esperar a los demás. El posadero salió de la cocina a hablar con ellos. Pablo no le prestó atención y comenzó a curiosear, hasta llegar a la cocina. En ella había una gran cacerola con chocolate, y a su lado muchas pastas. Detrás de la cocina había un almacén pequeño. De una balda cogió Pablo matarratas. El posadero lo utilizaría, seguramente, para las ratas de la prisión de la casilla cincuenta y dos.

Pablo volvió a la cocina. Como no había nadie, aprovechó y echó parte del matarratas en el chocolate. El resto se lo guardó.

El veneno hizo efecto enseguida. Nada más merendar, todos murieron, incluido Javier. Entonces Pablo fue subiendo los cadáveres al parque con una fuerza que no sabía de dónde le salía.

Lanzó al estanque rojo el fiambre del hombre del esmoquin, y su agua se tornó negra. Luego tiró el del guitarrista. El agua no cambió de color, pero al chocar las pequeñas olas contra las orillas se oían ruidos de rock. Seguidamente, tiró al estanque el cuerpo del torero, y el agua volvió a ponerse roja. Luego lanzó el del posadero, y el líquido se puso del color del chocolate. Pablo no sabía la razón por la cual le sucedía eso al agua, pero se entretenía mucho.

Hasta que las ocas, que habían asistido impasibles al espectáculo, le avisaron de que su madre le llamaba. Le indicaron que, si quería volver al sótano, debía apretar fuertemente con las dos manos la cabeza de la estatua de una oca que allí había y cerrar los ojos, todo al mismo tiempo.

De repente, se encontraba de nuevo en el sótano. Su madre, desde arriba, se asomó a la puerta. Le dijo que la cena ya estaba lista, pero que antes de sentarse a la mesa debía pasar por la bañera, que ésta ya estaba llena, y así haría tiempo mientras Javier volvía del parque, que se estaba retrasando, y eso no era normal.

Pablo ascendió las escaleras sin rechistar, callado, portando en una mano el matarratas que se había traído del último número del Juego de la Oca.

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74 millones de Euros por "El hombre que camina I"

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Sé que la noticia que hoy traigo quizá no encaje del todo en la temática del blog, pero como es arte, es actualidad y seguramente se habrá enterado todo el mundo, creo que no puedo obviarla:

Hoy se ha batido el récord en una subasta por una pieza de arte. El hombre que camina I de Giacometti ha superado el precio alcanzado por la obra de Picasso, "El muchacho con pipa", estableciendo así un nuevo máximo: 104 millones de dolares (al cambio unos 74 millones de euros).



'L'Homme qui marche' pertenece a su etapa de madurez y representa el punto culminante de la experimentación del escultor suizo con la figura humana. La obra debía ser parte de un proyecto público encargado a Giacometti para la Chase Manhattan Plaza neoyorquina.

El artista creó entonces varias esculturas, de las que sólo unas pocas subsisten: Entre ellas, 'L'Homme qui marche' I y II. Al darse cuenta de que tardaría muchos años en llevar a cabo el proyecto, Giacometti terminó abandonándolo. Sin embargo, aquella escultura se convirtió en una obra icónica por derecho propio.

El bronce, de 1,83 metros de altura, había sido valorado en catálogo entre 12 y 18 millones de libras. Se ha vendido un precio que triplica su estimación más optimista.

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Impresionante TimeLapse sobre Vancouver

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Hoy os traigo un vídeo realmente espectacular. Se trata de un TimeLapse, es decir, un vídeo construido a base de unir instántaneas de un mismo emplazamiento tomadas cada cierto espacio de tiempo, sobre la ciudad de Vancouver.

En él se pueden apreciar efectos alucinantes como la niebla cubriendo la ciudad como si del oleaje marino se tratase, barcos deslizándose sobre el agua como si estuviesen resbalando por encima del hielo, días a los que les sucede la noche y noches que se vuelven día en un suspiro. El frenético ritmo del tráfico capturado en un sinfin de destellos y la rutina diaría plasmada en el conjunto de ventanas, con sus respectivas oficinas y habitaciones detrás, que se iluminan y oscurecen con el paso de los segundos.

Una delicia que no se puede describir con palabras o, al menos, no merece la pena hacerlo:




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El barbero de Mandaio

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El relato ganador del último certamen de usuarios del foro bubok. En esta edición el tema eran los asesinos y esta vez, la autora del relato no será la protagonista de nuestra siguiente entrevista ¿Por qué? Pues porque no es otra que Mónica Vázquez Boado, que repite galardón después de que hubiese ganado el certamen cuya temática eran los niños, con el texto: "La niña que casi conoció a Koji Kabuto" y de la que podéis descargaros gratuitamente su novela: "Días de humo".

Quien quiera leer su entrevista puede pasarse por aquí, mientras, ya os adelantó que en esta certamen va a haber ración doble, ya que el entrevistado pasará a ser el segundo clasificado, Miguelmig, del que ya habrá tiempo para hablar de su relato.



EL BARBERO DE MANDAIO

Abrió la puerta de madera y sintió el frío como si se le metiese por cuanto agujero encontraba. Apenas había amanecido y ya podía adivinarse que sería un día gris como tantos; quizá, con suerte, no llovería demasiado.

Se asomó al camino. No había un alma. Enfrente, el edificio de la estación: una casa baja dividida entre la taquilla y la cantina: De allí salía una pareja de guardias civiles con los tricornios encasquetados y los fusiles a la espalda, cañón en alto, colgando de la cincha. Los saludó levantando la mano. Supuso que los dos tipos echarían a andar, pero no fue así; se acercaron a paso lento.

– Buenos días, Ramiro. Empiezas a afeitar temprano...
– No, señor, no; hay mucho que hacer antes de ponerse con eso.
– Claro, claro... ¿Y qué? ¿Qué se cuenta por aquí?

Ramiro sabía qué buscaban. Aquellos hijos de puta querían saber si alguien se había ido de la lengua allí dentro. Querían saber si había afeitado a algún rojo que ellos hubiesen pasado por alto. Suponían, no entendía por qué, que el oficio de barbero era una puerta a posibilidades delatoras.


– Poca cosa.

Nunca lo había hecho. Nunca había delatado a nadie. No se tenía por un modelo de rectitud moral, eso era cierto, pero ser chivato entraba dentro de lo honorable; y eso, decía siempre, era harina de otro costal. De todos modos, ellos seguían viniendo. A afeitarse y a tantearlo, metiéndole el miedo en el cuerpo con aquellos tricornios que parecían la metáfora de un paredón.

– Poca cosa, ya... Como siempre... -Ramiro asintió con la cabeza, sosteniendo la mirada un instante; el suficiente para hacer creíble su silencio sin caer en la insolencia- Bueno, entonces nos vamos. Aún nos queda una hora hasta el relevo -sacó del bolsillo de la casaca un cigarro de picadura-. Por cierto, hoy seguro que tienes trabajo: nos han dicho en la cantina que el tren de Madrid viene lleno.
– No se crea -Ramiro se encogió de hombros-. Al final, aquí no se baja nadie. Y si se baja alguno, ya viene afeitado de la capital.
– No, si el caso es quejarse -dijo el guardia civil antes de encender el cigarrillo.
– No, señor, no me quejo. A dios gracias no me falta el pan que llevarme a la boca.
– Entonces ya tienes más de lo que te mereces.

El guardia rió su propia gracia, coreado por el compañero. Ramiro no dijo nada. Se clavó los dientes en la lengua para no hacerlo.

– Nos vamos pues. Mantén los ojos abiertos, que uno nunca sabe con qué puede encontrarse...

Se dieron media vuelta y, con idéntico paso, se alejaron por la derecha. Al llegar al recodo, antes de ver cómo desaparecían, Ramiro entró en casa.
En la cocina, cogió un pedazo de tocino y un trozo de pan, y se sentó en una banqueta de madera. Adela escurría el suero de un queso, envolviéndolo en un paño de lino y presionándolo ligeramente con la palmas de la mano.

– Era Pacheco, ¿no? -Ramiro asintió- ¿Y qué quería?
– Nada. Lo de siempre.
– ¿Y tú qué le has contestado? Lo de siempre también, ¿no?
– No empieces...
– Sabes que nos sacaríamos un buen puñado de reales.
– He dicho que no.
– Con todo lo que sabes de la gente de la aldea, seguro que te tratarían bien...
– Adela, ya te lo he dicho: no voy a delatar a nadie.
– Muy bien -agitó el queso con violencia entre las manos, pasándolo rápido de una palma a otra, como si lo fustigara-. Pues un día me voy a hartar de esta vida miserable que me has dado y yo misma hablaré con ellos.
– Te moleré a palos.
– Sabes que no.

La salvaba que la quería. No sabía muy bien por qué pero aquella hembra mala, aquella mala hierba de savia retorcida, le había robado el sentido desde la primera vez que la vio, nueve años atrás, luciendo palmito en aquella verbena. Por eso no la molía a palos allí mismo.

A media mañana, poco después de que el tren de Madrid hiciese parada, alguien llamó a la puerta. Ramiro dejó de apilar leña en la cocina y salió a abrir. Cuando vio al forastero -o eso le pareció por la ropa que llevaba-, se sacudió las manos contra las perneras del pantalón.

– ¿Qué se le ofrece? -dijo.
– ¿No me conoces, Ramiro?

El barbero se acercó más a la puerta. Todavía un paso más para ver de cerca los rasgos de aquel tipo que, ahora, sonreía divertido. Se dio cuenta de que sí, de que había algo en aquel fulano que le resultaba familiar, pero por más vueltas que le dio no consiguió saber de quién se trataba.

– Soy Evaristo, de la casa de Lucío.

Ramiro abrió tanto los ojos que no hizo falta que dijese en alto que no se lo podía creer. Después, le dio un abrazo sonoro, de esos que se acompañan con palmadas a la espalda en un in crecendo entusiasta.

Evaristo se había marchado de Probaos, una parroquia cercana a Mandaio, hacía diez años, con los dieciocho recién cumplidos. Como tantos, se embarcó a las Américas buscando el pan que en casa faltaba. En todo ese tiempo, Ramiro apenas había sabido de él que seguía vivo; poco más. Se decía que Evaristo pertenecía a ese grupo de emigrantes que, de volver, lo harían con los bolsillos llenos, sin arrastrar el halo de fracaso de los que volvían sólo con lo puesto. Se decía, era cierto, pero Ramiro había aprendido a hacer poco caso a las habladurías.

Sentados a la mesa de la cocina y bebiendo vino, Evaristo contó aquellos años fuera de casa, pasando por encima de las penurias, recreándose en las alegrías y, cuando Adela los dejó solos, en los tejemanejes de su entrepierna por tierras brasileñas. Ramiro escuchó, complacido en un principio e inquieto al final. Se revolvía en su asiento al notar que, sin poder evitarlo, se iba llenando de envidia con tanta rapidez que estuvo seguro de que, en cualquier momento, iba a salírsele por los ojos. Así que antes de ser descubierto envidiando, se levantó de la mesa en mitad de frase ajena:

– Bueno, vamos entonces. Tienes que estar presentable...
– Sí. Apareciendo de sorpresa y con estas pintas, no me va a conocer ni mi madre. Me van a correr a pedradas.

Le embadurnó la cara con jabón y, con las yemas mojadas, masajeó la barba hasta hacer espuma. Evaristo seguía hablando.

– Créeme, Ramiro: si me la traigo, no vas a creerte que haya hembras así.

El barbero, afilando la navaja en la cinta de cuero, volvió a odiar a aquellos retornados que se pavoneaban en las tabernas, acaparando las conversaciones con historias imposibles de rebatir e imposibles de superar. Aquellos que presumían de esposa, de casa, de traje. Aquellos que, por comparación, hacían su propia vida más miserable todavía.

– ...así que lo llevo todo metido en la maleta. Me la he jugado, lo sé, pero no me atrevía a dejarlo en ningún sitio.

Al oír aquello, Ramiro se detuvo. Miró a Adela que, en ese momento, entraba en la habitación con un quinqué. De pronto, el aire se volvió denso y caliente, como si el infierno hubiese bostezado, y una tormenta descargó en el mismísimo tejado de la casa. Evaristo dio un salto con el primer trueno.

– ¡Dios! No me acordaba de cómo eran las tormentas aquí...

Ramiro empezó a rasurar despacio, arrastrando la cuchilla con la presión justa sobre la carne.

– ¿Pero qué llevas en la maleta? -preguntó.
– Ya te lo he dicho: todo. El dinero y las joyas -Ramiro detuvo la navaja a la altura del lóbulo de la oreja. Evaristo, sin saber muy bien por qué, se revolvió nervioso- No parece de listos decirle esto a alguien que tiene una navaja, ¿verdad?

Y fue Adela quien respondió:

– No, no es muy inteligente.

Ramiro separó la navaja, limpiándola en el paño que tenía colgando del brazo. Desvió la vista hacia la ventana en el instante en el que un relámpago partía el mundo por la mitad. Cuando volvió la vista al paño, su mujer estaba cerca, a solo un metro de la espalda de Evaristo. La miró a los ojos y el trueno restalló tan cerca, tan encima, que parecía salir de las pupilas de Adela. Y antes de volver a poner la navaja en el cuello, estuvo seguro de verla sonreír.

Evaristo temblaba. Ya no había aire. Y al abrir la boca para respirar, Ramiro estuvo seguro de escuchar a Adela decir: “Hazlo”.

Le segó la garganta despacio, incrustando con fuerza la hoja en la carne, sajando los tendones y la tráquea al paso de la cuchilla. Evaristo, con el gesto desencajado, se aferró a la garganta con ambas manos, haciendo que la sangre se le escurriera entre los dedos, levantándose y tratando de correr hasta caerse como un fardo en el suelo, agonizando entre espasmos.

El silencio. Durante segundos en los que la sorpresa no dejó sitio a la culpa, sólo hubo silencio. Y antes de que Ramiro se diese cuenta de qué había ocurrido, Adela ya había cerrado la puerta de casa y estaba cerrando la ventana de aquella sala. La vio ir y venir con baldes de agua y paños, y remangarse para limpiar la sangre antes de que el suelo la chupase toda haciendo difícil disimular el color.

¿De dónde había salido aquella mujer?, pensó. ¿Del infierno? Pero despegado de una realidad que le costaba asumir, se abandonó a la comodidad de obedecer sus órdenes.

Dos horas después, todo estaba limpio. Evaristo descansaba enterrado en las cuadras (“las vacas pisarán la tierra; con ellas no hay problema: no escarvan”). Ellos miraban la maleta encima de la cama. Adela la abrió con el ansia del ladrón.

Sólo ropa.

Durante un largo rato, ninguno dijo nada. Por fin, la mujer cerró la maleta y la guardó bajo la cama diciendo:

– La quemaremos en la lareira. Y nosotros, a seguir viviendo como ratas.

Y salió de la habitación.

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Vicky Cristina Barcelona

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Ahora que está en boca de todos la polémica ley del cine en catalán, cuelgo esta crítica realizada el año pasado que en cierto modo ejemplifica mi opinión.

Antes de nada decirle que no lo conozco, y lo lamento profundamente, porque hoy gracias a usted he podido disfrutar de una traducción precisa y académica, con gran esmero en el uso de la palabra exacta, con un cuidado fuera de lo común en la construcción de la sonoridad de las frases. Gracias a usted he podido apreciar el placer del uso de la más correcta gramática y es por eso que le quiero hacer un regalo y por eso preciso de su dirección para poder mandárselo.

No se preocupe si el mensajero llega con las manos vacías, mientras sea negro y muy grande ya sabrá que es mi obsequio, y es que quiero con toda el alma que experimente la misma sensación que he experimentado yo de un modo completamente físico e íntimo, quiero que sienta del modo más intenso posible lo que es que alguien le dé por el culo. Porque eso es lo que ha conseguido usted con su grandilocuencia, artificiosidad, neutralidad y busca de lo absolutamente correcto en cada una de sus frases. Y tranquilo que lo recibirá cómodamente en su casa para que no tenga que molestarse en descubrir como habla la gente de a pie.

Con mucho cariño, que le den pol culo y a la mierda.






Respecto a la película decir que es del Woody bueno, es decir, del que a mí no me gusta. Voz en off cargante, diálogos extensos anodinos y sin gracia alguna, o al menos a mi no me la hace, ritmo capaz de dormir un yonqui con sobredosis de éxtasis y cocaína y una bonita factura para divagar un poco en la nada, vamos, que no me ha gustado, aunque tampoco me hagáis mucho caso porque como ya he dicho he visto la película con un enano académico dándome por detrás.


P.D. Sí, he visto la película en catalán, o al menos en algo que pretendía parecérsele.
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