Eva

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¿Dónde está la ciencia ficción? (5)


Como sucede con tantas otras películas, a EVA el tráiler no le hace ningún favor. Acudes a la sala con la idea de ver otra película de ciencia ficción donde la acción tendrá un peso importante, además de sugerirte que en ella se van a abordar cuestiones clásicas en los relatos de robots… cuando en realidad EVA no ofrece ni una cosa ni la otra.

La historia que se nos cuenta en esta película es ante todo una historia de personajes que se aman, de sus motivaciones, de sus decisiones pasadas, de sus convicciones y de cómo van a encarar el futuro. La ciencia ficción en este caso no deja de ser un elemento accesorio, el pretexto sobre el que levantar la trama. Pero la base de la historia en sí misma hubiese podido funcionar del mismo modo estando ambientada en una aldea del medievo, en una gran metrópolis moderna o en un pequeño pueblo de provincias.

Los protagonistas son Álex y Lana. La historia que hubo entre ellos alimenta todas las tensiones e interrogantes que te mantienen atento a la pantalla. Eva y el proyecto actúan como nexo necesario entre ambos, pero cuando termina la película te das cuenta de que sólo representan eso: un bonito pretexto, tan necesario como intercambiable.

Es por eso que la película deja un sabor agridulce. En primer lugar, porque no te encuentras con lo que te han vendido y, en segundo lugar, porque pese a ser una película que logra mantener el interés, la verdad es que la historia de Álex y Eva no parece suficiente como para dedicarle otra película. En otras palabras, nos encontramos ante una historia muy convencional, tópica y previsible de una pareja que se encuentra años después dentro de un marco llamativo y novedoso.

Pero en una película de ciencia ficción, la ambientación, los planteamientos y conceptos que se sugieren no pueden ser mero atrezzo, lo que convierte a EVA en una película vulgar, que se deja ver, pero que no atrapa ni ofrece grandes motivos para recomendarla.

Creo que leí aquí que esta película es un cruce agradable entre “Beautiful Girls” y “AI”, en mi opinión no llega ni a arañar la riqueza e intensidad de la primera parte de la película de Spielberg ni llega a la sutileza y sensibilidad de la película de Demme. Es simplemente un producto fácil de digerir, entretenido, que trata de disfrazar lo convencional situándolo en otro género y contexto, pero al final el tiro le sale por la culata dando como resultado una película fallida.

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Perfect Blue

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Un puzzle redondo (8).

Tras el pequeño fiasco que me lleve con Paprika prometí darle otra oportunidad a este director, de modo que me decidí por su opera prima, Perfect Blue, y a diferencia de su otro trabajo esta sí me parece una historia redonda, o al menos más accesible y confusa en su justa medida como para que el espectador quede atrapado en la compleja trama que se mezcla a través de 3 realidades distintas de una forma magnífica.

La verdad es que en este film Kon consigue una perfecta mezcla entre el estado de confusión y fantasía de la protagonista, su propía realidad vital y además juega de una forma muy acertada con la excusa del papel de la protagonista como actriz en una serie, la mayor linealidad de la historia consigue que a pesar de las diferentes inserciones entre realidades el espectador no se pierda. Además la trama crece en intensidad de modo paulatino, tejiendo una teleraña de la que es imposible escapar, además, en este trabajo no hay elementos supérfluos o vanales que distraigan al espectador y la guinda la pone el desenlace, que pese algunas licencias es sólido, creíble, coherente y sorprendente.

En definitiva, una película sumamente recomendable, breve, directa, interesante y desafiante, un puzzle que se contruye poco a poco, sin fisuras, con una historia tan compleja, bien construida y planteada que para sí quisiesen muchas grandes producciones con protagonistas de carne y hueso, hecho que me hace plantear esta obra que esta obra bien podría considerarse, en cierta medida, un buen aperitivo al universo de Lynch. Una obra cuyo único defecto lo encontramos en una animación que no está, ni de lejos, a la altura de la historia, pero que termina convirtiéndose en un defecto menor en comparación con todo lo que ofrece.

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Una limpiadora destruye una obra valorada en 800.000 euros

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Éste fue el titular que usaron la mayoría de periódicos para hacerse eco de la noticia. Sucedió en el museo Ostwald de Dortmund y la mujer se defendió argumentando que creía que se trataba de una escalera o andamio utilizado para reparar alguna gotera.

En la siguiente imagen, podemos ver la obra antes de la destrucción. Un conjunto escultórico que consistía en una serie de tablones de madera salpicados con manchas de cal y yeso y un barreño que descansaba a sus pies.



Pero, más allá que para poner de manifiesto la irreparable pérdida, la noticia sirve para reabrir un viejo debate entorno al arte contemporáneo y su valor o, mejor dicho, la aparente arbitrariedad con la que los críticos atribuyen un valor a estas obras. Unas cifras que el ciudadano de a pie no alcanza a comprender y un tema en el que incluso críticos reputados no se ponen de acuerdo.

Y es que es normal que viendo la sencillez de según que obras, que el visitante que acuda a estos museos le cueste entender su valor, incluso conociendo la intención, significado y contexto en que fueron realizadas.

Lo que sirve para alimentar la otra parte del debate, esa en la que se debe tener en cuenta que las generalizaciones sobre la concepción que se tiene sobre el arte contemporáneo nos invita a pensar en que todo es un fraude, cuando lo cierto es que autores como Chillida y su obra, también es considerado arte contemporáneo.

Así que una breve reflexión sobre el asunto pronto abre cuestiones como: ¿es el arte contemporáneo un arte pensado para estudiosos y entendidos o dirigido más bien a mentes con tendencias elitistas y sibaritas? ¿los críticos y las galerias más reputadas son una herramienta al servicio de la búsqueda de obras con auténtico valor artístico o, como las agencias de calificación en el ámbito financiero, solo sirven para establecer valores ficticios de mercado que alimentan un gran negocio? ¿El arte contemporáneo es un fraude al servicio del ánimo de lucro de unos pocos o es una fuente de respuestas e innovación capaz de influir realmente en las nuevas tendencias y diseños?

Supongo que como siempre, en el término medio encontraríamos la respuesta a la mayoría de esas cuestiones... sin embargo, tengo la sensación que la mayoría de gente seguirá mirando con cierto recelo las nuevas tendencias artísticas, mientras elogia ciertos diseños que seguramente no hubiesen sido posibles sin el precedente artístico. Y para tratar de ilustrar esta última afirmación, voy a lanzar una última pregunta: ¿hubiese sido posible Custo sin Miró?

¿Vosotros que opináis sobre este asunto?

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Azul casi transparente

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Mi última lectura es esta obra de Murakami, aunque no del más conocido, Haruki, sino de un autor con menos renombre y repercusión, al menos a día de hoy y en el mercado occidental: Ryu Murakami. Sin embargo, después de haber leído varias obras de Haruki, entre ellas Tokio Blues y Kafka en la orilla, puedo afirmar, sin dudar demasiado, que Ryu es un autor bastante más estimulante que Haruki, aunque también es cierto que su obra no se puede considerar precisamente mainstream.

De este modo, en “Azul casi transparente” nos encontramos la historia, o mejor dicho, un pequeño nicho de vivencias, de un grupo de jóvenes japoneses que viven cerca de una base militar estadounidense en los años 70. Las fiestas, el consumo de drogas y el sexo ausente de tabúes es sobre lo que se apoya la novela, para terminar desarrollando un discurso sutil y algo más rico de que lo que a priori deja entrever.

Y es que la primera mitad de este libro puede llegar a parecer una sucesión gratuita de descripciones explícitas de las prácticas que llevan a cabo ese grupo de jóvenes a la deriva. La ausencia de un hilo conductor, de una trama que te guie a través de las diferentes escenas hace que durante muchas páginas seas el mero espectador de una novela que parece que no pretende llevarte a ningún sitio. Escrita más con voluntad de provocar y escandalizar que de contarte una historia o desarrollar un discurso.

Y lo cierto es que nada cambia a lo largo de las escasas ciento cincuenta páginas que componen el libro. Realmente, lo único que hay es ese fragmento de la vida de unos jóvenes perdidos. Descripciones explícitas, sin edulcorante alguno, de situaciones cada vez más duras. Pero es precisamente en esta cadencia, en el aumento de la crudeza de las vivencias de los protagonistas donde, de repente, aparece el mensaje de la novela.

Al acercarte al final observas como los personajes viven con la misma intensidad una orgía que el intento de suicidio de uno de sus compañeros. La pasividad con que reaccionan a la paliza que propina uno de ellos a su pareja, sólo es comparable a la gratuidad e indiferencia con que casi perpetran una violación. La sorpresa, sin embargo, aparece ante los planes de futuro a medio plazo de una de ellos. El futuro parece que es algo que no les concierne.

El libro poco a poco traduce todas esas escenas de gran intensidad y violencia en la absoluta abulia, anestesia y apatía con la que los personajes responden a esos estímulos. La muerte de una polilla aplastada se describe con la misma frialdad que un intento de suicidio. Las drogas pasan de ser la causa de ese estado de ensoñación permanente, a dibujarse como el camino de huida de una serie de personajes sin grandes aspiraciones ni expectativas en la vida. Personajes que llegan a un punto, donde la búsqueda del placer inmediato ya no les hace sentir vivos y que terminan refugiándose en esa espiral autodestructiva para volver a sentirse ellos mismos, cerrando otra vez el círculo en el que se mueve todo la novela: ese extraño equilibrio entre el placer que te aletarga y el dolor que te despierta.

8/10

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Como ver todo lo que somos reflejado en un espejo gigante (s.c.)

La verdad es que sobre esta película, al salir de la sala de proyecciones, creí que no escribiría ningún comentario. No porque me haya gustado o dejado de gustar, simplemente porque he salido completamente aturdido y con un ligero cosquilleo en el estómago que no podía comprender. Poco a poco este cosquilleo se ha convertido en un nudo mientras conducía. Una vez he bajado del coche y he entrado en casa, ese cúmulo de sensaciones había despertado en mí una extraña irritación.

No era irritación hacia la película. No tenía nada que ver con su calidad o lo que había disfrutado con ella, pero estaba muy claro que esa sensación me la producía mi visita al cine.

Poco a poco, he ido organizando todas esas sensaciones y a la vez he intentado ver que había sucedido durante el visionado de la película. La conclusión a la que he llegado es muy sencilla: la película tiene una capacidad enorme para tocar la fibra sensible a todo aquél que llegue a involucrarse con la historia que, más que contar, Malick sugiere.

Y es que más allá de todo el discurso trascendental con que Malick envuelve esta historia sobre el despertar a la madurez, lo que realmente consigue meterte el corazón es un puño es como, cuando el personaje de Penn se zambulle en sus recuerdos, escena tras escena Malick dibuja sentimientos precisos en los que casi cualquier espectador puede verse más o menos identificado: el respeto hacia el padre, que tan pronto muda en amor como otras veces se acerca al odio más visceral; la envidia hacia el hermano, más dotado y talentoso; el dolor que produce la pérdida de un ser querido; la madre como refugio a toda la aspereza que nos rodea; la felicidad con que se disfruta la inocencia durante la infancia y como todas estas experiencias forjan nuestra personalidad y a su vez todos estos recuerdos pueden convertirse en un lastre que nos atenaza ya de adultos.

Pero además, a medida que das vueltas a todo lo que Penn rememora, ves como su historia encaja como un guante dentro del otro gran tema que Malick pretende desarrollar: la trascendencia de la propia vida. Abriendo y cerrando a su modo preguntas como: ¿cuál es nuestro papel dentro de un universo claramente inabarcable? ¿Merece la pena acudir a la religión para hallar respuestas? Y, sobre todo… ¿Qué es la vida y qué significa vivir?

Como comprenderéis, después de ver una película como ésta, en una sala de cine vieja y prácticamente vacía y haber accedido al juego que propone Malick, que te lleva de la mano de sus personajes a un viaje introspectivo muchas veces incómodo, lo más normal es levantarse de la butaca aturdido y, después de recibir semejante bofetón, es natural sentirse irritado.

Es difícil puntuar este trabajo. Supongo que lo amas o lo odias. Sea como sea, posiblemente estemos ante una de las obras más estimulantes rodada en años. Con la boca pequeña, añadiré que muy posiblemente haya presenciado una obra maestra rotunda. Debo volver a verla.

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Skhizein

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¿Os imagináis vivir desplazados 91 centímetros de vuestro cuerpo?

Pues precisamente esta es la original premisa sobre la que se articula la historia que se narra en el corto Skhizein, realizado por el francés Jérémy Clapin, donde un hombre tras ser alcanzado por un meteorito de 150 toneladas ve desplazada su conciencia 91 centímetros respecto a la ubicación física de su cuerpo.

Una pequeña joya que no alcanza el cuarto de hora y que acaricia cuestiones filosóficas de tipo existencial e incluso social como por ejemplo: ¿somos mera materia? o ¿qué significa ser diferente?

Realmente muy, pero que muy recomendable.




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